Deber implica Poder. Las declaraciones éticas sin estudios económicos conducen a políticas públicas desastrosas.

Febrero 8, 2010 por Centro Adam Smith

Por Steven Horwitz*

Una de las objeciones más comunes al libre mercado es que este ignora las consideraciones éticas. En particular, los críticos argumentan que hay muchas cosas que “debemos” hacer, que ellos creen que mejorará la vida de las personas. Debemos “redistribuir” el ingreso hacia los pobres, ellos dicen. Debemos hacer de la atención médica un derecho. Debemos arreglar la economía mediante salvatajes a la industria financiera.

El problema con estos “debemos” es que finalmente confrontan el principio deber implica poder. ¿Puede el fin deseado (mejorar el bienestar del pobre, por ejemplo) ser alcanzado por los medios elegidos (redistribución del ingreso)? Si no es así, ¿Qué significa realmente el “deber”? “Debemos” sin tener en cuenta si “podemos” – declaraciones éticas sin estudios económicos – es probable que lleve a políticas públicas desastrosas.

Al explorar la relación entre la economía y la ética, podemos empezar con dos definiciones que parecen relevantes aquí. El economista David Prychitko definió una vez a la economía como “el arte de poner parámetros a nuestras utopías”. Y en una definición particularmente aguda, el premio Nobel F.A. von Hayek escribió que “la curiosa tarea de la economía es demostrarle a los hombres cuan poco realmente saben sobre lo que imaginan que pueden diseñar”. Lo que ambas definiciones sugieren es que la economía trata con el reino de lo “posible” y al hacer esto, demarcan los límites de lo que debería ser imaginable. Antes de que digamos que “debemos” hacer algo, quizás debamos estar seguros de que podemos hacerlo, en el sentido de que la acción es posible que alcance los fines pretendidos. Puesto de una manera diferente: deber implica poder.

Los especialistas en ética pueden imaginar todo tipo de ideas para remediar los males sociales, pero ninguno de los aspirantes benefactores puede darse el gusto de ignorar el análisis económico. Ser capaces de soñar algo no garantiza que sea posible. Muy a menudo las declaraciones éticas tienen un aire de arrogancia, en este sentido el locutor simplemente asume que podemos hacer lo que él dice que debemos hacer. Por el contrario, la economía demanda algo de humildad. Nosotros siempre tenemos que preguntarnos si es humanamente posible hacer lo que los especialistas en ética dicen que debemos hacer. Decir que debemos hacer algo que no podemos hacer, en el sentido de que no se alcanzará nuestro fin, es engancharse en un ejercicio inútil. Si no podemos hacerlo, decir que debemos es ordenar lo imposible.

Así que por el contrario de las quejas oídas comúnmente, no es que los economistas ignoren los temas éticos. Preferimos intentar describir los resultados posibles de poner reglas éticas particulares a la práctica. Por ejemplo, alguien puede argumentar que un salario digno es un imperativo ético, pero eso no cambia el análisis económico de las leyes de salario mínimo. Esas leyes incrementan el desempleo y/o llevan a reducciones de compensaciones en formas no monetarias entre los trabajadores menos habilidosos, pero especialmente en los jóvenes, hombres y no blancos. No importa cuanto pensemos que debemos aprobar tales legislaciones como una forma de ayudar a los pobres, la realidad sigue siendo que la economía nos muestra que no podemos ayudarlos de esa manera. Aquellos que argumentan que debemos tener tal ley pueden aprobarla si quieren, pero deberían hacerlo con los ojos bien abiertos al hecho de que no alcanzará el resultado que desean, no importa cuanto hayan pensado que debemos tenerla.

Tal vez sería mas preciso decir que los expertos en ética ignoran economía, más que los economistas ignoran la ética. Hasta el punto de que lo que la buena economía muestra lo que podemos hacer y lo que no con las políticas sociales, está relacionado con la ética. Después de todo, si el punto de decir que debemos hacer X es que pensamos que se alcanzaran algunos fines moralmente deseables, luego sabiendo que si se hace o no X se alcanzaran esos objetivos es, o al menos debería ser, una parte fundamental de la cuestión moral. Una de las tareas que los economistas deberían establecerse para ellos mismos es participar en este tipo de diálogos con filósofos moralistas y otros quienes discuten desde los “debemos”. El reciente libro del economista Leland Yeager “Ethics as Social Science” es un buen ejemplo de cómo la economía puede informar acerca de cuestiones éticas de este modo.

Estudiando el “deber”, ignorando el “poder”

La pregunta más interesante es el grado al cual los filósofos moralistas involucran a la economía mientras desarrollan sus teorías. Quizás sea verdad que los cursos introductorios de economía no consideran preguntas morales tan a menudo como deberían, pero parecería ser tan cierto como eso que los cursos de ética y estudios religiosos no son afines a confrontar argumentos económicos o datos económicos que se relacionan con sus disciplinas. Explorar el “deber” sin añadirle el “poder” no hará que uno llegue lejos a la hora de diseñar políticas publicas que alcancen los resultados pretendidos. Una excepción a este descuido de la economía es el filósofo Daniel Shapiro con su libro “Is the Welfare State Justified?”. En ese libro, utiliza una buena cantidad de datos empíricos y teoría económica para responder a la pregunta sobre si el Estado de Bienestar puede hacer lo que sus promotores claman. Desde el lado filosófico, este es el tipo de trabajos que necesitan ser realizados.

Poder no significa deber

Una vez que discernimos lo que hay detrás del “deber implica poder” podemos ver que su recíproca también es cierta. Así como no podemos hacer todo lo que la gente dice que debemos, no debemos hacer todo lo que podemos. Vemos esto en los frecuentes llamados a actores políticos a “hacer algo” frente a una crisis. Hay muchas cosas que los políticos pueden hacer en una crisis, y hacerlas es relativamente fácil por lo general, especialmente si los políticos pueden generar un clima de miedo para ayudar a hacer parecer el “deber” más urgente. Pero el hecho de que ellos pueden hacer algo no siempre significa que ellos deben hacerlo. Aun si fuera cierto que “sí, podemos”, entender las consecuencias no vistas o no intencionadas de lo que los políticos pueden hacer nos debería ayudar a decidir si deben hacerlo o no.

Ambas maneras de mirar el “deber implica poder” pone a los economistas en la posición de tirar agua fría a los planes y diseños de los ingenieros sociales de izquierda y derecha. Esto es lo que Prychitko y Hayek querían decir. Los economistas son vistos de esta manera como los meros derribadores de las ideas de otros sin venir con soluciones propias. Hay algo de verdad en este reclamo. Así es como los economistas pasan bastante de su tiempo. Pero es una función importante: mostrar porqué una solución propuesta sólo traería problemas peores es una contribución valiosa al proceso de solución del problema.

Sin embargo, es más relevante que los economistas nos enseñan que las soluciones son encontradas mucho más a menudo en las acciones de los individuos y organizaciones que responden empresarialmente a las situaciones que enfrentan. La noción de una solución de arriba hacia abajo a cualquier problema social va a atraer el ojo crítico del economista. En términos de “deber implica poder”, los economistas a menudo son reacios a decir lo que todos deberían hacer porque ninguna persona o grupo de gente sabe lo que la gente puede hacer. Si deber implica poder, y “poder” es gente en particular en contextos particulares desarrollando soluciones a sus problemas, entonces es difícil decir lo que todos debemos hacer, especialmente en una crisis. Esta es la manera en las que las definiciones de Prychitko y Hayek funcionan en el mundo real.

Todos los temas nombrados arriba han estado a la vista en la crisis económica actual. El salvataje al sector financiero es un ejemplo clásico de dejar que el “deber” aniquile al “poder” y asumir que debemos hacer todo lo que aparentemente pueda ser hecho. La promesa original del salvataje era que el gobierno iba a comprar los activos tóxicos de las instituciones financieras en problemas y luego revenderlos, haciendo el costo real substancialmente menor a los $700 miles de millones originales. Muchos críticos, incluyendo varios economistas, sugirieron que este plan no solo era contraproducente (porque sólo aumentaría la probabilidad de que otras firmas tomaran riesgos imprudentes en el futuro) sino que también la disponibilidad de esos fondos conducirían a reclamos de que el gobierno los use en otras formas igualmente improductivas. Eso es más o menos lo que ha pasado a medida de que el salvataje se expandía a ser dueño parcial de bancos y luego a la industria automotriz. El plan cambió de nuevo cuando el gobierno anuncio que no adquiriría los activos en problemas, sino que inyectaría dinero directamente en los bancos y en otro tipo de negocios. Pero luego todos los “debemos” chocaron nuevamente contra los límites de lo que puede ser hecho vía intervención gubernamental. Mientras tanto, la maquinaria del gobierno hizo muchas cosas que puede hacer (prestar y crear dinero, por ejemplo) sin que los planificadores piensen mucho sobre si “deben” hacer alguna de esas cosas.

