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La Economía del Cuidar y del Compartir

febrero 9, 2012

Por Dwight R. Lee, Profesor de Economía en la Southern Methodist University.*

Dwight R. Lee

If we were to apply the unmodified, uncurbed rules of the micro-cosmos (i.e., of the small band or troop, or say our families) to the macro-cosmos (our wider civilization), as our instincts and sentimental yearnings often make us wish to do, we would destroy it. Yet if we were always to apply rules of the extended order to our more intimate groupings, we would crush them.

—F. A. Hayek, The Fatal Conceit: The Errors of Socialism

La creencia ampliamente difundida de que los mercados son inmorales es la principal razón de que sean tan pobremente entendidos y tan poco valorados. Esta creencia no es fácil de erradicar. El problema fundamental reside en que nuestro sentido instintivo de la moralidad, que denominaré la “moral magnánima” (la moralidad del cuidado por el otro y del compartir), hace que sea fácil ver a los mercados como imperfectos o moralmente cuestionables. Además, la explicación que los economistas suelen ofrecer para lo que ellos consideran como la mayor ventaja de la economía de mercado, no hace más que reforzar esta instintiva tendencia a considerarlos como algo inmoral. A menos que los economistas reconozcan la fuente de esta hostilidad y sepan identificar que se apoya en un tipo de moralidad digno de consideración –aunque un tipo de moral no fundamental para el buen desarrollo de los mercados– habrá escaso progreso en superar el actual prejuicio por el que los mercados son vistos como algo inmoral. Esto sería de lamentar ya que existen sólidos argumentos para afirmar el carácter moral de los mercados.

Los mercados se fundamentan en un tipo de moralidad que denominaré “moral de mercado”, que es la que contribuye a que nuestras acciones se orienten en un marco global de mutua asistencia, y que pareciera ser fruto de la moralidad magnánima aunque, de hecho, nunca podría ser alcanzada por ese tipo de moralidad. Dado que la moralidad de mercado carece del atractivo natural propio de la moral magnánima, los intentos por crear un orden económico más moral mediante la sustitución de la moralidad de mercado por la moralidad magnánima gozan de amplio apoyo. Estos intentos inevitablemente erosionan los beneficios que ofrecen ambos tipos de moralidad y terminan, finalmente, por erosionar el genuino carácter moral de la economía.

Si bien existe una mutua complementación entre ambos tipos de moralidad en la tarea de contribuir a un orden social moral –este mutuo enriquecimiento sólo resulta posible en la medida en que cada una de estas esferas de moralidad se aplique a su propio ámbito, en el contexto global de la acción humana.

La moralidad magnánima del cuidado y del compartir

Entendemos intuitivamente que la moralidad es el cuidado personal y la ayuda compartida con otros. Este tipo de moralidad se puede definir, brevemente, como aquella que cumple tres condiciones: 1) que se ayude a otros intencionadamente, 2) que esa ayuda sea hecha a costa de un sacrificio personal, 3) que esa ayuda sea otorgada a individuos y grupos que son identificables. Un comportamiento que cumple con estos tres requisitos es claramente beneficioso para el bienestar de los pequeños grupos en los que los miembros se encuentran en contacto personal, y donde se tiene mutuamente conocimiento de las circunstancias y preocupaciones de cada uno de los agentes implicados. Hemos pasado la mayor parte de nuestra historia evolutiva en pequeños grupos de tribus cazadoras/recolectoras que cumplen con estos requisitos. De modo que una fuerte afinidad por la moral de la magnanimidad está arraigada en nuestra estructura emocional. Su presencia o ausencia tiene efectos predecibles en nuestra forma de comprender el comportamiento y los acuerdos sociales.

La perdurable popularidad del cuento de Charles Dickens, A Christmas Carol, publicado en 1843, ilustra el atractivo emocional que supone el cuidado, la ayuda y el compartir a expensas del sacrificio personal, con personas que conocemos. El personaje Ebenezer Scrooge es presentado como “un viejo avaro y pecador, que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, rebañaba, y acumulaba” todo cuanto podía, sin atender al bienestar de su empleado, Bob Cratchit, el de su propia familia o el de cualquier otra persona. Pero después del encuentro de Scrooge con el fantasma de un antiguo socio suyo junto a tres espíritus de la navidad, sufre una transformación moral. Finalmente Scrooge encuentra la verdadera felicidad en pagar por la asistencia médica de Tyny Tim, el hijo minusválido de Bob Cratchit, en aumentar el salario de Bob y, más ampliamente, en utilizar su propia riqueza para el beneficio de los demás.

