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La Economía del Cuidar y del Compartir

febrero 9, 2012

Por Dwight R. Lee, Profesor de Economía en la Southern Methodist University.*

Dwight R. Lee

If we were to apply the unmodified, uncurbed rules of the micro-cosmos (i.e., of the small band or troop, or say our families) to the macro-cosmos (our wider civilization), as our instincts and sentimental yearnings often make us wish to do, we would destroy it. Yet if we were always to apply rules of the extended order to our more intimate groupings, we would crush them.

—F. A. Hayek, The Fatal Conceit: The Errors of Socialism

La creencia ampliamente difundida de que los mercados son inmorales es la principal razón de que sean tan pobremente entendidos y tan poco valorados. Esta creencia no es fácil de erradicar. El problema fundamental reside en que nuestro sentido instintivo de la moralidad, que denominaré la “moral magnánima” (la moralidad del cuidado por el otro y del compartir), hace que sea fácil ver a los mercados como imperfectos o moralmente cuestionables. Además, la explicación que los economistas suelen ofrecer para lo que ellos consideran como la mayor ventaja de la economía de mercado, no hace más que reforzar esta instintiva tendencia a considerarlos como algo inmoral. A menos que los economistas reconozcan la fuente de esta hostilidad y sepan identificar que se apoya en un tipo de moralidad digno de consideración –aunque un tipo de moral no fundamental para el buen desarrollo de los mercados– habrá escaso progreso en superar el actual prejuicio por el que los mercados son vistos como algo inmoral. Esto sería de lamentar ya que existen sólidos argumentos para afirmar el carácter moral de los mercados.

Los mercados se fundamentan en un tipo de moralidad que denominaré “moral de mercado”, que es la que contribuye a que nuestras acciones se orienten en un marco global de mutua asistencia, y que pareciera ser fruto de la moralidad magnánima aunque, de hecho, nunca podría ser alcanzada por ese tipo de moralidad. Dado que la moralidad de mercado carece del atractivo natural propio de la moral magnánima, los intentos por crear un orden económico más moral mediante la sustitución de la moralidad de mercado por la moralidad magnánima gozan de amplio apoyo. Estos intentos inevitablemente erosionan los beneficios que ofrecen ambos tipos de moralidad y terminan, finalmente, por erosionar el genuino carácter moral de la economía.

Si bien existe una mutua complementación entre ambos tipos de moralidad en la tarea de contribuir a un orden social moral –este mutuo enriquecimiento sólo resulta posible en la medida en que cada una de estas esferas de moralidad se aplique a su propio ámbito, en el contexto global de la acción humana.

La moralidad magnánima del cuidado y del compartir

Entendemos intuitivamente que la moralidad es el cuidado personal y la ayuda compartida con otros. Este tipo de moralidad se puede definir, brevemente, como aquella que cumple tres condiciones: 1) que se ayude a otros intencionadamente, 2) que esa ayuda sea hecha a costa de un sacrificio personal, 3) que esa ayuda sea otorgada a individuos y grupos que son identificables. Un comportamiento que cumple con estos tres requisitos es claramente beneficioso para el bienestar de los pequeños grupos en los que los miembros se encuentran en contacto personal, y donde se tiene mutuamente conocimiento de las circunstancias y preocupaciones de cada uno de los agentes implicados. Hemos pasado la mayor parte de nuestra historia evolutiva en pequeños grupos de tribus cazadoras/recolectoras que cumplen con estos requisitos. De modo que una fuerte afinidad por la moral de la magnanimidad está arraigada en nuestra estructura emocional. Su presencia o ausencia tiene efectos predecibles en nuestra forma de comprender el comportamiento y los acuerdos sociales.

La perdurable popularidad del cuento de Charles Dickens, A Christmas Carol, publicado en 1843, ilustra el atractivo emocional que supone el cuidado, la ayuda y el compartir a expensas del sacrificio personal, con personas que conocemos. El personaje Ebenezer Scrooge es presentado como “un viejo avaro y pecador, que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, rebañaba, y acumulaba” todo cuanto podía, sin atender al bienestar de su empleado, Bob Cratchit, el de su propia familia o el de cualquier otra persona. Pero después del encuentro de Scrooge con el fantasma de un antiguo socio suyo junto a tres espíritus de la navidad, sufre una transformación moral. Finalmente Scrooge encuentra la verdadera felicidad en pagar por la asistencia médica de Tyny Tim, el hijo minusválido de Bob Cratchit, en aumentar el salario de Bob y, más ampliamente, en utilizar su propia riqueza para el beneficio de los demás.

El atractivo de la moral de la magnanimdad tiene pleno significado y resulta comprensible. Las relaciones que tenemos con la familia y amigos se apoyan en ella, y son las que ofrecen nuestra mayor alegría y los momentos de mayor satisfacción y sentido. Se debe destacar que la moralidad de la magnanimidad no es contraria al modo de actuar propio de la economía de mercado. El éxito en los intercambios y transacciones en el mercado depende de la capacidad de ser considerados y atentos a las necesidades e intereses de los demás. Y esta especial sensibilidad parece extenderse más allá de las estrictas transacciones en el mercado. Apoyados en la evidencia empírica provista en una investigación realizada sobre un amplio número de países con distintos niveles de integración en la economía global de mercado, Her Gintis concluye que “las sociedades que presentan instituciones de mercado consolidadas desarrollan una cultura de cooperación, justicia y respeto por el individuo más sólida” (citado en Matt Ridley, The Rational Optimist).

Se debe admitir, sin embargo, que el funcionamiento propio de una economía de mercado no se asentaría primariamente sobre la moral de la magnanimidad. En efecto, la moralidad de la que los mercados dependen primordialmente suele ser concebida como una moralidad que rechaza el ideal de la magnanimidad. Además, el método utilizado por la mayoría de los economistas alienta esta (errónea) percepción y, por consiguiente, fortalece la hostilidad instintiva que tanta gente siente contra los mercados.

La moralidad del mercado

La moralidad del mercado es más bien modesta y con un atractivo emocional casi nulo. De hecho, la acción en el mercado apenas si merece ser llamada “moral”. De hecho, frecuentemente es considerada como inmoral. Esta moralidad podría ser definida como aquella que sigue las reglas y normas generales del intercambio en el mercado, tales como, el respeto a los derechos de propiedad, el cumplimiento de las obligaciones contractuales, el no dañar a otros violando sus legítimos derechos y expectativas, mediante el recurso a la fuerza o el fraude. La moral del mercado puede ser alcanzada, de acuerdo con Adam Smith en La teoría de los sentimientos morales (The Theory of Moral Sentiments) “con permanecer tranquilamente sentado y no hacer nada”. Además, mientras los mercados recompensan la amabilidad y el cuidado en el trato hacia aquellos con quienes se realizan intercambios personalizados, la gran mayoría de los intercambios de los que nos beneficiamos resultan ser impersonales; en efecto, nosotros no conocemos ni nos preocupamos por el destino de aquellos que están del otro lado del intercambio.