Los científicos sociales que pasan por alto temas éticos abandonan uno de sus roles principales en mejorar la condición humana, y los especialistas en ética que ignoran la ciencia social al formular sus prescripciones morales son negligentes por no preguntar si esas soluciones alcanzarán sus fines. Sólo cuando ambas se den cuenta de que deber implica poder, tendremos políticas públicas basadas en un correcto entendimiento de las interacciones humanas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de diciembre de 2009.

Manos visibles e invisibles. El orden del libre mercado reconoce la importancia de una moral autodirigida.

Febrero 2, 2010 por Centro Adam Smith

Por Douglas Den Uyl y Douglas Rasmussen*

Se ha dicho, usualmente, que los mercados son dirigidos como “si una mano invisible” trajese orden y cooperación entre las personas. Los mercados usan incentivos y el interés mutuo para alcanzar este resultado harmonioso. Sin embargo, hay otro método “más antiguo” de organizar a las personas en torno a lo que es “bueno” o “correcto”, esto es la Ética. La ética, en contraposición a los mercados, organiza a las personas en torno a directivas y órdenes autoritarias.

Esto genera una pregunta: ¿cómo puede sostenerse que la autorregulación y el orden espontáneo de los mercados, de forma alguna, dependan de o usen a la ética? ¿Acaso tiene sentido fomentar la ética en un sistema que se autorregula? ¿Acaso no están estos principios contrapuestos, en lugar de ser complementarios, en lo tocante a la organización de una sociedad?

En pocas palabras, ¿cuál es exactamente la conexión entre la mano visible de la ética y la mano invisible del mercado?

Las órdenes del libremercado hacen poca referencia a las normas morales como base para solucionar el problema de coordinar a la gente en una sociedad. La mayoría del tiempo, ni siquiera conocemos a la persona con la que interactuamos como para formular un juicio de valor ético acerca de ellos. Esta “impersonalidad”, es ciertamente una cuestión positiva. Podemos interactuar con, y beneficiarnos de, más personas que si estuviésemos pendientes acerca de si su visión del bien y del mal es coincidente con la nuestra, o si adhieren a los mismos principios morales inclusive. En el mercado, intercambiamos por mutuo beneficio y luego cada cual se ocupa de sus asuntos.

De esta manera, algunos han dicho que el orden del mercado es amoral y posiblemente inmoral. Otros siguen sosteniendo la idea de que los mercados producen caos y reclaman algo como una directiva ética que les sirva de base para la cooperación social. Aparentemente, esto aseguraría que la ética entre en escena, sin embargo, se apoyaría en la noción errónea de que los mercados producen caos. Entonces, mantengamos un momento la idea de que los mercados coordinan perfectamente a las personas sobre la base del interés mutuo y el consentimiento. Asumiendo esto, para qué necesitamos de la ética? Y más aún, inclusive si le encontrásemos una utilidad, acaso no sería esta menos importante en relación al orden del mercado?

Primero, sabemos que en ningún orden social podemos permitir que las personas hagan cualquier cosa que quisieran. No deberíamos poder fundar Asesinato S.A. Entonces, parecería ser que necesitamos algunas reglas incluso dentro del orden del mercado. Esto sugiere inmediatamente que la ética tendría un rol que ocupar en determinar esas reglas. Pero entonces, ¿por qué no permitirle a la ética que determine todo? ¿Por qué, en otras palabras, consultamos a la ética acerca de ciertos asuntos y no otros? Podríamos decir que dejamos de hacer uso de la ética cuando el enfoque del mercado de usar el interés en lugar de órdenes comienza a funcionar mejor que la mano visible de la ética. Con esta respuesta, lamentablemente, nos quedamos paralizados en cuanto a la manera de proceder.

Por un lado, por ejemplo, podrían estar aquellos a quienes les importa menos que las cosas funcionen y quieren asegurarse que la gente haga lo correcto. Por otro lado, están aquellos interesados en aquello que funciona, pero tienen desacuerdos acerca de qué funciona mejor que qué. Finalmente, quitando aquellos que consideran que los mercados no funcionan en lo absoluto, están aquellos que pueden decir que los mercados funcionan bien en esferas limitadas, pero que la ética debería ser la forma dominante de organizar las personas. Todas estas posiciones parecen entrometerse en la defensa de la libertad ofrecida por el mercado. Y si fuéramos en la otra dirección y nos entregásemos al sistema del mercado, parecería que estamos fomentando una cultura de interés por sobre las responsabilidades éticas, ya que la ética parecería estar muy poco relacionada a la dinámica diaria del mercado.

Nosotros, sin embargo, creemos que esta aparente “ignorancia” de los asuntos éticos no sólo está justificada si no que se trata de una suerte de celebración de la ética. En cierta forma, menos es más. Mucha menos preocupación acerca de adherirse a directivas impuestas en la esfera pública puede significar un mayor respeto por la ética en general. No estamos diciendo que la libertad del mercado va a hacer a las personas más éticas. Podemos llegar a creer que eso es posible – si bien generalmente es cierto – pero sin importar su veracidad, nuestro punto es diferente. Estamos diciendo que esta forma de organizar la sociedad – dándole a la gente unas reglas simples y permitiéndoles interactuar entre ellos basados en proyectos, acuerdos, planes o el interés mutuo de forma libre – es un abordaje que le otorga a la ética un lugar privilegiado en la sociedad. Por “lugar privilegiado” no queremos decir que la sociedad necesariamente se vuelva más ética o que funcionará mejor. Queremos decir que la sociedad va a darle a la ética una importancia clave en el funcionamiento de su estructura.

En esta conexión realmente hay sólo dos formas de proceder. O la sociedad es estructurada en torno a cierto principio ético (o conjunto de principios) tal que el propósito de la sociedad sea vivir en torno a ellos, o la sociedad toma algunos principios éticos para que sean centrales mientras deja la elección de otros a las personas. Obviamente, la sociedad de mercado, o el orden liberal, es un ejemplo de esto último. Por supuesto, esto nos trae la pregunta: ¿cuáles principios deberían ser centrales y por qué?

Tal vez, podremos enfocar de forma diferente esta pregunta. En lugar de asumir que estamos de acuerdo en lo que la ética y la política significan, hagamos algunas preguntas básicas. Por ejemplo, qué es la ética? Tomamos a la ética como la investigación tendiente a descubrir cómo cada cual debería vivir. Eso se refiere particularmente a las acciones que uno debería realizar para vivir bien. Puesto en estos términos, una cosa que inmediatamente sobresale es que la respuesta a esta pregunta puede variar de persona en persona. Si esto es cierto, entonces el orden de mercado ciertamente reconoce, y fomenta, el pluralismo en las formas de vivir. Sin embargo, este no es nuestro punto principal, pero es algo importante para recordar cuando se piensa acerca de la ética y el mercado. Si puede haber más de una forma de vivir bien, entonces el mercado será el sistema más eficiente de organizar a las personas al reconocer esa verdad.

Por cierto, uno puede vivir de mala manera bajo libertad y pluralismo. El orden del mercado puede permitir que alguien use erróneamente o abuse de su responsabilidad de vivir bien. Parecería, entonces, que el orden del mercado (en abstracto) ni es defensor ni detractor de una buena vida. Puede ir de un lado al otro dependiendo de cada caso en particular. Pero eso puede no llegar a resolver la cuestión. Porque al preguntarnos qué es la ética, podríamos preguntarnos también cuál es el conflicto social que estamos tratando de resolver que nos trae a cuestionarnos acerca de la ética en primer lugar. Ya conocemos parte de la respuesta, necesitamos ciertas reglas para vivir cuando estamos en compañía de otros.

Pero a la luz de lo que venimos diciendo, esas reglas tienen que hacer dos cosas a la vez. Primero deben poder aplicarse de manera equitativa a todas las personas en la sociedad. No podemos estar aplicándolas a ciertas personas sí y no a otras, dado que estos son principios básicos a la hora de entender a la sociedad como un todo. De la misma manera, deben poder aplicarse a todos reconociendo, a su vez, que pueden existir diferentes formas de vivir bien. Esto quiere decir que deben reconocer el pluralismo del que hemos hablado mientras se trata a todos de igual forma. No podemos caer en la trampa de procurar que todos vivan de determinada manera. Eso, violaría la variedad que ya hemos sostenido como necesaria dentro del pluralismo ético y que es generosamente permitido por el mercado. Tampoco, podemos asumir una postura que prescinda de reglas generales. Esto nos impediría comprender cómo comportarnos con otros cuando no sabemos si compartimos los mismos principios éticos. Debemos ser tanto genéricos como específicos a la vez con el principio rector que decidamos adoptar.

