Williamson y los austriacos

Por Peter Klein*

El Premio Nobel de Oliver Williamson, compartido con Elinor Ostrom es una gran noticia para los austriacos. El análisis innovador de Williamson de cómo emergen, actúan y se adaptan formas organizativas alternativas (mercados jerarquías e híbridos, como él los llama) ha definido el campo moderno de la economía organizativa.

Williamson no es austriaco, aunque simpatiza con algunos temes austriacos (particularmente la comprensión hayekiana del conocimiento tácito y la competencia de mercado). Su concepto de especificidad del activo mejora y extiende la teoría austriaca del capital y su teoría de los límites empresariales ha desplazado casi por sí sola el modelo de laboratorio de la competencia perfecta en partes importantes de las economías de la organización industrial y amtitrust.

Es además un economista pragmático, cuidadoso y práctico, preocupado principalmente por los fenómenos económicos del mundo real, prefiriendo la claridad y relevancia a la elegancia matemática formal. Por estas y otras razones, su trabajo merece un estudio cuidadoso de los austriacos.

Abriendo la caja negra

En los libros de texto de economía, la empresa es una función de producción o una serie de posibilidades de producción, una “caja negra” que transforma entradas en salidas. A partir del estado de la tecnología, los precios de las entradas y un plan de demanda, la empresa maximiza el beneficio monetario sujeto a las limitaciones de que sus planes de producción deben ser tecnológicamente viables. La empresa se modela como un solo actor, afrontando una serie de decisiones no complicadas: cuánto hay que producir, cuánto hay que contratar de cada factor y cosas así. Estas “decisiones”, por supuesto, no son decisiones en absoluto: son cálculos matemáticos triviales, implícitos en los datos subyacentes. En resumen, la empresa es una serie de curvas de costes y la “teoría de la empresa” es un problema de cálculo.

Willaimson ataca este concepto de la empresa, al que denomina visión de la “empresa como función de producción”. A partir de la aproximación de costes transaccionales o “contractual” de Coase (1937), Williamson argumenta que la empresa puede considerarse más bien una “estructura de gobierno”, un medio de organizar una serie de relaciones contractuales entre agentes individuales. Por tanto, la empresa consiste en un empresario-propietario, los activos tangibles que posee y una serie de relaciones laborales, una visión realista y perfectamente austriaca.

Williamson destaca la especificidad del activo (el grado en que los recursos se especializan en transacciones concretas) como el determinante clave de los límites de la empresa, definido como la serie de transacciones que son internas de la firma (dicho de otra manera: la serie de activos que posee el empresario). Más en general, sostiene que los empresarios tienden a elegir la forma de organización (una red dispersa de pequeñas empresas operando en el mercado abierto, una red de franquicias, una alianza, una joint-venture o una empresa grande y verticalmente integrada) que mejor se adapte a sus circunstancias.

Algunos austriacos han argumentado, siguiendo a Alchian y Demsetz (1972) que Coase y Williamson afirman erróneamente que las empresas no son parte del mercado, que los empresarios sustituyen la coerción por el consentimiento voluntario y que las jerarquías corporativas son de alguna manera inconsistentes con el libre mercado (p. ej.: Minkler, 1993; Langlois, 1995; Cowen y Parker, 1997; Matthews, 1998). Pienso que que es en error en la lectura de Coase y Williamson. Es verdad que Coase hable de empresas “suplantando” al mercado y empresarios “suprimiendo” el mecanismo de precios, mientras que Williamson dice que las empresas emergen para superar el “fracaso del mercado”. Pero ninguno de ambos quiere decir que la empresa está fuera del mercado en un sentido general, que el sistema de mercado globalmente es ineficiente en relación con la planificación gubernamental o algo parecido.

Más aún, Williamson no utiliza el término “fracaso del mercado” en el sentido habitual intervencionista de la izquierda, sino simplemente que los mercados del mundo real no son “perfectos”, como en el modelo de equilibrio general perfectamente competitivo, lo que explica por qué existe la empresa. De hecho, la obra de Williamson sobre la integración vertical puede considerarse una celebración del mercado. No sólo las empresas son parte del mercado, concebido este en su sentido amplio, sino que la variedad de formas organizativas que observamos en los mercados (incluyendo las grandes empresas verticalmente integradas) es un testimonio de la creatividad de los empresarios para idear la mejor manera de organizar la producción.