Dado que estos intercambios impersonales generan enormes beneficios, fruto de los resultados que se producen sin una dirección deliberada de ellos, la gente presta poca atención a esos beneficios o a la moralidad del mercado del que dependen. Obviamente, la gente reflexiona sobre el sentido que tienen los mercados, pero cuando lo hacen casi no prestan atención a los beneficios que se reciben, como consecuencia de la existencia del mercado. En realidad, la mayor parte de las veces la gente reflexiona sobre el sentido de los mercados cuando sufre las consecuencias de la presunta “lógica del mercado” –es decir, los requisitos que se imponen en la gente, como por ejemplo, la tasa de retorno por ingresos– que hace posible la existencia de beneficios. Pocas personas conectan la existencia de esa lógica o disciplina del mercado, con los beneficios mucho mayores que se obtienen fruto de esa disciplina; sobre todo cuando vemos a otros obtener recompensas fruto de esa lógica y que sería la que, al mismo tiempo, nos estaría llevando a nosotros, aparentemente, a una situación mucho peor. Bajo estas circunstancias, es fácil concluir que la codicia de los demás se impone innecesariamente sobre nosotros. Qué fácil es creer, además, que debe haber algún elemento de inmoralidad en un sistema económico que no sólo tolera la avaricia sino que incluso la recompensa.

Cuando los economistas defienden lo que ellos consideran la característica más valiosa de la institución de mercado, apelan al auxilio de Adam Smith pero lo hacen de un modo que terminan por reforzar el prejuicio ampliamente extendido de que los mercados no es que sean inmorales sino que carecen propiamente de moralidad. En realidad, Smith comprendió y aprobó la moralidad de la magnanimidad, como cualquier lector de su primera obra, La teoría de los sentimientos morales (The Theory of Moral Sentiments), puede observar. Pero la persona que sólo conociera al Smith del argumento en favor de la acción de la “mano invisible” en los mercados, tal como aparece en La riqueza de las naciones (The Wealth of Nations), no sería capaz de comprender esto. La ventaja que generan los mercados, para Adam Smith, reside en que mediante la búsqueda del propio interés en el mercado, las personas –de modo no intencionado– hacen más por promover el interés público (el interés de nadie en particular) que si hubieran tenido la intención explícita de hacerlo. Este argumento ignora lo que se necesita para la moralidad de la magnanimidad, y el modo en que los economistas presentan el argumento hace que sea fácil que la gente concluya, erróneamente, que la lógica del mercado exige excluir la moral del cuidar y del compartir, en la que se basan nuestras relaciones personales.

No estoy proponiendo que los economistas descarten la explicación de la mano invisible para describir el mercado. Sin embargo, para defender la moralidad de los mercados, los economistas deberían reconocer la tendencia de las personas a no tener en cuenta los beneficios que ofrece el mercado dada su aparente carencia de moral, e ir contra esta tendencia señalando la incapacidad de la moral de la magnanimidad para obtener los resultados económicos que se pretenden alcanzar.

Para continuar leyendo el artículo acceda aquí a la Revista Digital Orden Espontáneo de Octubre del 2011 donde el mismo fue publicado.

* Publicado en The Freeman, Julio/Agosto 2011, Volumen: 61, Nº 6. Versión original en inglés accesible en:
http://www.thefreemanonline.org/featured/the-economics-of-caring-and-sharing/. Traducido por Mario Šilar.

A la Luz de la Libertad

enero 27, 2012

Por Yamil Santoro.*

Yamil Santoro

Does this mean that freedom is valued only when it is lost, that the world must everywhere go through a dark phase of socialist totalitarianism before the forces of freedom can gather strength anew?

F. A. Hayek

Introducción; antiguos debates que no pierden vigencia.

No es nuevo el debate acerca de si conviene encarnar la lucha por la libertad desde un think-tank, desde un partido político o mediante cualquiera de los otros métodos disponibles para hacer circular las ideas liberales.

Siguiendo el debate entre F. A. Hayek e I. Fisher, consistente en ver cuál era el vehículo más conveniente para promover las ideas de la libertad, quisiera dar mi impresión acerca de la estrategia política conveniente a seguir en nuestra Argentina actual.

Cabe preguntarse si, tal como sugería Hayek, estableciendo organismos liberales orientados a persuadir a intelectuales y políticos de la conveniencia de un sistema liberal o quizás otro enfoque más orientado a la acción, o a otro público, puede resultar una mejor estrategia. Analizaré la conveniencia o no de adoptar la “estrategia think-tank” en nuestro país para luego hacer una pequeña revisión de otras formas en las que los liberales pueden participar en política.

Independientemente de las referencias políticas locales, confío en que varias de las ideas contenidas en este documento pueden servir de inspiración a los liberales de todo el mundo a la hora de establecer el plan de acción a seguir.

Participar o no participar: esa es la cuestión.

Antes que nada, a fin de entender mejor el perfil político del liberal, expongamos mediante una simple matriz los incentivos que operan para que los liberales y socialistas operen en política. En concreto, vamos a observar el sistema de pagos de participar en la misma, tanto para liberales como para socialistas tratando de explicar luego el comportamiento desinteresado que exhiben normalmente las personas de orientación liberal en contraposición a sus pares socialistas.

En el siguiente cuadro, observaremos los pagos presuponiendo un momento de análisis de intervención nula o de un esquema símil al de la constitución de 1853.

La primera pregunta que surge es “¿a qué se debe la diferencia en el sistema de pagos?” Esto es relativamente fácil de explicar dado que para un liberal no participar en política tiende a ser una mejor inversión que para sus pares socialistas. Los liberales suelen ser personas orientadas al progreso personal, orientados al éxito en cualquier empresa (social o comercial) y se responsabilizan por sus méritos y fracasos, lo cual les ofrece un mindset más apto para la competencia y para el crecimiento.

El buenismo socialista encierra consecuencias parasitarias económicamente hablando; encuentran en la participación política y académica su mejor garantía de subsistencia. Tienden a crear los lazos de dependencia que les permite nutrirse a costa de quienes dicen proteger.

Si los liberales reniegan de gobernar, como hoy en buena medida ocurre, podemos esperar que el totalitarismo económico que es tan necesario para el crecimiento del socialismo, avance en su dirección inevitable hacia el totalitarismo político. No olvidemos que las medidas socializantes generan estímulos económicos para violentar cada vez más libertades individuales apuntadas especialmente a todo aquel que no sea parte del grupo de saqueadores.

Si los socialistas no participan y los liberales si, se genera una situación paradojal donde, símil al período comprendido entre 1860 y 1930, quienes esgrimen las ideas de la libertad se ven seducidos por las ventajas del estatismo (para quien lo controla) y se aprovechan de su posición dominante para establecer ventajas para sí mismo, en detrimento de toda la sociedad (volviéndose conservadores).

Lo interesante es que para ambos bandos la jugada dominante es participar. Los socialistas procurarán el avance del estado, intentando mantener sus cotos de caza, y los liberales procuraremos el avance de las libertades individuales, limitando a su vez el avance de los saqueadores. Sin embargo, el avance de una sociedad socialista trastoca el sistema de pagos y nos abre la puerta a una nueva complicación: los costes sociales de ser liberal.