Parecería ser que continuamos en un impasse. ¿Qué tipo de regla o principio puede tanto referirse a todos a la vez, permitir diferentes formas de vida, y no favorecer cierto sistema sobre otro? ¿Qué principio podría servir para tal función?

Diferentes tipos de principios éticos?

Antes de responder a esta pregunta, debemos abrirnos a una posibilidad adicional. Puede ser el caso de que no todos los principios éticos sean del mismo tipo. Quizás algunos principios son de un tipo y otros de otro, y entonces sólo algunos serían relevantes para nuestro problema. Otra forma de tratar el asunto es suponiendo que quizás algunos principios son apropiados para resolver el problema de cómo vivir entre otras personas y otros acerca de cómo vivir bien. Sin embargo, esto tampoco podría estar del todo acertado, ya que todo vivir bien implica vivir entre otras personas. Quizás, entonces, necesitamos principios que se refieran a la posibilidad de vivir bien entre otros y principios que hablen de vivir bien, inclusive mientras estamos entre otras personas. Si está abierto a esto, podemos encontrar juntos la respuesta a nuestro problema.

¿Cuál es, entonces, el principio que a) puede aplicarse a todos, b) puede aplicarse en cualquier situación ética, c) no favorece ningún estilo de vida sobre otro, y d) es algo en lo que cada uno tiene un interés ético cada vez que actuamos? Puede existir tal principio?

Creemos que sí: el principio de la “auto-dirección.” Más específicamente, el principio que debe regir nuestro orden social es el deber de proteger la posibilidad de autodirigirse. Por autodirección no nos referimos a nada complicado – tan sólo a la habilidad de hacer y ejercitar elecciones como agentes actuantes. Uno no necesita ser autónomo – esto es, en plena posesión de toda la información relevante y el poder de razonar – ni tampoco debe uno estar eligiendo correctamente. Uno simplemente debe tener la habilidad de realizar elecciones dentro de cualquier sistema de limitaciones que uno confronta. Creemos que, para que una acción sea tenida por ética tiene que ser algo que uno elige o que es responsable por. Si uno no eligió actuar de esa manera o sólo pudiese ser responsable si tuviese toda la información del mundo o la omnisciencia, entonces no habría mucha ética alrededor.

La forma más obvia y común de impedir la autodirección es mediante el uso de la violencia física. Puede haber otras, pero la violencia es fácilmente reconocible por todos y más o menos fácilmente prevenible. Dado que nuestro principio debe ser genérico y público, necesitamos tener uno que sea fácilmente identificable y no demasiado sutil o complejo. La lista usual de crímenes, como el robo, la violación, el fraude, entre otros, cumplen este criterio bastante bien. Si no permitimos estas cosas en sociedad, hay una presunción fuerte de autodirección cuando vemos a las personas actuando en sociedad.

Al proteger la posibilidad de autodirección, debería resultar claro que no estamos tratando de hacer buena a la gente o siquiera procurando incremente su efectividad en ser autodirigidos. Lo que estamos tratando de hacer, al proteger la posibilidad de comportarse de forma autodirigida, es darle una chance a la ética. Ciertamente, si, como creemos, la autodirección está en la base de cada acto que debe ser tenido por ético, la sorprendente conclusión es que es el sistema de mercado, al darle a la libertad un lugar privilegiado, quien le da a la ética la mayor posibilidad de desarrollarse!

Todavía no tenemos una sociedad completamente ética orientada a proteger la posibilidad de autodirigirse. Eso dependerá de si las personas ejercen su libertad de formas éticas. Nótese, sin embargo, que si usted no ejerce su libertad de esta manera, no me quita a mí la posibilidad de ejercerla de forma diferente, ya que lo que estamos protegiendo es la posibilidad de autodirigirse – no formas particulares de autodirección. Véase, también, que si tratamos de forzar algo más que la posibilidad de autodirigirse, es muy probable que terminemos orientando las cosas a favor de un estilo de vida determinado violentando a otros. Parece ser que debemos adoptar totalmente a la libertad como nuestro principio rector o no. Pero si no lo hacemos, la sorprendente conclusión sería que estaríamos abandonando un elemento central para poder tener a cualquier conducta por ética. Debemos, en otras palabras, tener en mente un tipo de principio ético para poder proteger a otro – en este caso lo fundamental para todas las otras acciones en un contexto social. Si revirtiésemos las prioridades, podríamos estar destruyendo los fundamentos de la ética.

Volviendo posibles a las acciones éticas

Parecería ser que las sociedades de mercado son indiferentes o ambivalentes acerca de la ética, pero si es así, es porque sólo ellas reconocen que hay una diferencia entre principios éticos que habilitan la posibilidad de que haya acciones éticas en sociedad y principios éticos que nos guían acerca de lo que debemos hacer para vivir bien o para cumplir nuestras obligaciones con terceros o con nosotros mismos. Esta es otra forma de decir que el orden del mercado, por una buena razón, no quiere ser entendido como una filosofía ética. No es una filosofía acerca de cómo vivir éticamente. Es, en su lugar, una respuesta a la pregunta acerca de cuál es el rol de la ética en la organización social. La respuesta, es simplemente que debe organizarse para proteger la posibilidad de las personas de actuar éticamente, intentos de hacer algo más comprometerían esta meta básica. Esto puede alejarse un poco de la filosofía del vivir que acostumbramos oír, pero es acorde a la verdad que el buen vivir sólo puede ser alcanzado por individuos que son responsables por sus acciones.

Podemos decir a modo de conclusión, acerca de un orden de mercado liberal, que él, y sólo él, exhibe un profundo reconocimiento acerca de la centralidad de la moral autodirigida en el campo de la ética y reconoce, así, la importancia de protegerla. Este reconocimiento tendería a manifestarse en forma de sospecha sobre cualquier esfuerzo que procure reemplazar a la autodirección con alguna otra forma predeterminada de trayectoria moral, sin importar lo atractivo que este programa pueda resultar. Estas normas que protegen la autodirección sólo pueden ser alteradas en nombre de la autodirección, caso contrario, debe dejarse que la autodirección sea ejercida. La sabiduría oculta del liberalismo clásico, y evidentemente la razón de su increíble efectividad práctica y su poder, radica en que cuanto menos la ética sea objeto de la intromisión gubernamental existe más posibilidad de su desarrollo en la sociedad. Mientras que hay sólida evidencia para sostener que las normas liberales hacen que las personas estén mejor económicamente, es quizás menos notorio que el orden liberal permite alcanzar algo más profundo en el plano ético. Les permiten a las personas ser humanos – esto es, le permiten a los individuos aplicar esas dotes particulares llamados razón, juicio crítico y simpatía hacia fines y propósitos que ellos mismo han elegido. El orden del mercado, no es, entonces, una institución deshumanizante, muy por el contrario, es la más humana y ética de todas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de diciembre de 2009.

*Douglas Den Uyl es vicepresidente de los programas educativos de la Liberty Fund. Douglas Rasmussen es profesor de filosofía en la St. John’s University. Juntos, escribieron “Norms of Liberty: A Perfectionist Basis for Non-Perfectionist Politics” Politics (Pennsylvania State University Press).

Revista Digital Orden Espontáneo Diciembre

Enero 14, 2010 por Centro Adam Smith

Estimado Lector,

Es una gran alegría presentar la nueva edición de la Revista Digital “Orden Espontáneo” del Centro Adam Smith perteneciente a la Fundación Libertad.

Convencidos de que la defensa de la libertad no debe pasar solamente por el terreno económico, este número incluye reflexiones en torno a la ética, la responsabilidad individual y el libre mercado. Para esto presentamos tres traducciones inéditas de artículos originalmente publicados en la clásica revista The Freeman, editada desde 1951 por la Foundation for Economic Education. Agradecemos a Leandro Kanemann y Yamil Santoro que han colaborado en esta tarea.

El primer artículo se titula “Manos visibles e invisibles. El orden del libre mercado reconoce la importancia de una moral autodirigida” escrito por Douglas Den Uyl y Douglas Rasmussen. En el mismo, los autores se preguntan acerca de la conexión existente entre la mano visible de la ética y la mano invisible del mercado.

Luego, presentamos un breve artículo de Sheldon Richman titulado “Ser es elegir. ¿Puede suceder que tengamos demasiadas alternativas?” Aquí se cuestiona la crítica de que el capitalismo fomenta el consumismo extremo y el materialismo.

Por último, publicamos un ensayo de Steven Horwitz llamado “Deber implica poder”, en el cual el autor explora las relaciones entre la economía y la ética en materia de políticas públicas.