El atractivo de la moral de la magnanimdad tiene pleno significado y resulta comprensible. Las relaciones que tenemos con la familia y amigos se apoyan en ella, y son las que ofrecen nuestra mayor alegría y los momentos de mayor satisfacción y sentido. Se debe destacar que la moralidad de la magnanimidad no es contraria al modo de actuar propio de la economía de mercado. El éxito en los intercambios y transacciones en el mercado depende de la capacidad de ser considerados y atentos a las necesidades e intereses de los demás. Y esta especial sensibilidad parece extenderse más allá de las estrictas transacciones en el mercado. Apoyados en la evidencia empírica provista en una investigación realizada sobre un amplio número de países con distintos niveles de integración en la economía global de mercado, Her Gintis concluye que “las sociedades que presentan instituciones de mercado consolidadas desarrollan una cultura de cooperación, justicia y respeto por el individuo más sólida” (citado en Matt Ridley, The Rational Optimist).

Se debe admitir, sin embargo, que el funcionamiento propio de una economía de mercado no se asentaría primariamente sobre la moral de la magnanimidad. En efecto, la moralidad de la que los mercados dependen primordialmente suele ser concebida como una moralidad que rechaza el ideal de la magnanimidad. Además, el método utilizado por la mayoría de los economistas alienta esta (errónea) percepción y, por consiguiente, fortalece la hostilidad instintiva que tanta gente siente contra los mercados.

La moralidad del mercado

La moralidad del mercado es más bien modesta y con un atractivo emocional casi nulo. De hecho, la acción en el mercado apenas si merece ser llamada “moral”. De hecho, frecuentemente es considerada como inmoral. Esta moralidad podría ser definida como aquella que sigue las reglas y normas generales del intercambio en el mercado, tales como, el respeto a los derechos de propiedad, el cumplimiento de las obligaciones contractuales, el no dañar a otros violando sus legítimos derechos y expectativas, mediante el recurso a la fuerza o el fraude. La moral del mercado puede ser alcanzada, de acuerdo con Adam Smith en La teoría de los sentimientos morales (The Theory of Moral Sentiments) “con permanecer tranquilamente sentado y no hacer nada”. Además, mientras los mercados recompensan la amabilidad y el cuidado en el trato hacia aquellos con quienes se realizan intercambios personalizados, la gran mayoría de los intercambios de los que nos beneficiamos resultan ser impersonales; en efecto, nosotros no conocemos ni nos preocupamos por el destino de aquellos que están del otro lado del intercambio.

Dado que estos intercambios impersonales generan enormes beneficios, fruto de los resultados que se producen sin una dirección deliberada de ellos, la gente presta poca atención a esos beneficios o a la moralidad del mercado del que dependen. Obviamente, la gente reflexiona sobre el sentido que tienen los mercados, pero cuando lo hacen casi no prestan atención a los beneficios que se reciben, como consecuencia de la existencia del mercado. En realidad, la mayor parte de las veces la gente reflexiona sobre el sentido de los mercados cuando sufre las consecuencias de la presunta “lógica del mercado” –es decir, los requisitos que se imponen en la gente, como por ejemplo, la tasa de retorno por ingresos– que hace posible la existencia de beneficios. Pocas personas conectan la existencia de esa lógica o disciplina del mercado, con los beneficios mucho mayores que se obtienen fruto de esa disciplina; sobre todo cuando vemos a otros obtener recompensas fruto de esa lógica y que sería la que, al mismo tiempo, nos estaría llevando a nosotros, aparentemente, a una situación mucho peor. Bajo estas circunstancias, es fácil concluir que la codicia de los demás se impone innecesariamente sobre nosotros. Qué fácil es creer, además, que debe haber algún elemento de inmoralidad en un sistema económico que no sólo tolera la avaricia sino que incluso la recompensa.

