Deber implica Poder. Las declaraciones éticas sin estudios económicos conducen a políticas públicas desastrosas.

Por Steven Horwitz*

Una de las objeciones más comunes al libre mercado es que este ignora las consideraciones éticas. En particular, los críticos argumentan que hay muchas cosas que “debemos” hacer, que ellos creen que mejorará la vida de las personas. Debemos “redistribuir” el ingreso hacia los pobres, ellos dicen. Debemos hacer de la atención médica un derecho. Debemos arreglar la economía mediante salvatajes a la industria financiera.

El problema con estos “debemos” es que finalmente confrontan el principio deber implica poder. ¿Puede el fin deseado (mejorar el bienestar del pobre, por ejemplo) ser alcanzado por los medios elegidos (redistribución del ingreso)? Si no es así, ¿Qué significa realmente el “deber”? “Debemos” sin tener en cuenta si “podemos” – declaraciones éticas sin estudios económicos – es probable que lleve a políticas públicas desastrosas.

Al explorar la relación entre la economía y la ética, podemos empezar con dos definiciones que parecen relevantes aquí. El economista David Prychitko definió una vez a la economía como “el arte de poner parámetros a nuestras utopías”. Y en una definición particularmente aguda, el premio Nobel F.A. von Hayek escribió que “la curiosa tarea de la economía es demostrarle a los hombres cuan poco realmente saben sobre lo que imaginan que pueden diseñar”. Lo que ambas definiciones sugieren es que la economía trata con el reino de lo “posible” y al hacer esto, demarcan los límites de lo que debería ser imaginable. Antes de que digamos que “debemos” hacer algo, quizás debamos estar seguros de que podemos hacerlo, en el sentido de que la acción es posible que alcance los fines pretendidos. Puesto de una manera diferente: deber implica poder.

Los especialistas en ética pueden imaginar todo tipo de ideas para remediar los males sociales, pero ninguno de los aspirantes benefactores puede darse el gusto de ignorar el análisis económico. Ser capaces de soñar algo no garantiza que sea posible. Muy a menudo las declaraciones éticas tienen un aire de arrogancia, en este sentido el locutor simplemente asume que podemos hacer lo que él dice que debemos hacer. Por el contrario, la economía demanda algo de humildad. Nosotros siempre tenemos que preguntarnos si es humanamente posible hacer lo que los especialistas en ética dicen que debemos hacer. Decir que debemos hacer algo que no podemos hacer, en el sentido de que no se alcanzará nuestro fin, es engancharse en un ejercicio inútil. Si no podemos hacerlo, decir que debemos es ordenar lo imposible.

Así que por el contrario de las quejas oídas comúnmente, no es que los economistas ignoren los temas éticos. Preferimos intentar describir los resultados posibles de poner reglas éticas particulares a la práctica. Por ejemplo, alguien puede argumentar que un salario digno es un imperativo ético, pero eso no cambia el análisis económico de las leyes de salario mínimo. Esas leyes incrementan el desempleo y/o llevan a reducciones de compensaciones en formas no monetarias entre los trabajadores menos habilidosos, pero especialmente en los jóvenes, hombres y no blancos. No importa cuanto pensemos que debemos aprobar tales legislaciones como una forma de ayudar a los pobres, la realidad sigue siendo que la economía nos muestra que no podemos ayudarlos de esa manera. Aquellos que argumentan que debemos tener tal ley pueden aprobarla si quieren, pero deberían hacerlo con los ojos bien abiertos al hecho de que no alcanzará el resultado que desean, no importa cuanto hayan pensado que debemos tenerla.

Tal vez sería mas preciso decir que los expertos en ética ignoran economía, más que los economistas ignoran la ética. Hasta el punto de que lo que la buena economía muestra lo que podemos hacer y lo que no con las políticas sociales, está relacionado con la ética. Después de todo, si el punto de decir que debemos hacer X es que pensamos que se alcanzaran algunos fines moralmente deseables, luego sabiendo que si se hace o no X se alcanzaran esos objetivos es, o al menos debería ser, una parte fundamental de la cuestión moral. Una de las tareas que los economistas deberían establecerse para ellos mismos es participar en este tipo de diálogos con filósofos moralistas y otros quienes discuten desde los “debemos”. El reciente libro del economista Leland Yeager “Ethics as Social Science” es un buen ejemplo de cómo la economía puede informar acerca de cuestiones éticas de este modo.