¿Y qué pasa con al afirmación de que mercado, jerarquías e híbridos son formas alternativas de gobierno? ¿Quiere decir que las empresas y las organizaciones híbridas no son parte del mercado? No. Coase y Williamson están hablando de un asunto completamente diferente, de la distinción entre tipos de contratos o relaciones de negocio dentro del contexto más amplio del mercado. Se trata sencillamente de si la relación laboral es diferente de, por ejemplo, el comercio en el mercado spot o un acuerdo con un proveedor independiente. Es conocido que Alchian y Demsetz (1972) argumentaron que no había diferencia esencial entre ambos (ambos eran relaciones contractuales voluntarias, no hay coacción, no hay poder, etc. Coase, Williamson, Herbert Simon, Grossman y Hart (1986), yo mismo y la mayoría de la doctrina moderna sobre la empresa argumenta que hay diferencias cualitativas importantes.

Coase y Simon ponen énfasis en la fiducia, con lo que quieren referirse simplemente a que los contratos laborales son para fines abiertos, dentro de unos límites. El empleador no negocia con el empleado acerca de realizar las tareas A, B o C en un día concreto: simplemente les enseña cómo hacerlas. Por supuesto, el contrato laboral se negocia en el mercado laboral, igual que cualquier otro contrato. Pero, una vez firmado, es cualitativamente diferente de un contrato que diga “el contratado independiente X realizará la tarea A el día 1”. Un relación laboral se caracteriza por la zona de autoridad (lo que Simon llama el “área de aceptación”). Williamson destaca la distinción legal, esto es que las disputas entre empleadores y empleados se resuelven de froma diferente que las disputas entre empresas, entre empresa y cliente, entre empresa y suministrador o distribuidor independiente, etc.

Grossman y Hart y mi propio trabajo con Nicolai Foss, destacamos la distinción entre propietarios y no propietarios de activos. Si contratamos a alguien para manejar nuestra maquinaria, mantenemos un control y un derecho a los resultados residual en el uso de la maquinaria que éste no tiene y por tanto su capacidad de usar la maquinaria a su antojo está limitada. Si éste posee su propia maquinaria, y le contratamos para producir servicios con ella, entonces él (en este caso un contratista independiente) mantiene esos derechos a los productos y al control residuales y esto afecta a muchos aspectos de nuestra relación.

Aunque Coase, Simon, Hart, etc. no recurren explícitamente a los austriacos, esta distinción también puede interpretarse en los términos de la distinción de Menger entre órdenes y organizaciones o la de Hayek entre cosmos y taxis. Coase y Willaimson simplemente están diciendo que la empresa es un taxi y el mercado, un cosmos. Esto no niega que haya aspectos “no planificados” o “espontáneos” en la organización interna de la empresa ni que haya propósito, razón, uso de cálculo monetario, etc, en el mercado.

La especificidad del activo y la Teoría Austriaca del Capital

Como hemos indicado antes, la aproximación a la empresa como caja negra que dominaba la economía neoclásica omite los detalles organizativos críticos de la producción. Una omisión igualmente seria es que la producción suele tratarse como un proceso de una sola etapa, en la que los factores se convierten instantáneamente en productos finales, en lugar de cómo un proceso complejo y por pasos que se desarrolla en el tiempo y emplean bienes intermedios. El capital se trata como un factor de producción homogéneo, la K que parece en la función de producción junto con la L de Trabajo. Siguiendo los modelos de crecimiento económico de Solow (1957) típicamente se modela el capital como lo que Samuelson llamaba un shmoo: un factor infinitamente elástico, completamente moldeable que puede desplazarse sin coste de un proceso de producción a otro.