Cuando los economistas defienden lo que ellos consideran la característica más valiosa de la institución de mercado, apelan al auxilio de Adam Smith pero lo hacen de un modo que terminan por reforzar el prejuicio ampliamente extendido de que los mercados no es que sean inmorales sino que carecen propiamente de moralidad. En realidad, Smith comprendió y aprobó la moralidad de la magnanimidad, como cualquier lector de su primera obra, La teoría de los sentimientos morales (The Theory of Moral Sentiments), puede observar. Pero la persona que sólo conociera al Smith del argumento en favor de la acción de la “mano invisible” en los mercados, tal como aparece en La riqueza de las naciones (The Wealth of Nations), no sería capaz de comprender esto. La ventaja que generan los mercados, para Adam Smith, reside en que mediante la búsqueda del propio interés en el mercado, las personas –de modo no intencionado– hacen más por promover el interés público (el interés de nadie en particular) que si hubieran tenido la intención explícita de hacerlo. Este argumento ignora lo que se necesita para la moralidad de la magnanimidad, y el modo en que los economistas presentan el argumento hace que sea fácil que la gente concluya, erróneamente, que la lógica del mercado exige excluir la moral del cuidar y del compartir, en la que se basan nuestras relaciones personales.

No estoy proponiendo que los economistas descarten la explicación de la mano invisible para describir el mercado. Sin embargo, para defender la moralidad de los mercados, los economistas deberían reconocer la tendencia de las personas a no tener en cuenta los beneficios que ofrece el mercado dada su aparente carencia de moral, e ir contra esta tendencia señalando la incapacidad de la moral de la magnanimidad para obtener los resultados económicos que se pretenden alcanzar.

Para continuar leyendo el artículo acceda aquí a la Revista Digital Orden Espontáneo de Octubre del 2011 donde el mismo fue publicado.

* Publicado en The Freeman, Julio/Agosto 2011, Volumen: 61, Nº 6. Versión original en inglés accesible en:
http://www.thefreemanonline.org/featured/the-economics-of-caring-and-sharing/. Traducido por Mario Šilar.

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Manos visibles e invisibles. El orden del libre mercado reconoce la importancia de una moral autodirigida.

febrero 2, 2010

Por Douglas Den Uyl y Douglas Rasmussen*

Se ha dicho, usualmente, que los mercados son dirigidos como “si una mano invisible” trajese orden y cooperación entre las personas. Los mercados usan incentivos y el interés mutuo para alcanzar este resultado harmonioso. Sin embargo, hay otro método “más antiguo” de organizar a las personas en torno a lo que es “bueno” o “correcto”, esto es la Ética. La ética, en contraposición a los mercados, organiza a las personas en torno a directivas y órdenes autoritarias.

Esto genera una pregunta: ¿cómo puede sostenerse que la autorregulación y el orden espontáneo de los mercados, de forma alguna, dependan de o usen a la ética? ¿Acaso tiene sentido fomentar la ética en un sistema que se autorregula? ¿Acaso no están estos principios contrapuestos, en lugar de ser complementarios, en lo tocante a la organización de una sociedad?

En pocas palabras, ¿cuál es exactamente la conexión entre la mano visible de la ética y la mano invisible del mercado?

Las órdenes del libremercado hacen poca referencia a las normas morales como base para solucionar el problema de coordinar a la gente en una sociedad. La mayoría del tiempo, ni siquiera conocemos a la persona con la que interactuamos como para formular un juicio de valor ético acerca de ellos. Esta “impersonalidad”, es ciertamente una cuestión positiva. Podemos interactuar con, y beneficiarnos de, más personas que si estuviésemos pendientes acerca de si su visión del bien y del mal es coincidente con la nuestra, o si adhieren a los mismos principios morales inclusive. En el mercado, intercambiamos por mutuo beneficio y luego cada cual se ocupa de sus asuntos.

De esta manera, algunos han dicho que el orden del mercado es amoral y posiblemente inmoral. Otros siguen sosteniendo la idea de que los mercados producen caos y reclaman algo como una directiva ética que les sirva de base para la cooperación social. Aparentemente, esto aseguraría que la ética entre en escena, sin embargo, se apoyaría en la noción errónea de que los mercados producen caos. Entonces, mantengamos un momento la idea de que los mercados coordinan perfectamente a las personas sobre la base del interés mutuo y el consentimiento. Asumiendo esto, para qué necesitamos de la ética? Y más aún, inclusive si le encontrásemos una utilidad, acaso no sería esta menos importante en relación al orden del mercado?