A modo de ejemplo, ofrecemos una simplificada muestra de la conveniencia de ser de una ideología o de otra según el sistema en el que se viva. Esta medida tiene que ver con la forma en la que el pensamiento/comportamiento de una persona, según su ideología, incide en su calidad de vida.

La lógica individualista propia del liberal y su propensión a hacerse responsable de su propia existencia lo llevan, como vimos, a tener menos interés que un socialista a participar de la política. Sin embargo, en un contexto donde compulsivamente se lo quiere llevar a colaborar, a “ser bueno” y a someterse a todo tipo de disposiciones establecidas unilateralmente, su nivel de insatisfacción sea, al menos en lo tocante a la política, alto. A su vez, el contexto vuelve relativamente más caro pertenecer a una ideología que a otra, a causa de la opinión pública (léase aceptación popular) y por la angustia que se vive por la distorsión entre el ideal y la realidad.

Recordemos, por último, que el liberalismo permite que las personas sean socialistas en sus vidas privadas pero, en socialismo, pensar distinto es algo cercano a un crimen por lo que no es un entorno apto para un liberal.

Frente a todo lo anterior, encontramos que hay más incentivos a participar siendo socialista que liberal, si establecemos una relación directa entre los cambios políticos y el trabajo invertido podríamos afirmar que es más probable que el socialismo avance y vaya ampliándose continuamente, mientras que los liberales encontrarán cada vez mayores incentivos para abandonar su posición y cambiarse de bando.

En principio, la tendencia es hacia la extinción de los liberales. Tendencia que se evidencia hasta quela pérdida de las libertades se vuelve insoportable. En ese momento, como un fénix, las ideas de la libertad resurgen y encuentran nuevas fuerzas en nuevos agentes.

Para continuar leyendo el artículo acceda aquí a la Revista Digital Orden Espontáneo de Octubre del 2011 donde el mismo fue publicado.

*El autor es estudiante de Derecho y de Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires, miembro fundador del Partido Liberal Libertario y de la red latinoamericana de jóvenes liberales: AVAL (Avance Liberal). Este trabajo fue el ganador del Concurso de Ensayos Mont Pelerin Society Buenos Aires 2011 por el cual se le otorgó una beca para asistir a la prestigiosa reunión.

Agenda de Actividades Agosto 2011

julio 25, 2011

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Pensadores Clásicos del Liberalismo

octubre 15, 2010
Pensadores Clásicos del Liberalismo

Pensadores Clásicos del Liberalismo

Objetivos del Curso

• Que los cursantes entren en un contacto básico pero intenso con los pensadores generalmente aceptados como integrantes del elenco clásico del pensamiento liberal.

Días de Cursada: Martes 26 de Octubre, 2, 9, 16 y 23 de Noviembre siempre de 19:00 a 21:00hs.

Programa

Adam Smith (26/10)
A cargo de Walter Castro. Contador Publico. Máster en Administración de Empresas (CEMA) Master en Economía y Administración (ESEADE) Director académico de Escuela de Negocios de Fundación Libertad. Profesor Universitario (UCA, UCEL, UNR, UFM)

John Stuart Mill (2/11)
A cargo de Rafael Beltramino. Contador Público (UNR) Máster en Epistemología e Historias de las ciencias (UnTref). Profesor Universitario (UCEL).

Ludwig von Mises (9/11)
A cargo de Guillermo Covernton. Contador Público (UNR). Máster en Economía (UCA) Máster en Economía y Administración (ESEADE). Doctorando en Economía (ESEADE). Profesor Universitario (UCA) Asesor de Empresas.

Wilhelm Röpke (16/11)
A cargo de Rogelio Pontón. Contador Público Nacional (UNR). Director de Informaciones y Estudios Económicos de la Bolsa de Comercio de Rosario. Decano de la Facultad de Ciencias Económicas de UCEL.

Friedrich von Hayek (23/11)
A cargo de Sebastián Landoni. Licenciado en Economía (UNR). Máster en Economía (ESEADE). Doctorando en Economía (ESEADE). Profesor Universitario (UCA, UFM; EdN)

Se entregarán certificados de asistencia a quienes concurran a 4 de las 5 clases.

El curso se dicta en la sede de la Fundación Libertad (Mitre 170).

Arancel: $50. Estudiantes Universitarios y Socios Fundación Libertad abonan $30. Cupos Limitados.

Consultas e Inscripción: centroadamsmith@gmail.com o al 4105000 (interno 700).

Orden Espontáneo

abril 22, 2010

Por Nigel Ashford

Nigel Ashford

Muchas de las instituciones humanas son el resultado de la acción humana, pero no del diseño humano.” Adam Ferguson

¿Qué es el orden espontáneo?

El orden espontáneo ha sido una preocupación central de pensadores políticos y filósofos durante toda la historia. Hoy es comúnmente entendido como un estado de armonía entre individuos o como paz social. Sin embargo, en la era premoderna, el concepto se entendía como el mantenimiento de un orden estable y jerárquico, preordenado por Dios o la naturaleza o los dos. El orden también puede ser considerado como la existencia de regularidad y predictabilidad en relaciones humanas, la ausencia del caos. La idea del orden todavía es altamente valorada, aunque ya no se asocia con una sociedad rígida de privilegios y poder. Se valora porque permite a la gente de distintos intereses y valores a convivir en una sociedad, sin recurrir a la discordia, conflicto o guerra civil. Así es la idea moderna del orden espontáneo.

El primer pensador que articuló este moderno concepto del orden espontáneo, fue Bernard de Mandeville, en un libro que se llamaba “The Fable of the Bees” (La Fábula de las abejas). Esa obra trataba la paradoja de que los “vicios privados”, como el auto-interés, podría resultar en “beneficios públicos”, de los cuales la sociedad entera se aprovechara. Observó que la suma de los individuos actuando por motivos separados producía una sociedad comercial sin haber sido la intención de nadie. Esta idea, de que la evolución de las instituciones humanas permitía a los individuos servir a los demás, aunque sus motivos fueran de puro interés propio, era el corazón de la Ilustración escocesa que creció alrededor de Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson. Trataban de aplicar esa idea a una serie de instituciones humanas, incluso el comercio pero también la ley, el idioma, la moral humana y hasta las costumbres. Siendo mucho más que una teoría puramente económica, Smith argumentó en “The Theory of Moral Sentiments” (La Teoría de Sentimientos Morales) que la moral se desarrollaba con los que permitían florecer y prosperar a la humanidad, una teoría que lentamente fue aceptada por la comunidad y así resistió las pruebas de la época.

Estos señores estaban fascinados de cómo aquellos valores e instituciones se transformaron en algo que en gran medida iba a beneficiar al hombre, aunque ello no fuera lo intencional. La observación de Adam Ferguson de que la actividad humana produce un orden en la sociedad, superior al construido por el hombre, fue repetida dos siglos más tarde, por el pensador austriaco, Friedrich Hayek. Hayek derivó de la idea antigua de que las instituciones estaban divididas entre “naturales” y “artificiales”. Hayek dijo que existía un tercer grupo, las instituciones sociales. Siendo regulares y ordenadas, la gente cree que están construidas por humanos y que entonces pueden ser alteradas o reestructuradas cuando uno quiera. Hayek destacó que esa comprensión era equivocada porque la mente humana y la sociedad se habían desarrollado juntas. Tirar abajo las instituciones que mantenían la sociedad y construir nuevas, como pretendían los socialistas, destruiría el orden que hacia funcionar la sociedad.