Desde Fundación Libertad aprovechamos la ocasión para saludarlos y esperamos que disfruten de esta nueva edición de la Revista Digital.

Matías Spelta
Editor

Asientos reservados

Enero 11, 2010 por Centro Adam Smith

Por Francisco Capella.*

Hace algún tiempo en mi pueblo organizamos una reunión en un local vacío que tuvo tanto éxito que continúa de forma indefinida desde entonces. Resulta que en el local no hay sillas, que con la tecnología existente resultan ser muy resistentes (no se estropean con el uso) pero sin variedad: son bienes duraderos todos iguales (bienes fungibles, que dicen los economistas, indistinguibles unos de otros).

Recuerdo que la primera vez que estuve llevé una silla y la utilicé un rato mientras estaba sentado conversando con un amigo. Al rato me apeteció levantarme a bailar y me surgió un problema: es difícil moverse cargando todo el rato con la silla. Dejarla abandonada a su suerte no es buena idea, ya que podría haber ladrones, así que le pedí a un amigo que me la guardara hasta mi vuelta. Algo más tarde ese mismo día apareció una amiga que vino sin silla, y yo caballerosamente le presté la mía para que se sentara, por lo cual quedó muy agradecida. Pronto mi amigo se ausentó un rato y me pidió que le guardara su silla, y como yo estaba de pie le dije que si no le importaba me sentaría en ella; antes de que él volviera llegó una segunda amiga y yo, de nuevo caballeroso, le presté la silla de mi amigo, quien al volver entendió la situación y no se enfadó por ello.

Como tengo algo de perspicacia empresarial veo que hay dos diferentes oportunidades de negocio: guardar y prestar sillas, servicios para los cuales quizás la gente no siempre tenga amigos a mano. Así que al día siguiente voy con unas cuantas sillas y me instalo en una zona con dos partes diferenciadas: un servicio de custodia de sillas y un servicio de préstamo de sillas. Cobro según la cantidad de sillas y la duración del servicio, que a veces no es predeterminada (plazo fijo pactado al comienzo del servicio) sino que se extiende hasta que me pidan la silla guardada o me devuelvan la silla prestada; también puede suceder que yo decida devolver una silla guardada o reclame una silla prestada.

El negocio es rápidamente un éxito, y como trato con mucha gente y algunos no son conocidos tengo que llevar un registro básico. En el lado de la custodia de sillas le doy a cada uno un recibo por el cual me comprometo a entregar una silla ante la entrega del mismo. Algunos recibos son personalizados con el nombre del dueño de la silla, porque así aunque les robaran el papel el ladrón no podría reclamarla; aun así si se quiere que otra persona recoja la silla es posible transferir estos recibos a otra persona demostrando de algún modo en el documento que la transacción ha sido voluntaria. Por comodidad algunos recibos se hacen al portador: no importa la identidad de quien reclame la silla. En el lado del préstamo de sillas son los prestatarios quienes me dan a mí un reconocimiento de deuda por el cual se comprometen a devolverme la silla al final del tiempo pactado (o cuando yo se la reclame si es el caso).

Alguna vez me ha pasado que no me han devuelto una silla prestada: así he descubierto que los préstamos tienen riesgo, que es necesario fijarse en la fiabilidad o crédito del prestatario y ajustar mis tarifas según el riesgo de pérdida.

Normalmente tengo buen ojo para calcular cuántas sillas debo tener en el local, y si me hacen falta más puedo salir a una tienda cercana y comprar alguna más. Cuando me sobran sillas el mismo dueño de la tienda me las recompra, siempre a un precio menor al de venta por aquello de la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido: la diferencia de todos modos no es muy grande porque al ser las sillas indestructibles el mercado de sillas nuevas y de segunda mano es el mismo.

En una ocasión sucedió que se agotaron mis sillas prestables, en la tienda no tenían más y todavía había personas que querían una. Mi perspicacia empresarial me llevó a pensar que quizás hubiera gente en el local que estuviera dispuesta a prestarme sus propias sillas, que yo a su vez podría seguir prestando a otros. Me convierto así en un intermediario en el mercado del préstamo de sillas: por un lado me las prestan a mí (yo debo esas sillas, tengo una deuda frente a otros o pasivo, que dice mi contable) y por el otro yo se las presto a otros (me deben sillas, tengo un activo, otros tienen una deuda frente a mí) a un precio ligeramente superior. Mis beneficios proceden de coordinar a distintas partes que no se han dado cuenta de la situación de los demás y no saben que podrían establecer relaciones mutuamente ventajosas con ellos: mi negocio es el punto de encuentro entre quienes les sobran y les faltan sillas.

En el negocio de la intermediación del préstamo no sólo importan las cantidades, los precios y los riesgos: también son muy importantes los plazos. Gestionarlos inadecuadamente puede poner mi negocio en peligro, ya que yo podría suponer un riesgo para mis prestamistas de sillas. Si yo recibo prestada una silla durante una hora lo más prudente es prestarla durante como mucho ese mismo plazo: así cuando me la reclamen de vuelta yo la tendré disponible.

Como algunas personas no saben cuándo van a sentirse cansados y querer sus sillas de vuelta, a veces me las prestan a la vista, o sea hasta que reclamen su devolución. Para no tener problemas con los plazos yo estas sillas también las presto a la vista y las reclamo cuando me las reclaman a mí. Algunas personas se ponen un poco nerviosas y creen que podría haber conflictos de doble disponibilidad sobre estas sillas, pero yo intento explicarles la situación quitando de en medio al intermediario para ver si así lo entienden: si tú me prestas la silla hasta que me la reclames de vuelta, el hecho de que me la prestes muestra que no la estás usando, y dispondrás de nuevo de ella a partir del momento en que me la pidas; yo la utilizo y dispongo de ella hasta que me la pidas.

Como mi negocio iba tan bien eventualmente surgió la competencia. Alguno procedió de forma deshonesta, prestando las sillas que le habían entregado en custodia: cobraba por ambos lados, cuando las recibía y cuando las prestaba. Yo lo denuncié y su negocio se fue a pique al perder la confianza de la gente.

De todos modos el negocio de la custodia es muy pequeño y tiende a desaparecer: mis clientes se dan cuenta de que si me prestan sus sillas y yo a su vez las presto con prudencia pueden recuperarlas cuando quieran, o sea que es casi como si las tuvieran guardadas (con algún pequeño riesgo) y no sólo no pagan por ello sino que incluso reciben un pequeño pago a cambio. Si algún cliente no se da cuenta yo mismo se lo propongo y son pocos los que insisten en que custodie sus sillas, para lo cual suelo usar unas cajas cuyos candados guardan ellos mismos.

Normalmente mantengo sin prestar una pequeña reserva de las sillas que me prestan para poder devolverlas en seguida sin tener que ir a buscar a mis deudores. Algunos economistas (por otra parte grandes pensadores) de la Escuela Oriental (porque por lo general están bien orientados) dicen muy indignados moralmente que esa reserva fraccionaria es ilegítima, fraudulenta, que disfruto de algún privilegio legal, que no podría hacer frente a todas las reclamaciones de sillas si se presentaran a la vez, que estoy generando múltiples y conflictivos derechos de propiedad, que los préstamos sin plazo prefijado son una aberración y no sé qué horrores más de un ciclo barato en el cual la gente cree que podrá estar sentada y resulta que se queda de pie. Me parece a mí que teorizan demasiado y no entienden el negocio.

Además me sorprende que no vean que el principal problema de este negocio puede venir de los plazos descalzados. No se trata de que no lleven zapatos, sino de que yo tome prestadas sillas a corto plazo y luego las preste a largo plazo (y por lo tanto sin derecho a exigirlas por mucho tiempo): si no tengo mucho cuidado mi negocio podría quebrar si me reclamaran simultáneamente muchas sillas y yo no encontrara quien me las prestara o vendiera. Y digo que es un problema porque la tentación para caer en esta práctica es muy fuerte, ya que el precio del préstamo de sillas por unidad de tiempo es casi siempre más barato a corto plazo que a largo plazo, y algunos listillos aunque no saben las reglas de este deporte quieren arbitrar esas diferencias. Como yo soy un empresario de una madurez ajustada no cometo este error: tengo muy en cuenta la posible desconfianza de mis clientes y la competencia real o potencial de otros empresarios.

Algunos listillos granujas están intentando organizar un oligopolio de intermediarios del préstamo de sillas: quieren restringir la competencia, montar una institución coactiva y obligatoria para la producción centralizada y planificada de sillas financiadas con impuestos que les permitan desajustar sus plazos y obtener sillas baratas en caso de necesidad, y prometer sillas pero en realidad prestar taburetes. Para que la gente siga prestándoles sillas y no se asusten van a imponer un seguro obligatorio que garantice la devolución sin importar lo arriesgado que sea cada intermediario. Como consigan todo esto me temo que aunque hasta ahora han sido indestructibles las sillas van a ver muy deteriorada su calidad y se van a parecer más a los bancos de la calle. Y lo vamos a pagar muy caro.