Primero, sabemos que en ningún orden social podemos permitir que las personas hagan cualquier cosa que quisieran. No deberíamos poder fundar Asesinato S.A. Entonces, parecería ser que necesitamos algunas reglas incluso dentro del orden del mercado. Esto sugiere inmediatamente que la ética tendría un rol que ocupar en determinar esas reglas. Pero entonces, ¿por qué no permitirle a la ética que determine todo? ¿Por qué, en otras palabras, consultamos a la ética acerca de ciertos asuntos y no otros? Podríamos decir que dejamos de hacer uso de la ética cuando el enfoque del mercado de usar el interés en lugar de órdenes comienza a funcionar mejor que la mano visible de la ética. Con esta respuesta, lamentablemente, nos quedamos paralizados en cuanto a la manera de proceder.

Por un lado, por ejemplo, podrían estar aquellos a quienes les importa menos que las cosas funcionen y quieren asegurarse que la gente haga lo correcto. Por otro lado, están aquellos interesados en aquello que funciona, pero tienen desacuerdos acerca de qué funciona mejor que qué. Finalmente, quitando aquellos que consideran que los mercados no funcionan en lo absoluto, están aquellos que pueden decir que los mercados funcionan bien en esferas limitadas, pero que la ética debería ser la forma dominante de organizar las personas. Todas estas posiciones parecen entrometerse en la defensa de la libertad ofrecida por el mercado. Y si fuéramos en la otra dirección y nos entregásemos al sistema del mercado, parecería que estamos fomentando una cultura de interés por sobre las responsabilidades éticas, ya que la ética parecería estar muy poco relacionada a la dinámica diaria del mercado.

Nosotros, sin embargo, creemos que esta aparente “ignorancia” de los asuntos éticos no sólo está justificada si no que se trata de una suerte de celebración de la ética. En cierta forma, menos es más. Mucha menos preocupación acerca de adherirse a directivas impuestas en la esfera pública puede significar un mayor respeto por la ética en general. No estamos diciendo que la libertad del mercado va a hacer a las personas más éticas. Podemos llegar a creer que eso es posible – si bien generalmente es cierto – pero sin importar su veracidad, nuestro punto es diferente. Estamos diciendo que esta forma de organizar la sociedad – dándole a la gente unas reglas simples y permitiéndoles interactuar entre ellos basados en proyectos, acuerdos, planes o el interés mutuo de forma libre – es un abordaje que le otorga a la ética un lugar privilegiado en la sociedad. Por “lugar privilegiado” no queremos decir que la sociedad necesariamente se vuelva más ética o que funcionará mejor. Queremos decir que la sociedad va a darle a la ética una importancia clave en el funcionamiento de su estructura.

En esta conexión realmente hay sólo dos formas de proceder. O la sociedad es estructurada en torno a cierto principio ético (o conjunto de principios) tal que el propósito de la sociedad sea vivir en torno a ellos, o la sociedad toma algunos principios éticos para que sean centrales mientras deja la elección de otros a las personas. Obviamente, la sociedad de mercado, o el orden liberal, es un ejemplo de esto último. Por supuesto, esto nos trae la pregunta: ¿cuáles principios deberían ser centrales y por qué?

Tal vez, podremos enfocar de forma diferente esta pregunta. En lugar de asumir que estamos de acuerdo en lo que la ética y la política significan, hagamos algunas preguntas básicas. Por ejemplo, qué es la ética? Tomamos a la ética como la investigación tendiente a descubrir cómo cada cual debería vivir. Eso se refiere particularmente a las acciones que uno debería realizar para vivir bien. Puesto en estos términos, una cosa que inmediatamente sobresale es que la respuesta a esta pregunta puede variar de persona en persona. Si esto es cierto, entonces el orden de mercado ciertamente reconoce, y fomenta, el pluralismo en las formas de vivir. Sin embargo, este no es nuestro punto principal, pero es algo importante para recordar cuando se piensa acerca de la ética y el mercado. Si puede haber más de una forma de vivir bien, entonces el mercado será el sistema más eficiente de organizar a las personas al reconocer esa verdad.