Orden sin mandos

El orden espontáneo pone la sociedad en marcha sin la necesidad del poder central. Una sociedad libre mantiene el orden, no porque cada persona reciba instrucciones de qué hacer, sino porque las tradiciones que desarrollan y las instituciones heredadas de la sociedad humana, permiten a la gente lograr sus propias metas y, haciéndolo, también cumplen con las metas de los demás. El comportamiento de la gente sigue ciertas pautas porque fue aceptado por la sociedad y así ha permitido prosperar a los que lo seguían. No es por coincidencia, dice Hayek, que las desigualdades más grandes en el nivel del bienestar material se hallan en el Tercer Mundo, donde la ciudad encuentra al campo y las sociedades complejas, guiadas por reglas se encuentran con las comunidades íntimas donde las reglas que aseguran el buen funcionamiento de aquella sociedad son muy distintas. Las reglas que permiten un orden social complejo como el funcionamiento de una ciudad o de la economía global, no son órdenes en el sentido tradicional. Las reglas que impiden que los individuos hereden, que cometan robo, fraude o que rompan compromisos, de hecho da mucha libertad al comportamiento de la gente. Dan instrucciones a la gente de cómo hacer las cosas, pero no dice qué deberían hacer.

La evolución de la moralidad

El marco moral de la sociedad humana no está grabado en piedra, sino que cambia constantemente mientras nuevas reglas se descubren, permitiendo que el orden social funcione cada vez mejor. El problema es que no podemos saber con anticipación qué reglas van a funcionar. Nuestras leyes y costumbres actuales nos muestran qué ha funcionado para llegar al punto de desarrollo donde la sociedad está hoy. Pero la innovación y el ensayo y error son necesarios para el descubrimiento de nuevas reglas, que antes no conocíamos, que permitirán el funcionamiento de la sociedad. Las instituciones sociales que mantienen la sociedad en orden son como herramientas: instituciones, costumbres, tradiciones y valores contienen el conocimiento de las generaciones anteriores sobre cómo actuar y comportarse, y serán modificadas por la actual generación y después pasadas a las nuevas. Los grupos que adoptan estas reglas se benefician de esto, sin necesariamente saber por qué. Las instituciones que trasmiten información sobre aquellas reglas son el resultado de la actividad humana, pero no necesariamente del diseño humano.

La transmisión de reglas

Según Hayek, hay tres categorías de reglas sociales. La primera está diseñada por el hombre, por ejemplo la legislación parlamentaria. La segunda, “el conocimiento tácito”, consiste en reglas que obedecemos todos, como por ejemplo el sentido común sobre qué es justicia o injusticia – conceptos que todos comprendemos sin necesariamente poder explicarlo verbalmente. Por último, hay un tercer grupo de reglas de aprovechamiento del comportamiento, que podemos observar y anotar, pero cuando intentamos clasificarlo, no alcanzamos realmente el concepto. El sistema anglo-sajón de la ley común es un ejemplo del tercer tipo de reglas mencionadas arriba, porque ha sido desarrollado por casos y juicios distintos que durante siglos se han sumado al cuerpo de leyes. Este cuerpo ha sido refinado gradualmente y está abierto para cambios en el futuro. Aprendemos de estas reglas y también contribuimos a las mismas, aunque muchas veces ni siquiera podemos explicar bien su sentido. Las categorías explicadas en segundo y tercer lugar tienen la capacidad para crear un orden complejo que utiliza más conocimiento que el que puede poseer una sola mente humana.

Por qué necesitamos la libertad

Los órdenes sociales complejos requieren libertad para poder funcionar porque la información y el conocimiento que los posibilitan nunca pueden ser acumulados por una autoridad central. Nunca será exitoso, el intento de usar la primera categoría de reglas – la legislación – para cambiar la segunda y la tercera categoría de orden espontáneo porque es la suma total de conocimiento humano que ha permitido a la gente vivir juntos en la sociedad, y que nos ha llevado al nivel de prosperidad y de población que ahora estamos disfrutando. Vimos esto en los viejos estados socialistas del Imperio Soviético, donde el gobierno atacaba y minaba la moralidad y justicia tradicional, confiándose en que las economías de Occidente mantuvieran los niveles de estándar de vivienda, pero cayendo debajo de los niveles de subsistencia. La libertad es fundamental para la construcción del orden espontáneo de una sociedad por varias razones: porque no sabemos con anticipación qué reglas funcionarán, porque la libertad es esencial para el proceso de ensayo y error y porque los poderes creativos del hombre solo pueden expresarse en una sociedad donde el poder y el conocimiento están muy repartidos. Imponer una pauta prediseñada a la sociedad sería suspender su funcionamiento como una fuerza creativa. El progreso no puede ser mandado.

La dispersión del poder

La distribución de poder entre los ciudadanos es esencial para el progreso de una sociedad ordenada, es decir lo contrario a la concentración de poder en las manos del Estado. Permite a la sociedad experimentar con las reglas que conducen su comportamiento. Mientras este proceso de ensayo y error limita el impacto de errores a un segmento pequeño de la sociedad, también permite la observación e imitación de las reglas que funcionan, y, si tienen éxito, ser absorbidas en el marco social de una sociedad libre. Correr riesgos y romper reglas es prácticamente imposible dentro de pequeñas sociedades íntimas y rurales, pero igual son esenciales para mantener a los que viven en las sociedades extensas e impersonales de la vida moderna. Estas actividades valiosas no pueden ocurrir sin que el poder esté disperso entre la población, y no concentrado en las manos de un gobierno centralizado.

Como si lo hiciera una mano invisible…

En una sociedad libre, las vidas de la gente tienen un mínimo de coerción estatal, pero no es anárquica. De hecho, la vida en una sociedad libre puede ser dura porque obliga a la gente a ajustarse a las necesidades de los demás. La sociedad libre funciona porque coordina estos deseos contrarios, incentivando a la gente, para satisfacer sus propios deseos a través de satisfacer a aquellos de los demás. Es el contrario de un estado anárquico donde la única manera de cumplir con sus metas es a costa de los demás. Como sugirió Adam Smith, somos empujados a servir a las necesidades de los demás, solamente siguiendo nuestro interés personal, como si lo hiciera una mano invisible.

Ese orden complejo que llega a armonizar y sincronizar los deseos distintos y contradictorios de la gente, puede ser muy confuso al principio, pero resulta esencial ir más allá de esa confusión para entender el funcionamiento de una sociedad libre. Cuando Alexis de Tocqueville desembarcó por primera vez en Nueva York en 1831, escuchó lo que él llamaba “un murmullo confundido”. El gran cronista de la sociedad norteamericana escribió: “En el momento en que pises la tierra norteamericana, estarás atónito por una suerte de tumulto; por todos lados se escucha un clamor confuso, y miles de voces demandan, simultáneamente, la satisfacción de sus deseos sociales.” Tratar de entender la sociedad simplemente por mirarla y escucharla no es suficiente. Sería como tratar de entender como funciona un reloj, a través de decir la hora. Es la interacción humana que permite que la sociedad funcione como un reloj.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de abril de 2010.

