Manos visibles e invisibles. El orden del libre mercado reconoce la importancia de una moral autodirigida.

Por Douglas Den Uyl y Douglas Rasmussen*

Se ha dicho, usualmente, que los mercados son dirigidos como “si una mano invisible” trajese orden y cooperación entre las personas. Los mercados usan incentivos y el interés mutuo para alcanzar este resultado harmonioso. Sin embargo, hay otro método “más antiguo” de organizar a las personas en torno a lo que es “bueno” o “correcto”, esto es la Ética. La ética, en contraposición a los mercados, organiza a las personas en torno a directivas y órdenes autoritarias.

Esto genera una pregunta: ¿cómo puede sostenerse que la autorregulación y el orden espontáneo de los mercados, de forma alguna, dependan de o usen a la ética? ¿Acaso tiene sentido fomentar la ética en un sistema que se autorregula? ¿Acaso no están estos principios contrapuestos, en lugar de ser complementarios, en lo tocante a la organización de una sociedad?

En pocas palabras, ¿cuál es exactamente la conexión entre la mano visible de la ética y la mano invisible del mercado?

Las órdenes del libremercado hacen poca referencia a las normas morales como base para solucionar el problema de coordinar a la gente en una sociedad. La mayoría del tiempo, ni siquiera conocemos a la persona con la que interactuamos como para formular un juicio de valor ético acerca de ellos. Esta “impersonalidad”, es ciertamente una cuestión positiva. Podemos interactuar con, y beneficiarnos de, más personas que si estuviésemos pendientes acerca de si su visión del bien y del mal es coincidente con la nuestra, o si adhieren a los mismos principios morales inclusive. En el mercado, intercambiamos por mutuo beneficio y luego cada cual se ocupa de sus asuntos.

De esta manera, algunos han dicho que el orden del mercado es amoral y posiblemente inmoral. Otros siguen sosteniendo la idea de que los mercados producen caos y reclaman algo como una directiva ética que les sirva de base para la cooperación social. Aparentemente, esto aseguraría que la ética entre en escena, sin embargo, se apoyaría en la noción errónea de que los mercados producen caos. Entonces, mantengamos un momento la idea de que los mercados coordinan perfectamente a las personas sobre la base del interés mutuo y el consentimiento. Asumiendo esto, para qué necesitamos de la ética? Y más aún, inclusive si le encontrásemos una utilidad, acaso no sería esta menos importante en relación al orden del mercado?

Primero, sabemos que en ningún orden social podemos permitir que las personas hagan cualquier cosa que quisieran. No deberíamos poder fundar Asesinato S.A. Entonces, parecería ser que necesitamos algunas reglas incluso dentro del orden del mercado. Esto sugiere inmediatamente que la ética tendría un rol que ocupar en determinar esas reglas. Pero entonces, ¿por qué no permitirle a la ética que determine todo? ¿Por qué, en otras palabras, consultamos a la ética acerca de ciertos asuntos y no otros? Podríamos decir que dejamos de hacer uso de la ética cuando el enfoque del mercado de usar el interés en lugar de órdenes comienza a funcionar mejor que la mano visible de la ética. Con esta respuesta, lamentablemente, nos quedamos paralizados en cuanto a la manera de proceder.

Por un lado, por ejemplo, podrían estar aquellos a quienes les importa menos que las cosas funcionen y quieren asegurarse que la gente haga lo correcto. Por otro lado, están aquellos interesados en aquello que funciona, pero tienen desacuerdos acerca de qué funciona mejor que qué. Finalmente, quitando aquellos que consideran que los mercados no funcionan en lo absoluto, están aquellos que pueden decir que los mercados funcionan bien en esferas limitadas, pero que la ética debería ser la forma dominante de organizar las personas. Todas estas posiciones parecen entrometerse en la defensa de la libertad ofrecida por el mercado. Y si fuéramos en la otra dirección y nos entregásemos al sistema del mercado, parecería que estamos fomentando una cultura de interés por sobre las responsabilidades éticas, ya que la ética parecería estar muy poco relacionada a la dinámica diaria del mercado.