Estudiando el “deber”, ignorando el “poder”

La pregunta más interesante es el grado al cual los filósofos moralistas involucran a la economía mientras desarrollan sus teorías. Quizás sea verdad que los cursos introductorios de economía no consideran preguntas morales tan a menudo como deberían, pero parecería ser tan cierto como eso que los cursos de ética y estudios religiosos no son afines a confrontar argumentos económicos o datos económicos que se relacionan con sus disciplinas. Explorar el “deber” sin añadirle el “poder” no hará que uno llegue lejos a la hora de diseñar políticas publicas que alcancen los resultados pretendidos. Una excepción a este descuido de la economía es el filósofo Daniel Shapiro con su libro “Is the Welfare State Justified?”. En ese libro, utiliza una buena cantidad de datos empíricos y teoría económica para responder a la pregunta sobre si el Estado de Bienestar puede hacer lo que sus promotores claman. Desde el lado filosófico, este es el tipo de trabajos que necesitan ser realizados.

Poder no significa deber

Una vez que discernimos lo que hay detrás del “deber implica poder” podemos ver que su recíproca también es cierta. Así como no podemos hacer todo lo que la gente dice que debemos, no debemos hacer todo lo que podemos. Vemos esto en los frecuentes llamados a actores políticos a “hacer algo” frente a una crisis. Hay muchas cosas que los políticos pueden hacer en una crisis, y hacerlas es relativamente fácil por lo general, especialmente si los políticos pueden generar un clima de miedo para ayudar a hacer parecer el “deber” más urgente. Pero el hecho de que ellos pueden hacer algo no siempre significa que ellos deben hacerlo. Aun si fuera cierto que “sí, podemos”, entender las consecuencias no vistas o no intencionadas de lo que los políticos pueden hacer nos debería ayudar a decidir si deben hacerlo o no.

Ambas maneras de mirar el “deber implica poder” pone a los economistas en la posición de tirar agua fría a los planes y diseños de los ingenieros sociales de izquierda y derecha. Esto es lo que Prychitko y Hayek querían decir. Los economistas son vistos de esta manera como los meros derribadores de las ideas de otros sin venir con soluciones propias. Hay algo de verdad en este reclamo. Así es como los economistas pasan bastante de su tiempo. Pero es una función importante: mostrar porqué una solución propuesta sólo traería problemas peores es una contribución valiosa al proceso de solución del problema.

Sin embargo, es más relevante que los economistas nos enseñan que las soluciones son encontradas mucho más a menudo en las acciones de los individuos y organizaciones que responden empresarialmente a las situaciones que enfrentan. La noción de una solución de arriba hacia abajo a cualquier problema social va a atraer el ojo crítico del economista. En términos de “deber implica poder”, los economistas a menudo son reacios a decir lo que todos deberían hacer porque ninguna persona o grupo de gente sabe lo que la gente puede hacer. Si deber implica poder, y “poder” es gente en particular en contextos particulares desarrollando soluciones a sus problemas, entonces es difícil decir lo que todos debemos hacer, especialmente en una crisis. Esta es la manera en las que las definiciones de Prychitko y Hayek funcionan en el mundo real.

Todos los temas nombrados arriba han estado a la vista en la crisis económica actual. El salvataje al sector financiero es un ejemplo clásico de dejar que el “deber” aniquile al “poder” y asumir que debemos hacer todo lo que aparentemente pueda ser hecho. La promesa original del salvataje era que el gobierno iba a comprar los activos tóxicos de las instituciones financieras en problemas y luego revenderlos, haciendo el costo real substancialmente menor a los $700 miles de millones originales. Muchos críticos, incluyendo varios economistas, sugirieron que este plan no solo era contraproducente (porque sólo aumentaría la probabilidad de que otras firmas tomaran riesgos imprudentes en el futuro) sino que también la disponibilidad de esos fondos conducirían a reclamos de que el gobierno los use en otras formas igualmente improductivas. Eso es más o menos lo que ha pasado a medida de que el salvataje se expandía a ser dueño parcial de bancos y luego a la industria automotriz. El plan cambió de nuevo cuando el gobierno anuncio que no adquiriría los activos en problemas, sino que inyectaría dinero directamente en los bancos y en otro tipo de negocios. Pero luego todos los “debemos” chocaron nuevamente contra los límites de lo que puede ser hecho vía intervención gubernamental. Mientras tanto, la maquinaria del gobierno hizo muchas cosas que puede hacer (prestar y crear dinero, por ejemplo) sin que los planificadores piensen mucho sobre si “deben” hacer alguna de esas cosas.

Los científicos sociales que pasan por alto temas éticos abandonan uno de sus roles principales en mejorar la condición humana, y los especialistas en ética que ignoran la ciencia social al formular sus prescripciones morales son negligentes por no preguntar si esas soluciones alcanzarán sus fines. Sólo cuando ambas se den cuenta de que deber implica poder, tendremos políticas públicas basadas en un correcto entendimiento de las interacciones humanas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de diciembre de 2009.

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