Tercer Congreso Internacional Escuela Austríaca

abril 19, 2010

El Centro Adam Smith se enorgullece de ser uno de los auspiciantes del Tercer Congreso Internacional “La Escuela Austríaca en el Siglo XXI” a realizarse en agosto de este año en la ciudad de Rosario (Argentina).

Los invitamos a participar de tan importante evento. Aquí les dejamos más información sobre el mismo.

Tercer Congreso Internacional
“La Escuela Austríaca en el Siglo XXI”

Fecha de Realización: 05, 06 y 07 de Agosto de 2010

Lugar de Realización: Universidad Católica Argentina (UCA) – Campus Rosario (Argentina)

Organizan: Facultad de Ciencias Económicas del Rosario (UCA) – Fundación Bases

Conferencistas Invitados:
Juan Carlos Cachanosky
(Corporate Training / Universidad Francisco Marroquín – Guatemala)
Calvin Hayes
(Brock University – Canadá)
Stephen Hicks
(Rockford College – Estados Unidos)
Martín Krause
(CIIMA ESEADE – Argentina)
Jeremy Shearmur
(The Australian National University – Australia)
Gabriel Zanotti
(Fundación Hayek / Universidad Austral – Argentina)
[nuevos conferencias serán anunciados próximamente]

Áreas Temáticas:
-Economía
-Metodología
-Teoría del Conocimiento
-Filosofía Política
-Lecturas en torno de la Escuela Austríaca de Economía

Recepción de Ponencias, Propuestas de Mesas Redondas y resúmenes ampliados: hasta 01/07/2010 (la aceptación de las ponencias queda sujeta a evaluación)
Idiomas Oficiales: Español, Portugués, Inglés, Italiano

Contactos: info@escuelaaustriaca.org
escuelaaustriaca@gmail.com
(Por favor dirigirse a ambas direcciones)

www.escuelaaustriaca.org

Hayek versus los expertos en desarrollo

noviembre 20, 2009

Por William Easterly.*

Introducción

Esta noche nos encontramos en un momento similar a aquel en que Hayek escribió El camino de servidumbre en 1944. En ese entonces, como ahora, un gran colapso financiero fue visto como el fracaso de la libertad. En realidad, las cosas eran incluso peores en ese entonces para el punto de vista de Hayek. Luego de la Gran Depresión, muchos señalaron el aparente éxito de la industrialización planificada centralmente en la Unión Soviética en superar en rendimiento a los mercados. Como Hayek escribió en 1944, la democracia casi no existía aparte de unas pocas sociedades que hablaban inglés. Aún en EE.UU., las personas indicaban el aparente éxito de la planificación estatal, impuesta desde arriba, para la producción de armas en tiempos de guerra. Bajo estas circunstancias, Hayek sabía que sería caricaturizado como un ideólogo de derecha, aunque sus ideas no encajaban en el rancio debate partidario acerca de los mercados versus el Estado. Él argumentó que el mejor sistema a largo plazo dependía de la creatividad de los individuos ubicados en la base de la pirámide productiva, quienes gozaban tanto de libertad política como económica. De la manera que describiré abajo, Hayek consideró que el Estado y el mercado funcionan mejor cuando son el resultado de desarrollo espontáneo de abajo hacia arriba, con nadie a cargo.

Se requirió de coraje para criticar al control desde arriba hacia abajo luego de las calamidades tenebrosas de la Gran Depresión: aún así la visión de Hayek sería reivindicada por los eventos subsecuentes. ¿Cuántos de nosotros mostraremos un coraje intelectual similar en medio del colapso financiero de hoy?

Los expertos en desarrollo

Hayek no habló de esto en ese momento, pero sus advertencias acerca del avance de la planificación de arriba hacia abajo tal vez fueron más relevantes en el llamado Tercer Mundo. Desafortunadamente el campo de estudio llamado economía de desarrollo nació en el momento en que más se dudó de la libertad individual. Como resultado, los economistas concibieron al desarrollo desde el principio—y aún hoy lo conciben así a un extremo que da susto—como un proceso de arriba hacia abajo conducido por expertos en desarrollo que operan con un cheque en blanco.

Los expertos en desarrollo “de arriba hacia abajo” demostrarían estar equivocados una y otra vez. Aún así la concepción del desarrollo como un proceso de arriba hacia abajo comprobaría ser resistente al fracaso, por razones que también intentaré describir.

En sus principios la idea predominante era la del Gran Empuje. En las décadas de los cuarenta y cincuenta se pensaba que las naciones del Tercer Mundo estaban “atrapadas en la pobreza” ya que ésta generaba un círculo vicioso de excesivo crecimiento de la población, mala salud, analfabetismo, pésima infraestructura y pocos ahorros. La respuesta, de acuerdo a economistas de desarrollo tales como Sir Arthur Lewis, era una inyección gigante de ayuda externa—el “gran empuje”—para pagar inversiones en todas estas áreas de una vez por todas. Se pensó que algunos países eran más difíciles de desarrollar que otros. A principios de la década de los sesenta, el Banco Mundial ridiculizó a un país que carecía de recursos diciendo que era poco probable que este lograra siquiera un éxito modesto en exportar. Al mismo tiempo, el experto en desarrollo Gunnar Myrdal también advirtió acerca de otro país, diciendo que el crecimiento de la población era un “problema explosivo”. El nombre del primer país es Corea del Sur. El segundo es Singapur. Y no es que los expertos en desarrollo siempre fueron pesimistas: El Banco Mundial dijo en 1958 de otra nación que su “potencial se compara favorablemente con aquellos de otros países en el sureste de Asia”. Ese país es Myanmar.

Al igual que con las predicciones acerca de los países, el desempeño de los expertos en desarrollo no mejoró con las predicciones generales. Sir Arthur Lewis y otros tenían un modelo muy particular de cómo la ayuda externa aumenta el crecimiento que nos permite ser precisos acerca de cuánto crecimiento ellos esperaban por una determinada cantidad de ayuda externa. Para un cuarto de los países que han recibido la mayor cantidad de ayuda a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, la predicción era que su ingreso per cápita aumentaría desde alrededor de $500 por persona en 1960 a más de $5.000 por persona hoy. Este aumento de más de 1.000% fue más que superado por unos pocos países que recibieron poca ayuda con niveles de pobreza similares a otros que recibieron ayuda considerable. Tal fue el caso de Corea del Sur, la cual aprovechó las oportunidades en el mercado creadas por el boom global en el comercio internacional luego de la Segunda Guerra Mundial. Ahí quedó la idea de que estas naciones estaban “atrapadas en la pobreza”. Mientras tanto, los países que recibieron mucha ayuda externa no llegaron a los $5.000 por persona; su ingreso hoy todavía es de $500. Hasta ahí llegó la idea del Gran Empuje. Cuando las predicciones de una teoría fracasan, la teoría queda descartada. Qué tragedia que ideas así de fracasadas condenaron a tanta gente a continuar en la pobreza.