Nosotros, sin embargo, creemos que esta aparente “ignorancia” de los asuntos éticos no sólo está justificada si no que se trata de una suerte de celebración de la ética. En cierta forma, menos es más. Mucha menos preocupación acerca de adherirse a directivas impuestas en la esfera pública puede significar un mayor respeto por la ética en general. No estamos diciendo que la libertad del mercado va a hacer a las personas más éticas. Podemos llegar a creer que eso es posible – si bien generalmente es cierto – pero sin importar su veracidad, nuestro punto es diferente. Estamos diciendo que esta forma de organizar la sociedad – dándole a la gente unas reglas simples y permitiéndoles interactuar entre ellos basados en proyectos, acuerdos, planes o el interés mutuo de forma libre – es un abordaje que le otorga a la ética un lugar privilegiado en la sociedad. Por “lugar privilegiado” no queremos decir que la sociedad necesariamente se vuelva más ética o que funcionará mejor. Queremos decir que la sociedad va a darle a la ética una importancia clave en el funcionamiento de su estructura.

En esta conexión realmente hay sólo dos formas de proceder. O la sociedad es estructurada en torno a cierto principio ético (o conjunto de principios) tal que el propósito de la sociedad sea vivir en torno a ellos, o la sociedad toma algunos principios éticos para que sean centrales mientras deja la elección de otros a las personas. Obviamente, la sociedad de mercado, o el orden liberal, es un ejemplo de esto último. Por supuesto, esto nos trae la pregunta: ¿cuáles principios deberían ser centrales y por qué?

Tal vez, podremos enfocar de forma diferente esta pregunta. En lugar de asumir que estamos de acuerdo en lo que la ética y la política significan, hagamos algunas preguntas básicas. Por ejemplo, qué es la ética? Tomamos a la ética como la investigación tendiente a descubrir cómo cada cual debería vivir. Eso se refiere particularmente a las acciones que uno debería realizar para vivir bien. Puesto en estos términos, una cosa que inmediatamente sobresale es que la respuesta a esta pregunta puede variar de persona en persona. Si esto es cierto, entonces el orden de mercado ciertamente reconoce, y fomenta, el pluralismo en las formas de vivir. Sin embargo, este no es nuestro punto principal, pero es algo importante para recordar cuando se piensa acerca de la ética y el mercado. Si puede haber más de una forma de vivir bien, entonces el mercado será el sistema más eficiente de organizar a las personas al reconocer esa verdad.

Por cierto, uno puede vivir de mala manera bajo libertad y pluralismo. El orden del mercado puede permitir que alguien use erróneamente o abuse de su responsabilidad de vivir bien. Parecería, entonces, que el orden del mercado (en abstracto) ni es defensor ni detractor de una buena vida. Puede ir de un lado al otro dependiendo de cada caso en particular. Pero eso puede no llegar a resolver la cuestión. Porque al preguntarnos qué es la ética, podríamos preguntarnos también cuál es el conflicto social que estamos tratando de resolver que nos trae a cuestionarnos acerca de la ética en primer lugar. Ya conocemos parte de la respuesta, necesitamos ciertas reglas para vivir cuando estamos en compañía de otros.