* Francisco Capella es Director del área de ciencia y ética del Instituto Juan de Mariana.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de noviembre de 2009.

Williamson y los austriacos

Diciembre 29, 2009 por Centro Adam Smith

Por Peter Klein*

El Premio Nobel de Oliver Williamson, compartido con Elinor Ostrom es una gran noticia para los austriacos. El análisis innovador de Williamson de cómo emergen, actúan y se adaptan formas organizativas alternativas (mercados jerarquías e híbridos, como él los llama) ha definido el campo moderno de la economía organizativa.

Williamson no es austriaco, aunque simpatiza con algunos temes austriacos (particularmente la comprensión hayekiana del conocimiento tácito y la competencia de mercado). Su concepto de especificidad del activo mejora y extiende la teoría austriaca del capital y su teoría de los límites empresariales ha desplazado casi por sí sola el modelo de laboratorio de la competencia perfecta en partes importantes de las economías de la organización industrial y amtitrust.

Es además un economista pragmático, cuidadoso y práctico, preocupado principalmente por los fenómenos económicos del mundo real, prefiriendo la claridad y relevancia a la elegancia matemática formal. Por estas y otras razones, su trabajo merece un estudio cuidadoso de los austriacos.

Abriendo la caja negra

En los libros de texto de economía, la empresa es una función de producción o una serie de posibilidades de producción, una “caja negra” que transforma entradas en salidas. A partir del estado de la tecnología, los precios de las entradas y un plan de demanda, la empresa maximiza el beneficio monetario sujeto a las limitaciones de que sus planes de producción deben ser tecnológicamente viables. La empresa se modela como un solo actor, afrontando una serie de decisiones no complicadas: cuánto hay que producir, cuánto hay que contratar de cada factor y cosas así. Estas “decisiones”, por supuesto, no son decisiones en absoluto: son cálculos matemáticos triviales, implícitos en los datos subyacentes. En resumen, la empresa es una serie de curvas de costes y la “teoría de la empresa” es un problema de cálculo.

Willaimson ataca este concepto de la empresa, al que denomina visión de la “empresa como función de producción”. A partir de la aproximación de costes transaccionales o “contractual” de Coase (1937), Williamson argumenta que la empresa puede considerarse más bien una “estructura de gobierno”, un medio de organizar una serie de relaciones contractuales entre agentes individuales. Por tanto, la empresa consiste en un empresario-propietario, los activos tangibles que posee y una serie de relaciones laborales, una visión realista y perfectamente austriaca.

Williamson destaca la especificidad del activo (el grado en que los recursos se especializan en transacciones concretas) como el determinante clave de los límites de la empresa, definido como la serie de transacciones que son internas de la firma (dicho de otra manera: la serie de activos que posee el empresario). Más en general, sostiene que los empresarios tienden a elegir la forma de organización (una red dispersa de pequeñas empresas operando en el mercado abierto, una red de franquicias, una alianza, una joint-venture o una empresa grande y verticalmente integrada) que mejor se adapte a sus circunstancias.

Algunos austriacos han argumentado, siguiendo a Alchian y Demsetz (1972) que Coase y Williamson afirman erróneamente que las empresas no son parte del mercado, que los empresarios sustituyen la coerción por el consentimiento voluntario y que las jerarquías corporativas son de alguna manera inconsistentes con el libre mercado (p. ej.: Minkler, 1993; Langlois, 1995; Cowen y Parker, 1997; Matthews, 1998). Pienso que que es en error en la lectura de Coase y Williamson. Es verdad que Coase hable de empresas “suplantando” al mercado y empresarios “suprimiendo” el mecanismo de precios, mientras que Williamson dice que las empresas emergen para superar el “fracaso del mercado”. Pero ninguno de ambos quiere decir que la empresa está fuera del mercado en un sentido general, que el sistema de mercado globalmente es ineficiente en relación con la planificación gubernamental o algo parecido.

Más aún, Williamson no utiliza el término “fracaso del mercado” en el sentido habitual intervencionista de la izquierda, sino simplemente que los mercados del mundo real no son “perfectos”, como en el modelo de equilibrio general perfectamente competitivo, lo que explica por qué existe la empresa. De hecho, la obra de Williamson sobre la integración vertical puede considerarse una celebración del mercado. No sólo las empresas son parte del mercado, concebido este en su sentido amplio, sino que la variedad de formas organizativas que observamos en los mercados (incluyendo las grandes empresas verticalmente integradas) es un testimonio de la creatividad de los empresarios para idear la mejor manera de organizar la producción.

¿Y qué pasa con al afirmación de que mercado, jerarquías e híbridos son formas alternativas de gobierno? ¿Quiere decir que las empresas y las organizaciones híbridas no son parte del mercado? No. Coase y Williamson están hablando de un asunto completamente diferente, de la distinción entre tipos de contratos o relaciones de negocio dentro del contexto más amplio del mercado. Se trata sencillamente de si la relación laboral es diferente de, por ejemplo, el comercio en el mercado spot o un acuerdo con un proveedor independiente. Es conocido que Alchian y Demsetz (1972) argumentaron que no había diferencia esencial entre ambos (ambos eran relaciones contractuales voluntarias, no hay coacción, no hay poder, etc. Coase, Williamson, Herbert Simon, Grossman y Hart (1986), yo mismo y la mayoría de la doctrina moderna sobre la empresa argumenta que hay diferencias cualitativas importantes.

Coase y Simon ponen énfasis en la fiducia, con lo que quieren referirse simplemente a que los contratos laborales son para fines abiertos, dentro de unos límites. El empleador no negocia con el empleado acerca de realizar las tareas A, B o C en un día concreto: simplemente les enseña cómo hacerlas. Por supuesto, el contrato laboral se negocia en el mercado laboral, igual que cualquier otro contrato. Pero, una vez firmado, es cualitativamente diferente de un contrato que diga “el contratado independiente X realizará la tarea A el día 1”. Un relación laboral se caracteriza por la zona de autoridad (lo que Simon llama el “área de aceptación”). Williamson destaca la distinción legal, esto es que las disputas entre empleadores y empleados se resuelven de froma diferente que las disputas entre empresas, entre empresa y cliente, entre empresa y suministrador o distribuidor independiente, etc.

Grossman y Hart y mi propio trabajo con Nicolai Foss, destacamos la distinción entre propietarios y no propietarios de activos. Si contratamos a alguien para manejar nuestra maquinaria, mantenemos un control y un derecho a los resultados residual en el uso de la maquinaria que éste no tiene y por tanto su capacidad de usar la maquinaria a su antojo está limitada. Si éste posee su propia maquinaria, y le contratamos para producir servicios con ella, entonces él (en este caso un contratista independiente) mantiene esos derechos a los productos y al control residuales y esto afecta a muchos aspectos de nuestra relación.

Aunque Coase, Simon, Hart, etc. no recurren explícitamente a los austriacos, esta distinción también puede interpretarse en los términos de la distinción de Menger entre órdenes y organizaciones o la de Hayek entre cosmos y taxis. Coase y Willaimson simplemente están diciendo que la empresa es un taxi y el mercado, un cosmos. Esto no niega que haya aspectos “no planificados” o “espontáneos” en la organización interna de la empresa ni que haya propósito, razón, uso de cálculo monetario, etc, en el mercado.

La especificidad del activo y la Teoría Austriaca del Capital

Como hemos indicado antes, la aproximación a la empresa como caja negra que dominaba la economía neoclásica omite los detalles organizativos críticos de la producción. Una omisión igualmente seria es que la producción suele tratarse como un proceso de una sola etapa, en la que los factores se convierten instantáneamente en productos finales, en lugar de cómo un proceso complejo y por pasos que se desarrolla en el tiempo y emplean bienes intermedios. El capital se trata como un factor de producción homogéneo, la K que parece en la función de producción junto con la L de Trabajo. Siguiendo los modelos de crecimiento económico de Solow (1957) típicamente se modela el capital como lo que Samuelson llamaba un shmoo: un factor infinitamente elástico, completamente moldeable que puede desplazarse sin coste de un proceso de producción a otro.

En un mundo así, la organización económica tiene relativa importancia. Todos los activos de capital tienen los mismos atributos y por tanto los costes de inspeccionar, medir y controlar los atributos de los activos productivos es trivial. Los mercados de intercambio de activos de capital virtualmente carecerían de costes de transacción. Puede haber unos pocos problemas básicos contractuales (en particular los conflictos entre dirigente y agente sobre la oferta de servicios de trabajo), aunque todos los trabajadores usarían los mismos activos de capital y esto contribuiría en gran medida a reducir los costes de medir su productividad.