Por cierto, uno puede vivir de mala manera bajo libertad y pluralismo. El orden del mercado puede permitir que alguien use erróneamente o abuse de su responsabilidad de vivir bien. Parecería, entonces, que el orden del mercado (en abstracto) ni es defensor ni detractor de una buena vida. Puede ir de un lado al otro dependiendo de cada caso en particular. Pero eso puede no llegar a resolver la cuestión. Porque al preguntarnos qué es la ética, podríamos preguntarnos también cuál es el conflicto social que estamos tratando de resolver que nos trae a cuestionarnos acerca de la ética en primer lugar. Ya conocemos parte de la respuesta, necesitamos ciertas reglas para vivir cuando estamos en compañía de otros.

Pero a la luz de lo que venimos diciendo, esas reglas tienen que hacer dos cosas a la vez. Primero deben poder aplicarse de manera equitativa a todas las personas en la sociedad. No podemos estar aplicándolas a ciertas personas sí y no a otras, dado que estos son principios básicos a la hora de entender a la sociedad como un todo. De la misma manera, deben poder aplicarse a todos reconociendo, a su vez, que pueden existir diferentes formas de vivir bien. Esto quiere decir que deben reconocer el pluralismo del que hemos hablado mientras se trata a todos de igual forma. No podemos caer en la trampa de procurar que todos vivan de determinada manera. Eso, violaría la variedad que ya hemos sostenido como necesaria dentro del pluralismo ético y que es generosamente permitido por el mercado. Tampoco, podemos asumir una postura que prescinda de reglas generales. Esto nos impediría comprender cómo comportarnos con otros cuando no sabemos si compartimos los mismos principios éticos. Debemos ser tanto genéricos como específicos a la vez con el principio rector que decidamos adoptar.

Parecería ser que continuamos en un impasse. ¿Qué tipo de regla o principio puede tanto referirse a todos a la vez, permitir diferentes formas de vida, y no favorecer cierto sistema sobre otro? ¿Qué principio podría servir para tal función?

Diferentes tipos de principios éticos?

Antes de responder a esta pregunta, debemos abrirnos a una posibilidad adicional. Puede ser el caso de que no todos los principios éticos sean del mismo tipo. Quizás algunos principios son de un tipo y otros de otro, y entonces sólo algunos serían relevantes para nuestro problema. Otra forma de tratar el asunto es suponiendo que quizás algunos principios son apropiados para resolver el problema de cómo vivir entre otras personas y otros acerca de cómo vivir bien. Sin embargo, esto tampoco podría estar del todo acertado, ya que todo vivir bien implica vivir entre otras personas. Quizás, entonces, necesitamos principios que se refieran a la posibilidad de vivir bien entre otros y principios que hablen de vivir bien, inclusive mientras estamos entre otras personas. Si está abierto a esto, podemos encontrar juntos la respuesta a nuestro problema.

¿Cuál es, entonces, el principio que a) puede aplicarse a todos, b) puede aplicarse en cualquier situación ética, c) no favorece ningún estilo de vida sobre otro, y d) es algo en lo que cada uno tiene un interés ético cada vez que actuamos? Puede existir tal principio?

Creemos que sí: el principio de la “auto-dirección.” Más específicamente, el principio que debe regir nuestro orden social es el deber de proteger la posibilidad de autodirigirse. Por autodirección no nos referimos a nada complicado – tan sólo a la habilidad de hacer y ejercitar elecciones como agentes actuantes. Uno no necesita ser autónomo – esto es, en plena posesión de toda la información relevante y el poder de razonar – ni tampoco debe uno estar eligiendo correctamente. Uno simplemente debe tener la habilidad de realizar elecciones dentro de cualquier sistema de limitaciones que uno confronta. Creemos que, para que una acción sea tenida por ética tiene que ser algo que uno elige o que es responsable por. Si uno no eligió actuar de esa manera o sólo pudiese ser responsable si tuviese toda la información del mundo o la omnisciencia, entonces no habría mucha ética alrededor.

La forma más obvia y común de impedir la autodirección es mediante el uso de la violencia física. Puede haber otras, pero la violencia es fácilmente reconocible por todos y más o menos fácilmente prevenible. Dado que nuestro principio debe ser genérico y público, necesitamos tener uno que sea fácilmente identificable y no demasiado sutil o complejo. La lista usual de crímenes, como el robo, la violación, el fraude, entre otros, cumplen este criterio bastante bien. Si no permitimos estas cosas en sociedad, hay una presunción fuerte de autodirección cuando vemos a las personas actuando en sociedad.