Pero a la luz de lo que venimos diciendo, esas reglas tienen que hacer dos cosas a la vez. Primero deben poder aplicarse de manera equitativa a todas las personas en la sociedad. No podemos estar aplicándolas a ciertas personas sí y no a otras, dado que estos son principios básicos a la hora de entender a la sociedad como un todo. De la misma manera, deben poder aplicarse a todos reconociendo, a su vez, que pueden existir diferentes formas de vivir bien. Esto quiere decir que deben reconocer el pluralismo del que hemos hablado mientras se trata a todos de igual forma. No podemos caer en la trampa de procurar que todos vivan de determinada manera. Eso, violaría la variedad que ya hemos sostenido como necesaria dentro del pluralismo ético y que es generosamente permitido por el mercado. Tampoco, podemos asumir una postura que prescinda de reglas generales. Esto nos impediría comprender cómo comportarnos con otros cuando no sabemos si compartimos los mismos principios éticos. Debemos ser tanto genéricos como específicos a la vez con el principio rector que decidamos adoptar.

Parecería ser que continuamos en un impasse. ¿Qué tipo de regla o principio puede tanto referirse a todos a la vez, permitir diferentes formas de vida, y no favorecer cierto sistema sobre otro? ¿Qué principio podría servir para tal función?

Diferentes tipos de principios éticos?

Antes de responder a esta pregunta, debemos abrirnos a una posibilidad adicional. Puede ser el caso de que no todos los principios éticos sean del mismo tipo. Quizás algunos principios son de un tipo y otros de otro, y entonces sólo algunos serían relevantes para nuestro problema. Otra forma de tratar el asunto es suponiendo que quizás algunos principios son apropiados para resolver el problema de cómo vivir entre otras personas y otros acerca de cómo vivir bien. Sin embargo, esto tampoco podría estar del todo acertado, ya que todo vivir bien implica vivir entre otras personas. Quizás, entonces, necesitamos principios que se refieran a la posibilidad de vivir bien entre otros y principios que hablen de vivir bien, inclusive mientras estamos entre otras personas. Si está abierto a esto, podemos encontrar juntos la respuesta a nuestro problema.

¿Cuál es, entonces, el principio que a) puede aplicarse a todos, b) puede aplicarse en cualquier situación ética, c) no favorece ningún estilo de vida sobre otro, y d) es algo en lo que cada uno tiene un interés ético cada vez que actuamos? Puede existir tal principio?

Creemos que sí: el principio de la “auto-dirección.” Más específicamente, el principio que debe regir nuestro orden social es el deber de proteger la posibilidad de autodirigirse. Por autodirección no nos referimos a nada complicado – tan sólo a la habilidad de hacer y ejercitar elecciones como agentes actuantes. Uno no necesita ser autónomo – esto es, en plena posesión de toda la información relevante y el poder de razonar – ni tampoco debe uno estar eligiendo correctamente. Uno simplemente debe tener la habilidad de realizar elecciones dentro de cualquier sistema de limitaciones que uno confronta. Creemos que, para que una acción sea tenida por ética tiene que ser algo que uno elige o que es responsable por. Si uno no eligió actuar de esa manera o sólo pudiese ser responsable si tuviese toda la información del mundo o la omnisciencia, entonces no habría mucha ética alrededor.

La forma más obvia y común de impedir la autodirección es mediante el uso de la violencia física. Puede haber otras, pero la violencia es fácilmente reconocible por todos y más o menos fácilmente prevenible. Dado que nuestro principio debe ser genérico y público, necesitamos tener uno que sea fácilmente identificable y no demasiado sutil o complejo. La lista usual de crímenes, como el robo, la violación, el fraude, entre otros, cumplen este criterio bastante bien. Si no permitimos estas cosas en sociedad, hay una presunción fuerte de autodirección cuando vemos a las personas actuando en sociedad.

Al proteger la posibilidad de autodirección, debería resultar claro que no estamos tratando de hacer buena a la gente o siquiera procurando incremente su efectividad en ser autodirigidos. Lo que estamos tratando de hacer, al proteger la posibilidad de comportarse de forma autodirigida, es darle una chance a la ética. Ciertamente, si, como creemos, la autodirección está en la base de cada acto que debe ser tenido por ético, la sorprendente conclusión es que es el sistema de mercado, al darle a la libertad un lugar privilegiado, quien le da a la ética la mayor posibilidad de desarrollarse!