Williamson, por el contrario, destaca que estos recursos son heterogéneos, a menudo especializados y frecuentemente costosos de reubicar. Lo que llama especificidad del activo se refiere a “inversiones duraderas que se realizan para transacciones particulares, cuyo coste de oportunidad es mucho menor en los mejores usos alternativos o por usuarios alternativos si la transacción original finaliza prematuramente” (Williamson 1985, p. 55). Esto podría describir varias inversiones de relaciones específicas, incluyendo tanto capital físico como humano especializado, junto con intangibles, como I+D y conocimientos o capacidades específicos de la empresa. Al igual que Klein, Crawford y Alchian (1978), Williamson destaca el problema del “atasco” que pueden generar estas inversiones y el papel de las salvaguardas contractuales para asegurar los retornos (lo que Klein, Crawford y Alchian llaman cuasi-rentas) de esos activos.

La teoría austriaca del capital se fija en otro tipo de especificidad: en hasta qué punto los recursos están especializados en lugares particulares en la estructura temporal de la producción. En conocido que Menger clasificó los bienes en términos de órdenes: los bienes de orden inferior son los que se consumen directamente. Herramientas y máquinas empleadas para producir esos bienes de consumo son de un orden superior, y los bienes de capital empleados para producir las herramientas y máquinas son de un orden superior al anterior. A partir de su teoría de que el valor de todos los bienes viene determinado por su capacidad de satisfacer los deseos del consumidor (es decir, su utilidad marginal), Menger demostró que el valor de los bienes de orden superior viene dado o “imputado” por el valor de los bienes de orden inferior que producen.

Además, como ciertos bienes de capital vienen producidos por otros bienes de capital de orden superior, se deduce que los bienes de capital no son idénticos (al menos en el momento en que se emplean en el proceso de producción). Lo que estamos diciendo no es que no pueda haber sustitución de los bienes de capital, sino que el grado de sustitución es limitado. Como expuso Lachmann (1956), los bienes de capital se caracterizan por su especificidad múltiple. Es posible cierta sustitución, pero sólo con un coste.

Mises y Hayek usaron este concepto de especificidad para desarrollar su teoría del ciclo económico. La especificidad del activo de Williamson no se centra en la especificidad en un proceso productivo particular, sino en una serie particular de socios comerciales. Su objetivo es explicar la relación de negocio entre estos socios (transacción entre independientes, contrato formal, integración vertical, etc.). En otras palabras, los austriacos se fijan en activos que son específicos para usos particulares, mientras que Williamson en activos que son específicos para usuarios particulares. Pero hay paralelismos evidentes y oportunidades de ganancia en el comercio.

La teoría austriaca del ciclo económico puede mejorarse considerando cómo la integración vertical y las relaciones de suministro a largo plazo pueden mitigar o exacerbar los efectos de la expansión del crédito en la estructura de producción de la economía. Igualmente, los costes económicos de transacción pueden beneficiarse de considerarse no sólo en la estructura temporal de la producción, sino igualmente con el refinamiento de Kirzner (1966) que define los activos de capital en términos de planes de producción individuales y subjetivos, planes que se formulan y revisan continuamente por los empresarios en busca de rentabilidad (y el concepto de Edith Penrose del grupo de oportunidades subjetivas de la empresa).

Integración vertical, estrategia y economía

La idea central de las enseñanzas de Williamson sobre integración vertical no es que los mercados “fracasan” de alguna manera, sino que tienen éxito en modos ricos, complejos y a menudo impredecibles. Una conclusión básica de la economía de coste-transacción en que las integraciones verticales, incluso cuando no haya sinergias tecnológicas evidentes, pueden mejorar la eficiencia reduciendo costes de gobierno. De ahí que Williamson (1985, p.19) tenga una opinión distinta en lo que llama la “tradición de inhospitalidad” en el antitrust, el que las firmas que realizan prácticas de negocio fuera de lo común como una integración vertical, restricciones en clientes y territoriales, asociaciones, franquicias y otras deben estar buscando ganancia monopolísticas. De hecho, las autoridades antitrust se han ido haciendo más indulgentes al evaluar dichas prácticas, evaluándolas caso por caso en lugar de imponiendo restricciones per se sobre formas particulares de conducta.

Aunque este cambio puede reflejar sensibilidad hacia los postulados de la Escuela de Chicago de que la integración vertical y las restricciones no reducen necesariamente la competencia, en lugar de a las afirmaciones de que esos acuerdos ofrecen salvaguardas contractuales (Joskow 1991, pp. 79–80), la posición de Chicago sobre las restricciones verticales se basa en buena medida (aunque no explícitamente) en el razonamiento de coste-transacción (Meese 1997). En este sentido, la obra de Williamson puede interpretarse como un ataque frontal al modelo de competencia perfecta, particularmente cuando se usa como laboratorio en defensa de políticas antitrust y regulatorias.

De igual manera, Williamson argumenta que para lo directivos, “economizar” es la mejor forma de “estrategizar”. La doctrina sobre estrategia de negocio, siguiendo a Porter (1980) ha tendido a fijarse en el “poder de marcado” como la fuente de ventaja competitiva a nivel de empresa. Partiendo directamente del viejo modelo de estructura-conducta-rendimiento de la organización industrial, Porter y sus seguidores argumentaban que las empresas deberían buscar limitar la rivalidad promoviendo barreras de entrada, formando coaliciones, limitando el poder de negociación de compradores y suministradores, etc.

Williamson pone en duda este punto de vista de posicionamiento estratégico en un influyente artículo de 1991, “Strategizing, Economizing, and Economic Organization”, donde afirma que los directivos deberían centrarse en incrementar la eficiencia económica eligiendo las estructuras de gobierno apropiadas en lugar de incrementando su poder de mercado. De nuevo, los movimientos de las empresas para integrarse, cooperar con socios superiores e inferiores, formar alianzas y similares no sólo son rentables para las empresas, sino también para los consumidores. Las desviaciones de la competencia perfecta son, en este sentido, parte del proceso de mercado de asignar los recursos los usos más valorados, todo en beneficio (como destacaba Mises) del consumidor.

Coda

A nivel personal, Williamson es amistoso y simpatiza con los austriacos y las preocupaciones de éstos. Anima a los estudiantes a leer a los austriacos (particularmente a Hayek, a quien cita a menudo). Williamson presidió mi tribunal de doctorado y una de mis primeras obras “Economic Calculation and the Limits of Organization”, se presentó originalmente en el Institutional Analysis Workshop de Williamson en Berkeley. Williamson no aceptó mi argumento acerca de la distinción entre problemas de cálculo e incentivos: mantenía (y todavía mantiene) que los costes de las agencias y no el argumento del cálculo de Mises, explican el fracaso de la planificación centralizada, pero sus reacciones me ayudaron a refinar mi argumentación y mi comprensión de las doctrinas centrales de Mises y Hayek. (También el gran sovietólogo Alec Nove, visitando Berkeley ese semestre, resultó que estaba entre la audiencia ese día y me dio una serie de referencias y contraargumentos).

Williamson, conociendo mi interés en los austriacos, me sugirió una vez que escribiera una disertación sobre el Ordoliberalismo, la influencia de Hayek en Eucken y Röpke y el papel de las ideas en el desarrollo de la política económica. Me advirtió que escribir sobre ello no me daría ventajas en el mercado de trabajo, pero me animó a seguir mis pasiones, no a seguir a la multitud. Acabé escribiendo sobre tópicos más prosaicos (1, 2, 3) pero nunca olvidé su consejo y se lo he repetido a mis propios estudiantes.

* Peter G. Klein es profesor asociado y director asociado en el Contracting and Organizations Research Institute de la Universidad de Missouri y profesor adjunto en la Escuela Noruega de Economía y Administración de Empresas.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de noviembre de 2009.

La Acción Humana, 1949: Un Episodio Dramático en la Historia Intelectual

Diciembre 18, 2009 por Centro Adam Smith

Por Israel Kirzner*1

Se dice que un gran libro es como un gran castillo. Puede ser visto desde muchos diferentes ángulos, cada uno de ellos ofreciendo una perspectiva única. Examinar el monumental trabajo de Ludwig von Mises desde la ventaja de estar en el 2009 nos permite ver con gran claridad un aspecto fascinante del libro – el absoluto drama de su aparición en el momento en que lo hizo. Este es un tema sobre el cual he escrito más de una vez a lo largo de los años. Estoy agradecido por la presente oportunidad de expresar este asunto con algunos mayores detalles.