¿Es posible el desarrollo planeado?

Hayek no escribió mucho acerca de desarrollo, pero su defensa de los mercados y la crítica a la planificación central fueron muy relevantes para estos debates. En un artículo clásico de 1945, Hayek indicó que ningún planificador central desde arriba podía de alguna manera tener suficiente información para asignar los recursos y provocar el funcionamiento de las fábricas. Un sistema descentralizado, con flujo de información de abajo hacia arriba, permitía que cada individuo utilice su conocimiento de cientos de diminutos factores locales y problemas imprevistos de tal forma que haga que su proyecto funcione y que sus acciones sean coordinadas con otros a través de los precios del mercado—que señalan a todos cuáles productos son abundantes y cuáles escasos.

Lo que Hayek correctamente llamó una “maravilla” era un sistema de abajo hacia arriba que nadie tiene que dirigir o siquiera comprender para que funcione. Como Hayek dijo en 1945: “aquellos que claman por una dirección ‘consciente’. . . no pueden creer que cualquier cosa que haya evolucionado sin diseño (e incluso sin nuestro entendimiento) debería resolver problemas que no deberíamos ser capaces de resolver conscientemente”.

Hubo economistas de desarrollo que entendieron en ese entonces la importancia de la libertad individual en el desarrollo, tales como el economista sudafricano Herbert Frankel y el economista inglés-húngaro P.T. Bauer. Desafortunadamente, hay más recompensas para las malas ideas en la economía del desarrollo que para las buenas. Arthur Lewis y Gunnar Myrdal ambos ganaron un Premio Nóbel. P.T. Bauer fue descalificado como un herético, y el pobre Herbert Frankel fue ignorado y luego olvidado por completo. Yo vengo a hablar aquí ante ustedes orgullosamente aspirando a ser el Herbert Frankel de esta generación.

Esto no es una manera de decir que los economistas de desarrollo no eran capaces de cambiar con los sucesos. En la década de los ochenta, las ideas de libre mercado finalmente empezaron a ganar aceptación entre algunos economistas de desarrollo debido al fracaso de la ayuda externa y al éxito de los tigres asiáticos. Aún así, paradójicamente, estos mismos economistas de desarrollo no renunciaron a su técnica de planificar desde arriba hacia abajo. Solamente recitar las palabras “mercados libres” no lo absuelve a uno de ser un planificador. Como la cita de Hayek acaba de señalar, los mercados evolucionan de abajo hacia arriba sin ningún diseño consciente. Con poco conocimiento de las medidas, la política, o las instituciones locales los burócratas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron sus propios diseños de transición hacia un mercado libre en África, Latinoamérica y el Medio Oriente en la década de los ochenta y la de los noventa.

Estos intentos se volvieron aún más absurdos con la caída del Muro de Berlín y la imposición de la “terapia de shock” sobre Europa Oriental y la antigua Unión Soviética, en un intento de gran envergadura por parte de los mismos burócratas de convertir en un solo golpe a una economía comunista en una capitalista. Jeffrey Sachs fue el padre intelectual de la terapia del shock. De nuevo, los críticos estuvieron en la minoría. Peter Murrell de la Universidad de Maryland y John McMillan de Stanford indicaron los sorprendentes vacíos de los terapeutas del shock. Como lo resumió McMillan, “si hubiésemos podido planear las reformas, entonces hubiésemos podido planificar la economía”.

En los ochenta y noventa, el crecimiento en el PIB per cápita fue de cero en África, Latinoamérica y el Medio Oriente, y las repúblicas de la antigua Unión Soviética experimentaron una de las peores depresiones en la historia económica. La reacción luego de tal fracaso de estas mal llamadas “reformas de libre mercado”, impuestas por extranjeros, fortalecieron a figuras xenófobas y anti-libertad como Hugo Chávez de Venezuela, Evo Morales de Bolivia, Robert Mugabe de Zimbabwe y Vladimir Putin de Rusia.

Pero una vez más, estar en lo correcto conseguía poca recompensa: Murrell y McMillan fueron ignorados, mientras que Jeffrey Sachs se convirtió en un célebre economista a pesar del fracaso de la terapia del shock. Jeffrey Sachs consiguió aún más fama por su método de planificación desde arriba hacia abajo cuando redescubrió las ideas fracasadas hace más de 50 años acerca de las naciones atrapadas en la pobreza y el Gran Empuje de ayuda externa en el nuevo milenio. Estas ideas atrajeron a muchos, mientras que la libertad individual volvió a pasar de moda en el desarrollo; Sachs hasta se ganó el apoyo de estrellas de cine. Sachs citaba el apoyo de Hayek a sus ideas, pero desafortunadamente su apoyo no venía de Friedrich Hayek sino de Salma Hayek.

El orden espontáneo y la mente humana

¿Cómo es que el método de arriba hacia abajo todavía domina la economía del desarrollo a pesar de cincuenta años de predicciones fracasadas por parte de los expertos en desarrollo? Hay muchas razones, pero una que yo creo que es particularmente interesante es que nuestros cerebros están hechos para creer en la planificación desde arriba hacia abajo. El filósofo Daniel Denett argumenta que la evolución humana favoreció esa manera “intencional” de pensar. En cuanto a evolución, ver el comportamiento intencional de todos los animales era beneficioso. Cuando veías a un león moverse, podías apartarte si entendías que este pretendía comerte. Cuando veías a un grupo de cavernícolas de la cueva de al lado acercándose a ti con antorchas y bates, podías defenderte más efectivamente si veías a este grupo con una agenda específica, tal como matar a tus hombres y robar tus mujeres. Los cavernícolas que vieron acción intencional en todas partes sobrevivieron. Los que no, murieron.

Así que ahora tal vez podemos entender las aseveraciones de aquellos que le atribuyen el mal a los procesos espontáneos, tales como los manifestantes anti-globalización que dijeron en 2002 que los líderes corporativos se reúnen en “encuentros de alto nivel” para “delinear el camino de la globalización en nombre de las ganancias privadas”. Donde hay desigualdad en las economías de mercado, la gente cree que alguien pretendió empobrecer a las personas más pobres. Donde hay emprendedores que actúan de manera espontánea y de esa manera crean trabajos y al mismo tiempo destruyen otros, los recientemente desempleados muchas veces creen que alguien conspiró para quitarles su trabajo. Con nuestro antepasado cavernícola, es difícil entender que ninguna persona pretende los buenos o los malos resultados. Otro Premio Nóbel, Kenneth Arrow (alguien que, a diferencia de Hayek, no es visto como un ideólogo de derecha), dijo: “La noción de que a través del funcionamiento de un sistema entero los efectos podrían ser muy diferentes y hasta opuestos a las intenciones es seguramente la contribución intelectual más importante que el pensamiento económico ha hecho al entendimiento general de los procesos sociales”.