Todavía no tenemos una sociedad completamente ética orientada a proteger la posibilidad de autodirigirse. Eso dependerá de si las personas ejercen su libertad de formas éticas. Nótese, sin embargo, que si usted no ejerce su libertad de esta manera, no me quita a mí la posibilidad de ejercerla de forma diferente, ya que lo que estamos protegiendo es la posibilidad de autodirigirse – no formas particulares de autodirección. Véase, también, que si tratamos de forzar algo más que la posibilidad de autodirigirse, es muy probable que terminemos orientando las cosas a favor de un estilo de vida determinado violentando a otros. Parece ser que debemos adoptar totalmente a la libertad como nuestro principio rector o no. Pero si no lo hacemos, la sorprendente conclusión sería que estaríamos abandonando un elemento central para poder tener a cualquier conducta por ética. Debemos, en otras palabras, tener en mente un tipo de principio ético para poder proteger a otro – en este caso lo fundamental para todas las otras acciones en un contexto social. Si revirtiésemos las prioridades, podríamos estar destruyendo los fundamentos de la ética.

Volviendo posibles a las acciones éticas

Parecería ser que las sociedades de mercado son indiferentes o ambivalentes acerca de la ética, pero si es así, es porque sólo ellas reconocen que hay una diferencia entre principios éticos que habilitan la posibilidad de que haya acciones éticas en sociedad y principios éticos que nos guían acerca de lo que debemos hacer para vivir bien o para cumplir nuestras obligaciones con terceros o con nosotros mismos. Esta es otra forma de decir que el orden del mercado, por una buena razón, no quiere ser entendido como una filosofía ética. No es una filosofía acerca de cómo vivir éticamente. Es, en su lugar, una respuesta a la pregunta acerca de cuál es el rol de la ética en la organización social. La respuesta, es simplemente que debe organizarse para proteger la posibilidad de las personas de actuar éticamente, intentos de hacer algo más comprometerían esta meta básica. Esto puede alejarse un poco de la filosofía del vivir que acostumbramos oír, pero es acorde a la verdad que el buen vivir sólo puede ser alcanzado por individuos que son responsables por sus acciones.

Podemos decir a modo de conclusión, acerca de un orden de mercado liberal, que él, y sólo él, exhibe un profundo reconocimiento acerca de la centralidad de la moral autodirigida en el campo de la ética y reconoce, así, la importancia de protegerla. Este reconocimiento tendería a manifestarse en forma de sospecha sobre cualquier esfuerzo que procure reemplazar a la autodirección con alguna otra forma predeterminada de trayectoria moral, sin importar lo atractivo que este programa pueda resultar. Estas normas que protegen la autodirección sólo pueden ser alteradas en nombre de la autodirección, caso contrario, debe dejarse que la autodirección sea ejercida. La sabiduría oculta del liberalismo clásico, y evidentemente la razón de su increíble efectividad práctica y su poder, radica en que cuanto menos la ética sea objeto de la intromisión gubernamental existe más posibilidad de su desarrollo en la sociedad. Mientras que hay sólida evidencia para sostener que las normas liberales hacen que las personas estén mejor económicamente, es quizás menos notorio que el orden liberal permite alcanzar algo más profundo en el plano ético. Les permiten a las personas ser humanos – esto es, le permiten a los individuos aplicar esas dotes particulares llamados razón, juicio crítico y simpatía hacia fines y propósitos que ellos mismo han elegido. El orden del mercado, no es, entonces, una institución deshumanizante, muy por el contrario, es la más humana y ética de todas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de diciembre de 2009.

*Douglas Den Uyl es vicepresidente de los programas educativos de la Liberty Fund. Douglas Rasmussen es profesor de filosofía en la St. John’s University. Juntos, escribieron “Norms of Liberty: A Perfectionist Basis for Non-Perfectionist Politics” Politics (Pennsylvania State University Press).

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