Al proteger la posibilidad de autodirección, debería resultar claro que no estamos tratando de hacer buena a la gente o siquiera procurando incremente su efectividad en ser autodirigidos. Lo que estamos tratando de hacer, al proteger la posibilidad de comportarse de forma autodirigida, es darle una chance a la ética. Ciertamente, si, como creemos, la autodirección está en la base de cada acto que debe ser tenido por ético, la sorprendente conclusión es que es el sistema de mercado, al darle a la libertad un lugar privilegiado, quien le da a la ética la mayor posibilidad de desarrollarse!

Todavía no tenemos una sociedad completamente ética orientada a proteger la posibilidad de autodirigirse. Eso dependerá de si las personas ejercen su libertad de formas éticas. Nótese, sin embargo, que si usted no ejerce su libertad de esta manera, no me quita a mí la posibilidad de ejercerla de forma diferente, ya que lo que estamos protegiendo es la posibilidad de autodirigirse – no formas particulares de autodirección. Véase, también, que si tratamos de forzar algo más que la posibilidad de autodirigirse, es muy probable que terminemos orientando las cosas a favor de un estilo de vida determinado violentando a otros. Parece ser que debemos adoptar totalmente a la libertad como nuestro principio rector o no. Pero si no lo hacemos, la sorprendente conclusión sería que estaríamos abandonando un elemento central para poder tener a cualquier conducta por ética. Debemos, en otras palabras, tener en mente un tipo de principio ético para poder proteger a otro – en este caso lo fundamental para todas las otras acciones en un contexto social. Si revirtiésemos las prioridades, podríamos estar destruyendo los fundamentos de la ética.

Volviendo posibles a las acciones éticas

Parecería ser que las sociedades de mercado son indiferentes o ambivalentes acerca de la ética, pero si es así, es porque sólo ellas reconocen que hay una diferencia entre principios éticos que habilitan la posibilidad de que haya acciones éticas en sociedad y principios éticos que nos guían acerca de lo que debemos hacer para vivir bien o para cumplir nuestras obligaciones con terceros o con nosotros mismos. Esta es otra forma de decir que el orden del mercado, por una buena razón, no quiere ser entendido como una filosofía ética. No es una filosofía acerca de cómo vivir éticamente. Es, en su lugar, una respuesta a la pregunta acerca de cuál es el rol de la ética en la organización social. La respuesta, es simplemente que debe organizarse para proteger la posibilidad de las personas de actuar éticamente, intentos de hacer algo más comprometerían esta meta básica. Esto puede alejarse un poco de la filosofía del vivir que acostumbramos oír, pero es acorde a la verdad que el buen vivir sólo puede ser alcanzado por individuos que son responsables por sus acciones.

Podemos decir a modo de conclusión, acerca de un orden de mercado liberal, que él, y sólo él, exhibe un profundo reconocimiento acerca de la centralidad de la moral autodirigida en el campo de la ética y reconoce, así, la importancia de protegerla. Este reconocimiento tendería a manifestarse en forma de sospecha sobre cualquier esfuerzo que procure reemplazar a la autodirección con alguna otra forma predeterminada de trayectoria moral, sin importar lo atractivo que este programa pueda resultar. Estas normas que protegen la autodirección sólo pueden ser alteradas en nombre de la autodirección, caso contrario, debe dejarse que la autodirección sea ejercida. La sabiduría oculta del liberalismo clásico, y evidentemente la razón de su increíble efectividad práctica y su poder, radica en que cuanto menos la ética sea objeto de la intromisión gubernamental existe más posibilidad de su desarrollo en la sociedad. Mientras que hay sólida evidencia para sostener que las normas liberales hacen que las personas estén mejor económicamente, es quizás menos notorio que el orden liberal permite alcanzar algo más profundo en el plano ético. Les permiten a las personas ser humanos – esto es, le permiten a los individuos aplicar esas dotes particulares llamados razón, juicio crítico y simpatía hacia fines y propósitos que ellos mismo han elegido. El orden del mercado, no es, entonces, una institución deshumanizante, muy por el contrario, es la más humana y ética de todas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de diciembre de 2009.

*Douglas Den Uyl es vicepresidente de los programas educativos de la Liberty Fund. Douglas Rasmussen es profesor de filosofía en la St. John’s University. Juntos, escribieron “Norms of Liberty: A Perfectionist Basis for Non-Perfectionist Politics” Politics (Pennsylvania State University Press).


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