La idea que el orden espontáneo no está diseñado o pretendido por alguien se ha vuelto mucho más comprensible en nuestros días de lo que era en los tiempos de Hayek. Ahora nos damos cuenta de que cosas tan diversas como el Internet, el lenguaje, la evolución biológica, las redes sociales, e incluso los peatones caminando en una acera sin tocarse son órdenes espontáneos, con nadie a cargo. Ver el absurdo de la planificación central en estas situaciones ilustra cuán espontáneos estos son: ¿Qué tan bien crees que funcionaría tener un planificador central que nos asigne a nuestros amigos y parejas? ¿Qué tan bien crees que funcionaría que el Departamento de Caminar de Manhattan nos de a cada uno, cada mañana, nuestros caminos precisos dentro de la acera para que no nos golpeemos? Pero cuando persiste la manera de pensar de los cavernícolas de ver a los resultados como pretendidos por alguien, incluso los órdenes de abajo hacia arriba y espontáneos tales como los mercados, siempre se favorecerá la acción de arriba hacia abajo e intencional por parte de expertos que tratan de mejorar los resultados.

Hayek intentó contrarrestar este sesgo indicando qué tanta incertidumbre radical hay en la vida económica, la cual no es posible de procesar por un economista viendo las cosas desde arriba. Por ende, se necesita búsquedas descentralizadas e independientes de todo tipo de éxito por parte de individuos altamente informados y motivados. Él lo puede decir mejor que yo:

La interacción de individuos, que poseen diferente conocimiento y diferentes puntos de vista, es lo que constituye la vida del pensamiento. El crecimiento de la razón es un proceso social basado en la existencia de tales diferencias . . . [S]us resultados no pueden ser previstos . . . . [N]o podemos saber qué opiniones asistirán en este crecimiento y cuáles no.

Y

La libertad es esencial para dar lugar a lo imprevisible e impredecible; la queremos porque hemos aprendido a esperar de ella la oportunidad de realizar muchos de nuestros objetivos . . . . Confiamos en los esfuerzos independientes y competitivos de muchos para inducir la existencia de lo que querremos cuando lo veamos.

La manera en que países fueron exitosos en desarrollarse es a menudo encontrando un gran éxito en los mercados de exportación. Es imposible predecir cuál será el gran éxito. Por eso se necesitan los “esfuerzos independientes y competitivos de muchos” a los cuales Hayek se refería. ¿Quién hubiera previsto que las flores de Kenya capturarían 40 por ciento del mercado europeo que provee a aquellos hombres románticos que llevan flores a casa para sus esposas? Podría decirse lo mismo de los trajes de algodón para mujeres fabricados en Fiji (42 por ciento del mercado estadounidense), de los muelles flotantes hechos en Nigeria (84 por ciento del mercado noruego), de los circuitos electrónicos integrados de las Filipinas (71 por ciento del mercado mundial), o de los jets regionales hechos en Brasil (Embraer ahora tiene 22 por ciento del mercado mundial). El éxito más importante en las exportaciones de Egipto, representando 30% del total de sus exportaciones, son cerámicas de baño, de las cuales 93 por ciento van a Italia. ¿Puede usted imaginarse a un experto en desarrollo diciéndole a los egipcios, “¡El secreto es exportar inodoros a Italia!”?

El desarrollo es impredecible

¡Hayek correctamente predijo que el desarrollo sería impredecible! Esto podría sonar contradictorio, pero esta es una hipótesis genuinamente observable, como la predicción de la teoría de mercados eficientes de que nadie puede, año tras año, predecir la bolsa. Las tasas de crecimiento económico satisfacen la hipótesis anteriormente mencionada, no solamente las anécdotas mencionadas antes, pero también en investigaciones realizadas por mí y por otros que han descubierto que el crecimiento económico rápido rara vez persiste. China e India son los que crecen rápido ahora pero eran los que crecían lento en la década de los sesenta y la de los setenta; Brasil y Costa de Marfil crecían rápido en esa época pero han tenido crecimiento bajo desde 1980. El análisis estadístico sugiere que el crecimiento económico rápido en el corto plazo está determinado principalmente por factores transitorios que no pueden ser previstos. Incluso un mercado completamente libre tendrá intervalos variables de alto crecimiento durante períodos en los que los empresarios tienen mucho éxito y de bajo crecimiento cuando hay escasez de éxitos.

De esta manera la diferencia entre los sistemas exitosos de abajo hacia arriba que protegen la libertad individual y los sistemas que restringen la libertad no puede observarse de manera clara en las tasas de crecimiento a lo largo de períodos limitados, o incluso en períodos de hasta una década. Esta dificultad es explotada por los críticos de la libertad, quienes fácilmente pueden citar un ejemplo de un país no libre con crecimiento rápido (China es el actual favorito). De hecho, las tasas de crecimiento son tan volátiles que los expertos pueden comprobar casi cualquier teoría de desarrollo económico con un ejemplo de un país con crecimiento económico alto que también posee una política económica del agrado del experto. Estos argumentos son el equivalente intelectual de un apostador en Las Vegas que le atribuye su racha de buena suerte a las medias que tenía puestas en ese momento, y luego seguirá usando sus cada vez más apestosas medias en un intento fútil de reproducir esa suerte.

La diferencia entre los sistemas libres y no libres aparece en comparaciones a largo plazo, como en el nivel de ingreso per cápita. El hecho relevante acerca del desempeño de China a largo plazo es que su ingreso per cápita todavía está en la posición 122 en el mundo, detrás de Albania, Ecuador, Gabón, Jamaica, y Surinam, y es un décimo de lo que es el de Estados Unidos. Los niveles de ingreso per cápita están fuertemente correlacionados con las medidas de libertad económica y política, y las técnicas estadísticas sugieren que esta correlación es causal: la libertad causa la prosperidad. Corea del Norte ha tenido periodos de alto crecimiento, pero sería difícil descartar el argumento a favor de la libertad por la gran diferencia que existe hoy en ingreso per cápita, salud y nutrición entre los libres coreanos del sur y los esclavizados coreanos del norte.

La libertad individual

El último intento que nosotros los expertos en desarrollo necesitamos para encontrar empleo es que aceptemos que la libertad individual es el mejor sistema, y también decir que se necesitan expertos en desarrollo para diseñar las reglas que permiten la libertad individual. Es cierto que la libertad necesita de las reglas gubernamentales que protejan la propiedad privada, hagan respetar los contratos, prevengan el fraude y el robo, y muchas otras normas de buen comportamiento que hacen posible el trato entre individuos. Pero eso no significa que los expertos necesitan diseñar las reglas gubernamentales desde arriba hacia abajo. El último y posiblemente el más importante descubrimiento de Hayek fue que las reglas gubernamentales en un libre mercado no son diseñadas, evolucionan de abajo hacia arriba. Como lo dijo Hayek: “El valor de la libertad consiste principalmente en la oportunidad para el crecimiento de aquello que no ha sido diseñado, y el funcionamiento beneficioso de una sociedad libre depende en gran parte de la existencia de instituciones creadas libremente”.