En un mundo así, la organización económica tiene relativa importancia. Todos los activos de capital tienen los mismos atributos y por tanto los costes de inspeccionar, medir y controlar los atributos de los activos productivos es trivial. Los mercados de intercambio de activos de capital virtualmente carecerían de costes de transacción. Puede haber unos pocos problemas básicos contractuales (en particular los conflictos entre dirigente y agente sobre la oferta de servicios de trabajo), aunque todos los trabajadores usarían los mismos activos de capital y esto contribuiría en gran medida a reducir los costes de medir su productividad.

Williamson, por el contrario, destaca que estos recursos son heterogéneos, a menudo especializados y frecuentemente costosos de reubicar. Lo que llama especificidad del activo se refiere a “inversiones duraderas que se realizan para transacciones particulares, cuyo coste de oportunidad es mucho menor en los mejores usos alternativos o por usuarios alternativos si la transacción original finaliza prematuramente” (Williamson 1985, p. 55). Esto podría describir varias inversiones de relaciones específicas, incluyendo tanto capital físico como humano especializado, junto con intangibles, como I+D y conocimientos o capacidades específicos de la empresa. Al igual que Klein, Crawford y Alchian (1978), Williamson destaca el problema del “atasco” que pueden generar estas inversiones y el papel de las salvaguardas contractuales para asegurar los retornos (lo que Klein, Crawford y Alchian llaman cuasi-rentas) de esos activos.

La teoría austriaca del capital se fija en otro tipo de especificidad: en hasta qué punto los recursos están especializados en lugares particulares en la estructura temporal de la producción. En conocido que Menger clasificó los bienes en términos de órdenes: los bienes de orden inferior son los que se consumen directamente. Herramientas y máquinas empleadas para producir esos bienes de consumo son de un orden superior, y los bienes de capital empleados para producir las herramientas y máquinas son de un orden superior al anterior. A partir de su teoría de que el valor de todos los bienes viene determinado por su capacidad de satisfacer los deseos del consumidor (es decir, su utilidad marginal), Menger demostró que el valor de los bienes de orden superior viene dado o “imputado” por el valor de los bienes de orden inferior que producen.

Además, como ciertos bienes de capital vienen producidos por otros bienes de capital de orden superior, se deduce que los bienes de capital no son idénticos (al menos en el momento en que se emplean en el proceso de producción). Lo que estamos diciendo no es que no pueda haber sustitución de los bienes de capital, sino que el grado de sustitución es limitado. Como expuso Lachmann (1956), los bienes de capital se caracterizan por su especificidad múltiple. Es posible cierta sustitución, pero sólo con un coste.

Mises y Hayek usaron este concepto de especificidad para desarrollar su teoría del ciclo económico. La especificidad del activo de Williamson no se centra en la especificidad en un proceso productivo particular, sino en una serie particular de socios comerciales. Su objetivo es explicar la relación de negocio entre estos socios (transacción entre independientes, contrato formal, integración vertical, etc.). En otras palabras, los austriacos se fijan en activos que son específicos para usos particulares, mientras que Williamson en activos que son específicos para usuarios particulares. Pero hay paralelismos evidentes y oportunidades de ganancia en el comercio.

La teoría austriaca del ciclo económico puede mejorarse considerando cómo la integración vertical y las relaciones de suministro a largo plazo pueden mitigar o exacerbar los efectos de la expansión del crédito en la estructura de producción de la economía. Igualmente, los costes económicos de transacción pueden beneficiarse de considerarse no sólo en la estructura temporal de la producción, sino igualmente con el refinamiento de Kirzner (1966) que define los activos de capital en términos de planes de producción individuales y subjetivos, planes que se formulan y revisan continuamente por los empresarios en busca de rentabilidad (y el concepto de Edith Penrose del grupo de oportunidades subjetivas de la empresa).

Integración vertical, estrategia y economía

La idea central de las enseñanzas de Williamson sobre integración vertical no es que los mercados “fracasan” de alguna manera, sino que tienen éxito en modos ricos, complejos y a menudo impredecibles. Una conclusión básica de la economía de coste-transacción en que las integraciones verticales, incluso cuando no haya sinergias tecnológicas evidentes, pueden mejorar la eficiencia reduciendo costes de gobierno. De ahí que Williamson (1985, p.19) tenga una opinión distinta en lo que llama la “tradición de inhospitalidad” en el antitrust, el que las firmas que realizan prácticas de negocio fuera de lo común como una integración vertical, restricciones en clientes y territoriales, asociaciones, franquicias y otras deben estar buscando ganancia monopolísticas. De hecho, las autoridades antitrust se han ido haciendo más indulgentes al evaluar dichas prácticas, evaluándolas caso por caso en lugar de imponiendo restricciones per se sobre formas particulares de conducta.