Alrededor de 13 años atrás (en mayo de 1996, cuando se celebraron los primeros 50 años de servicio público espléndidamente contribuidos por la Foundation for Economic Education), enfaticé el crucial rol jugado por FEE en conservar la bandera de la economía austríaca. Hice especial hincapié en el rol que jugó (en gran medida al proveer a Mises una “atmósfera” agradable) en sostener a la tradición austríaca de economía durante décadas en las cuales la reputación profesional de la escuela estaba en su punto más bajo. Ese artículo se enfocó, en parte, en la contribución de la Fundación al subsiguiente resurgimiento de la economía austríaca en este país. El presente escrito complementa esa anterior pieza al enfocarse en el carácter totalmente dramático del impacto de largo plazo de esta magnum opus de Mises, una obra que afianza todo lo que Mises escribía bajo el auspicio de FEE, y a la cual se le atribuye incuestionablemente el resurgimiento de la economía austríaca.

El Drama Intelectual de La Acción Humana

El término “drama” puede parecer fuera de lugar con respecto a un serio capítulo sobre los fundamentos de una disciplina formal. Sin embargo, La Acción Humana no es una obra ordinaria. Es un trabajo que, en su tiempo, fue visto escrito de una manera crudamente intransigente, expresando una particular visión del mundo y una particular interpretación de la economía – en un momento en que se pensaba que esa visión del mundo y esa interpretación estaban fuertemente apartados de la arena profesional. El libro llegó a ser desechado de plano, y posteriormente ignorado, como la última hora de una tradición intelectual que agonizaba. Sin embargo, esta opinión estaba seriamente equivocada.

Lo digo una vez más, La Acción Humana no fue simplemente un trabajo que presentó las ideas de una vieja tradición. Debemos señalar que el libro de hecho representó una dramática revisión, una dramática profundización de las perspectivas de la Escuela Austríaca. Precisamente cuando la tradición de la economía austríaca estaba ampliamente vista virtualmente muerta, como un material sólo para tratados de historia del pensamiento económico – precisamente en ese momento esa misma tradición produjo con brillantez una vivaz y fresca fundamentalmente nueva interpretación de sus principios centrales. Seis décadas después podemos ver cómo la revisión de Mises y su reinterpretación inspiraron un resurgimiento del interés en la economía austríaca por parte de serios académicos y estudiosos. Visto desde esa perspectiva, la publicación de 1949 de La Acción Humana debe ser reconocida seguramente como un dramático episodio en la historia de la economía.

El Declive de la Economía Austríaca, 1932-1945

A comienzos de la década de 1930 la Escuela Austríaca de Economía era reconocida en el continente, en el Reino Unido y en los Estados Unidos como un componente importante de la economía académica contemporánea. En ese entonces para los jóvenes estudiantes de América que visitasen las academias europeas, una invitación para presentar su trabajo en un seminario en la Universidad de Viena era un logro profesional altamente valorado. En Gran Bretaña, Lionel Robbins, el economista más destacado de la Universidad de Londres, publicó su clásico de 1932, Un Ensayo sobre la Naturaleza y Significación de la Ciencia Económica, repleto de perspectivas y citas que el autor había seleccionado de la literatura austríaca y de sus visitas a Viena. En ese mismo año Robbins invitó al brillante joven Friedrich Hayek (un cercano colega y protegido de Mises) para unirse al cuerpo docente de la Universidad de Londres con una prestigiosa cátedra. Y la aparición de Hayek en la escena de la academia británica tuvo casi un dramático impacto en las discusiones económicas de Londres, especialmente con respecto a la teoría del capital y la monetaria.

Sin embargo, solo unos pocos años más tarde, parecía que este éxito se había evaporado. El avance de la teoría económica en los ’30 (avances relacionados en particular al trabajo de Piero Sraffa y John Maynard Keynes, a las teorías de la competencia imperfecta y monopolística, a las teorías de economía socialista, y a sofisticados avances en la economía matemática) parecía haber dejado a los austríacos muy atrás. Fueron vistos derrotados por Keynes (con respecto a los temas macroeconómicos), por Frank Knight (con respecto a la teoría del capital), y por Oskar Lange y por Abba Lerner (sobre la posibilidad de la eficiente planificación económica socialista), y haber fallado en mantener el ritmo en los apasionantes desarrollos en teoría del bienestar, econometría y economía matemática. La dispersión física del círculo de economistas de Viena que habían asistido al famoso seminario de Mises como resultado del desorden político de la época ciertamente contribuyó a la impresión de que la tradición de Viena no era más un componente vivo del pensamiento económico moderno. (El mismo Mises se había ido de Viena a Ginebra en 1934). A pesar de que Mises publicó Nationalökonomie en Ginebra en 1940 y Hayek publicó La Teoría Pura del Capital en 1941, la profesión económica casi no le prestó atención a estos trabajos. Para fines de la Segunda Guerra Mundial, con Mises refugiado en Nueva York y sin una posición académica regular, las perspectiva futuras de la tradición Menger-Böhm-Bawerk parecían en efecto sombrías.

Además, puede sostenerse, que ciertos aspectos de los desarrollos en la teoría económica mainstream durante la década del ’30 – a pesar del desvío general del camino de la teoría austríaca- puede bien haber hecho parecer que se había erosionado la justificación de una presencia austríaca distintiva. En sus primeros años la Escuela Austríaca había ganado su peculiaridad tras su pionero desafío al predominio de la Escuela Histórica Alemana. No obstante, para la década del ’30, esa batalla (con respecto a la legitimidad de la teoría económica abstracta) decididamente se había ganado; todas las más grandes escuelas europeas de pensamiento económico estaban del lado de los austríacos con respecto al rol de la teoría pura. Y en 1932 el mismo Mises había escrito en cuanto a que todas las escuelas de pensamiento económico “moderno” suscriben al mismo conjunto de principios económicos, aunque en diferentes lenguajes y con diferentes formas de exposición. Parece claro que el mismo Mises, no había (en 1932) reconocido el abismo que (como más tarde se convertiría en algo ampliamente claro!) separaba la dominante anglo-americana mainstream de la economía que el mismo Mises identificaba con la tradición austríaca. Por lo que un número de los discípulos de Mises (incluyendo, quizás, Frtiz Machlup, Gottfried Haberler, y Paul Rosentein-Rodan) pueden ser excusados por pensar que lo que era importante para la tradición austríaca estaba en ese momento (los ’30) bien aceptado en la economía mainstream. No había ninguna ganancia intelectual que ganar, como los austríacos llegaron a creer, en insistir en la peculiaridad de la etiqueta austríaca.

El Debate sobre el Cálculo en el Socialismo y la Revolución Mises-Hayek

A pesar de que la inmediata escena posterior a la Segunda Guerra Mundial se presentaba tan poco hospitalaria para una economía austríaca distintiva, tanto Mises como Hayek estaban de hecho trabajando, independientemente pero a lo largo de caminos paralelos, hacia una revolucionaria reinterpretación de su patrimonio intelectual. (Esta nota, por supuesto, se enfoca en el trabajo clásico de Mises de 1949. No obstante, sería un serio error no destacar que el “drama” que hemos visto en la aparición del libro de Mises tuvo paralelismos con la aparición del volumen de ensayos de Hayek de 1948-49, Individualism and Economic Order. He tratado la complementariedad entre estas dos contribuciones en “Ludwig von Mises and Friedrich von Hayek: The Modern Extension of Austrian Subjetivism” reimpreso como el capítulo 7 en mi libro The Meaning of Market Process: Essays in the Development of Modern Austrian Economics.)

Parece razonable creer que el “debate sobre el cálculo económico en el socialismo” que prosiguió con furia en la década de la preguerra indujo las revisiones revolucionarias en la comprensión de los mercados. La aceptación desprovista de sentido crítico por parte de la profesión económica de la tesis Lange-Lerner – que los socialistas pueden planificar eficientemente al modelar sus planes basándose en las condiciones del equilibrio general (postulado por teóricos del mainstream como los principios rectores de los sistemas de mercados competitivos)- le enseñó a Mises y Hayek que su propia comprensión de cómo funcionaban los mercados difería fundamentalmente de la de sus colegas neoclásicos. Mises, en particular, en ese momento se dio cuenta de que los teóricos neoclásicos del mainstream no suscriben a la misma interpretación de los principios económicos que gobiernan los mercados que la que suscriben los economistas austríacos (o, al menos, él).

Mises escribió La Acción Humana para expresar con suma convicción su rechazo a aceptar esa interpretación neoclásica mainstream acerca de cómo funcionan los mercados. La Acción Humana fue una desafiante declaración de independencia teórica – una declaración explicando con detalles explícitos lo que hasta esa fecha (al menos en la visión de Mises) había estado implícito en anteriores teorías neoclásicas (y particularmente en la teoría austriaca) del mercado. (Ver la obra de Frank M. Machovec Perfetc Competition and the Transformation of Economics).