¿Cómo crecen las instituciones libremente? Aquí pienso que los economistas han descubierto más cosas desde el tiempo en que Hayek escribió, aunque todavía tenemos mucho que aprender. Ahora tenemos la “teoría de juegos”, la cual puede describir un resultado en el cual cada uno de nosotros está de acuerdo con respetar los derechos de propiedad y contratos de todos los demás. Cualquiera que hace trampa o roba puede ser castigado con el ostracismo social, el cual carga la penalidad adicional de exclusión de contratos lucrativos en el futuro con otras personas. La norma social se estabilizará alrededor del respeto a la libertad individual que trata a los individuos tanto como merecedores de los frutos de su propio esfuerzo así como también responsables de cualquier costo que ellos impongan sobre el resto de nosotros. Desafortunadamente, también hay otro equilibrio. Si la trampa y el robo empiezan a ser aceptados ampliamente como algo normal, y cada individuo espera vivir de todos los demás, entonces tal sociedad puede quedarse estancada en un resultado de desconfianza y puede que no sea capaz de alcanzar la norma de la libertad. De hecho, las diferencias internacionales como respuesta a la pregunta de la Encuesta Mundial de Valores de que si los individuos debieran responsabilizarse por sí mismos (lo más cercano que este cuestionario llegó a la libertad individual) son pistas excelentes para saber qué sociedades de hecho tienen un libre mercado e instituciones democráticas. Por supuesto, se necesita un gobierno que pase leyes para hacer respetar las reglas, pero los buenos gobiernos simplemente formalizan las normas sociales que vienen de abajo y que respetan la libertad, la cual en gran parte causa el respeto a las reglas.

¿Qué explica las diferentes normas sociales en diferentes países? Aquí, francamente, ni Hayek ni los investigadores de hoy han llegado a una respuesta completamente satisfactoria. Probablemente, accidentes históricos importan: Un estudio reciente encuentra más desconfianza en regiones de África donde individuos fueron traicionados y vendidos como esclavos durante los siglos cuando existía ese mercado. Pero Hayek también sugirió que las reglas y normas están en sí sujetas al proceso evolutivo de supervivencia de los más aptos (tal vez el proceso es más lento de lo que quisiéramos). ¡Los individuos en sociedades pobres sin libertad que ven la conexión entre la libertad y la prosperidad van a querer libertad!

Ahora, un rol claro para los expertos en desarrollo: Pueden intentar acelerar el proceso evolutivo convenciendo a los individuos alrededor del mundo de cómo un sistema de abajo hacia arriba funciona a largo plazo cuando la gente valora la libertad individual.

Estos beneficios no son abstractos: Como una porción de las naciones con libertad económica y/o política ha tenido una tendencia constante hacia arriba desde 1970, la tasa global de pobreza se ha reducido por dos tercios. Para el ciudadano de Kenya empleado en exportar flores a Europa y para el egipcio empleado en la exportación de inodoros a Italia, el libre comercio no es una abstracción.

Tenemos ejemplos similares de cómo escapar de la pobreza en nuestra propia historia. En 1927, un bebé llamado Nathan nació en el Tercer Mundo de Estados Unidos, Virginia del Oeste. Su padre, un inspector de tala de madera mal pagado, murió de tuberculosis cuando el niño tenía dos años. Su madre, llamada Dora, se quedó a cargo de dos niños en Virginia del Oeste durante los peores momentos de la Gran Depresión. Si alguna vez hubo un círculo vicioso de la pobreza, este era uno. Pero Dora trabajó tan duro que fue capaz de mandar a Nathan a la Universidad de Virginia del Oeste (WVU, por su nombre en inglés). Nathan también continuó trabajando duro en varios trabajos hasta que pudo financiar su retorno a WVU para obtener un doctorado en biología. Se fue de Virginia del Oeste debido a una exitosa carrera como profesor de biología, para darles a sus hijos un estilo de vida de clase media. Yo debería saberlo porque yo fui uno de esos niños; Nathan es mi padre. Yo dedico este premio Hayek esta noche a mi padre, como agradecimiento por haber hecho realidad el sueño americano para nuestra familia.

Con tantos ejemplos inspiradores, les debemos a los pobres en todas partes del mundo la defensa de los valores de la libertad individual, los cuales le ofrecen al mundo la última y mejor esperanza de acabar con la pobreza.

Yo cerraré parafraseando a mi político favorito de EE.UU. que amaba la libertad, Abraham Lincoln:

Somos, nosotros, los vivos, los que debemos dedicarnos aquí a la tarea inconclusa que, aquellos que vinieron antes que nosotros, avanzaron tan noblemente. Somos los vivos los que debemos dedicarnos aquí a la gran tarea que aún permanece ante nosotros—que resolvamos aquí, firmemente, que este mundo tendrá un nuevo nacimiento de libertad—y que el desarrollo del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.

* William Easterly es profesor de economía en New York University y co-director del Instituto para Investigaciones de Desarrollo de la misma universidad. Easterly es autor de The White Man’s Burden: Why the West’s Effort to Aid the Rest Have Done So Much Ill and So Little Good (2006). Este es el discurso que Easterly dio al recibir el Premio Hayek del Manhattan Institute el 23 de octubre de 2008.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de octubre de 2009.

Revista Orden Espontáneo Octubre

octubre 30, 2009

OETapaEstimado Lector,

Es una gran satisfacción presentar el quinto número de la Revista Digital “Orden Espontáneo” del Centro Adam Smith perteneciente a la Fundación Libertad.

Esta nueva edición incluye la segunda parte de la entrevista que le realizamos a Ivo Sarjanovic, Vicepresidente de Cargill Suiza. Este singular economista rosarino, a pesar de que proviene del ámbito empresarial nunca ha abandonado el terreno académico y particularmente las ideas de la Escuela Austríaca de Economía. En esta parte del reportaje nos cuenta acerca del debate interno que existe en la Escuela Austríaca en torno a las recomendaciones de política económica una vez llegada la crisis y plantea que tantas diferencias provocan que “Escuela” no sea la descripción más adecuada en este momento. Asimismo, nos da su opinión sobre las medidas tomadas por los gobiernos para salir de la crisis, hace un análisis de la economía argentina, nos cuenta algunas de sus experiencias intercambiando cartas con grandes pensadores como Milton Friedman y Murray Rothbard, le da algunos consejos a los estudiantes de economía y muchas cosas más.

Luego, presentamos un artículo de William Easterly titulado “Hayek versus los expertos en desarrollo”. Afirma que Hayek, a pesar de no haber escrito estrictamente sobre este tema, tiene mucho para enseñar. Sus teorías del orden espontáneo y el conocimiento disperso muestran los problemas de las políticas de desarrollo de arriba hacia abajo.

Por último, publicamos un ensayo de Peter Boettke acerca de Elinor Ostrom, la reciente ganadora del Premio Nobel de Economía. En el mismo reflexiona sobre la importancia que tiene esta pensadora para los defensores de la libertad.

Agradecemos su colaboración en la difusión de Orden Espontáneo.

Desde Fundación Libertad aprovechamos la ocasión para saludarlos y esperamos que disfruten de este nuevo número de la Revista Digital.

Para acceder a la revista por favor haga clic aquí.

Matías Spelta
Editor


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