Aunque este cambio puede reflejar sensibilidad hacia los postulados de la Escuela de Chicago de que la integración vertical y las restricciones no reducen necesariamente la competencia, en lugar de a las afirmaciones de que esos acuerdos ofrecen salvaguardas contractuales (Joskow 1991, pp. 79–80), la posición de Chicago sobre las restricciones verticales se basa en buena medida (aunque no explícitamente) en el razonamiento de coste-transacción (Meese 1997). En este sentido, la obra de Williamson puede interpretarse como un ataque frontal al modelo de competencia perfecta, particularmente cuando se usa como laboratorio en defensa de políticas antitrust y regulatorias.

De igual manera, Williamson argumenta que para lo directivos, “economizar” es la mejor forma de “estrategizar”. La doctrina sobre estrategia de negocio, siguiendo a Porter (1980) ha tendido a fijarse en el “poder de marcado” como la fuente de ventaja competitiva a nivel de empresa. Partiendo directamente del viejo modelo de estructura-conducta-rendimiento de la organización industrial, Porter y sus seguidores argumentaban que las empresas deberían buscar limitar la rivalidad promoviendo barreras de entrada, formando coaliciones, limitando el poder de negociación de compradores y suministradores, etc.

Williamson pone en duda este punto de vista de posicionamiento estratégico en un influyente artículo de 1991, “Strategizing, Economizing, and Economic Organization”, donde afirma que los directivos deberían centrarse en incrementar la eficiencia económica eligiendo las estructuras de gobierno apropiadas en lugar de incrementando su poder de mercado. De nuevo, los movimientos de las empresas para integrarse, cooperar con socios superiores e inferiores, formar alianzas y similares no sólo son rentables para las empresas, sino también para los consumidores. Las desviaciones de la competencia perfecta son, en este sentido, parte del proceso de mercado de asignar los recursos los usos más valorados, todo en beneficio (como destacaba Mises) del consumidor.

Coda

A nivel personal, Williamson es amistoso y simpatiza con los austriacos y las preocupaciones de éstos. Anima a los estudiantes a leer a los austriacos (particularmente a Hayek, a quien cita a menudo). Williamson presidió mi tribunal de doctorado y una de mis primeras obras “Economic Calculation and the Limits of Organization”, se presentó originalmente en el Institutional Analysis Workshop de Williamson en Berkeley. Williamson no aceptó mi argumento acerca de la distinción entre problemas de cálculo e incentivos: mantenía (y todavía mantiene) que los costes de las agencias y no el argumento del cálculo de Mises, explican el fracaso de la planificación centralizada, pero sus reacciones me ayudaron a refinar mi argumentación y mi comprensión de las doctrinas centrales de Mises y Hayek. (También el gran sovietólogo Alec Nove, visitando Berkeley ese semestre, resultó que estaba entre la audiencia ese día y me dio una serie de referencias y contraargumentos).

Williamson, conociendo mi interés en los austriacos, me sugirió una vez que escribiera una disertación sobre el Ordoliberalismo, la influencia de Hayek en Eucken y Röpke y el papel de las ideas en el desarrollo de la política económica. Me advirtió que escribir sobre ello no me daría ventajas en el mercado de trabajo, pero me animó a seguir mis pasiones, no a seguir a la multitud. Acabé escribiendo sobre tópicos más prosaicos (1, 2, 3) pero nunca olvidé su consejo y se lo he repetido a mis propios estudiantes.

* Peter G. Klein es profesor asociado y director asociado en el Contracting and Organizations Research Institute de la Universidad de Missouri y profesor adjunto en la Escuela Noruega de Economía y Administración de Empresas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de noviembre de 2009.

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