Esta explícita articulación constituyó una dramática y revolucionaria profundización y extensión de la existente teoría austríaca. El hecho de que llegó a inspirar el resurgimiento de la economía austríaca a fines del siglo veinte, a pesar de haber sido ignorada y pasada por alto cuando fue publicada por primera vez, es en gran parte lo que hizo de la publicación de La Acción Humana un episodio de drama intelectual.

Proceso de Mercado Versus Equilibrio de Mercado

Considero que lo que el debate sobre el cálculo económico en el socialismo le enseñó a Mises es que es necesario, si se quiere promover la comprensión económica de lo que el sistema de mercado logra, reemplazar el énfasis puesto en los patrones de equilibrios de mercado alcanzables con un énfasis en el carácter de los procesos de equilibración. (Un exhaustivo estudio que se ocupa de respaldar esta afirmación es la obra de Don Lavoie Rivalry and Central Planning: The Socialist Calculation)

Enfatizar este último aspecto revela el carácter esencialmente empresarial de los procesos de mercado y subraya el rol de la competencia dinámica (en oposición al estado de la llamada “competencia perfecta”) en este proceso empresarial (En el trabajo de Hayek un cambio análogo estaba siendo articulado: a saber, un reemplazo de un mundo caracterizado por un imaginario conocimiento mutuo perfecto por otro mundo en el cual el proceso de “aprendizaje” del mercado tiende continuamente a expandir el alcance del conocimiento mutuo – sujeto, por supuesto, a las continuas alteraciones generadas por cambios exógenos en los patrones de demanda, disponibilidades de recursos, y demás.). Los escritores que creían que los planificadores centralizados podían emular la eficiencia del mercado pasaron por alto, en la visión de Mises, los sutiles procesos de descubrimiento empresarial, a partir de los cuales, por sí solo, se puede postular cualquier tendencia sistemática hacia el equilibrio de mercado.

Al enfocarse en el proceso empresarial en funcionamiento en mercados libres de obstáculos gubernamentales a la entrada de la competencia, Mises propuso mucho más que una reinterpretación de la teoría tradicional de los precios. Sus perspectivas ofrecieron una brillante nueva comprensión del significado de la competencia en los mercados, y por lo tanto, también un revolucionario punto de vista sobre la teoría del monopolio. La interpretación de Mises del proceso del mercado implicó no solo el rechazo de la ortodoxia mainstream en la teoría del socialismo, sino también implicancias de largo alcance para la teoría de la política antimonopolio y, más generalmente, para la teoría de la política regulatoria gubernamental.

Por muchos años este nuevo énfasis en la economía Miseana-Austríaca fue completamente ignorado. Luego de la década post Segunda Guerra Mundial el foco de atención profesional no estuvo en la formulación precisa de los fundamentos de la microeconomía, sino acerca de si la microeconomía debe ser suplantada en el mundo real, como asunto práctico, por consideraciones macroeconómicas keynesianas. Además, la creciente sofisticación de la economía matemática, y sus aplicaciones en la elaboración de la ambiciosa iniciativa teórica del equilibrio general Walrasiano, se combinaron para hacer que las ideas de Mises parecieran anticuadas, elementales e incluso primitivas. Como es ahora bien conocido, estas fueros décadas (este período se extiende desde la publicación de 1921 de Frank Knight Risk, Uncertainty and Profit hasta el trabajo pionero de William Baumol casi medio siglo después en el cual resucita el rol empresarial) en las cuales la teoría económica mainstream perdió casi completamente de vista al empresario.

El Drama del Resurgimiento Austríaco

Sin embargo, el gran trabajo de Mises no estaba destinado a ser enterrado por la eternidad bajo su ensordecedor silencio. Para las décadas de 1960 y ’70 estudiantes y académicos más jóvenes empezaron a descubrir el trabajo de Mises y a reconocer la vivaz frescura de sus ideas. La profesión económica – o al menos algunos de sus estudiantes de grado más atrevidos y abiertos de mente – estaba al mismo tiempo empezando a tomar nota y a reconocer la embrutecedora irrelevancia de mucho de lo que estaba siendo enseñado en los departamentos de grado mainstream. La caída de la economía keynesiana durante las últimas décadas de este siglo produjo una renovada atención a los fundamentos de la microeconomía. En La Acción Humana más y más jóvenes estudiantes redescubrieron ideas que les permitieron dar sentido al complejo mundo que la ciencia económica se supone debe ayudar a comprender. La caída de la Unión Soviética enfocó la atención en las grandes verdades sobre el socialismo extraídas de los fundamentos miseanos. Esa caída le enseñó a muchos que la corriente principal de la profesión, que por décadas había defendido la posibilidad de eficiencia económica bajo el socialismo y había rechazado con desprecio a aquellos que habían desafiado dicha posibilidad, estaba simple y vergonzosamente equivocada.

El moderado resurgimiento del interés en la tradición de la economía austriaca durante las últimas cuatro décadas ha destacado, en mi opinión, el drama inherente a la primera aparición de La Acción Humana. Este trabajo fue el valeroso manifiesto de un erudito de integridad incorruptible quien, cercano a la séptima década de su vida, contribuyó a una renovada y brillante articulación de verdades económicas. El hecho de que este trabajo haya sido ignorado por décadas y solo posteriormente ganó reconocimiento (aunque modesto) le suma al drama intelectual de este episodio en el desarrollo del pensamiento económico del siglo XX. La especulación con respecto a la futura influencia que puede todavía ser ejercida por este destacado trabajo solo aumenta la emoción suscitada por este drama.

* Israel Kirzner es profesor emérito de economía por la Universidad de Nueva York y realizó su doctorado bajo la dirección de Ludwig von Mises. El profesor Kirzner es autor de muchos libros dentro de la tradición austríaca de economía, entre ellos Competencia y Empresarialidad; Perception, Opportunity, and Profit; y The Meaning of Market Process.

1 Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de noviembre de 2009.

Revista Digital Orden Espontáneo de Noviembre

Diciembre 9, 2009 por Centro Adam Smith

Estimado Lector,

Es una gran satisfacción presentar un nuevo número de la Revista Digital “Orden Espontáneo” del Centro Adam Smith perteneciente a la Fundación Libertad.

Esta nueva edición incluye un artículo de Israel Kirzner en conmemoración del sexagésimo aniversario de la publicación de la obra magna de Ludwig von Mises “La Acción Humana. Tratado de Economía”. Allí relata el dramático episodio que implicó su aparición.

Luego, presentamos un escrito de Peter Klein acerca de la relación entre Oliver Williamson, reciente ganador del Premio Nobel de Economía, y los economistas austríacos. En el mismo plantea que hay paralelismos evidentes entre ambos y oportunidades de ganancia en el “comercio”.

Por último, publicamos un ensayo de Francisco Capella donde muy ingeniosamente a través de una analogía, un tanto humorística, describe y toma posición en el debate interno dentro de la Escuela Austriaca acerca de las reservas fraccionarias en el sistema bancario.

Desde Fundación Libertad aprovechamos la ocasión para saludarlos y esperamos que disfruten de esta nueva edición de la Revista Digital.

Para acceder a la revista por favor haga clic aquí.

Matías Spelta
Editor

Seminario Internacional. Derrumbando los muros de América Latina

Noviembre 26, 2009 por Centro Adam Smith

Seminario Internacional. Derrumbando los muros de América Latina: Autoritarismo, pobreza y atraso

Ostrom: por qué deberían alegrarse quienes valoran la libertad

Noviembre 25, 2009 por Centro Adam Smith

Por Peter Boettke.*

Elinor Ostrom es la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía. También es una de las pensadoras más iconoclastas en ganar el premio. Compartió el Nobel con Oliver Williamson. El trabajo de la profesora Ostrom se centra en los mecanismos de auto-gobierno que operan en diferentes sociedades.

Su curiosidad intelectual la llevó a estudiar economías públicas locales -en particular la provisión municipal de servicios de policía, la gestión de suministros de agua, acuíferos, silvicultura, y el desarrollo en el mundo menos avanzado-. Su marco teórico de análisis parte de un modelo de elección racional humana hacia un análisis institucional con bases históricas. Ella estudia las reglas que gobiernan el comportamiento de los individuos en sus interacciones tanto con la naturaleza como entre ellos mismos.

Sus colegas en la Universidad de Indiana la describen como “humilde y muy trabajadora”, y otro ganador del Premio Nobel, Vernon Smith, la califica como una “erudita destacable” con un apasionado deseo de entender las sociedades humanas en todas sus variedades.

Antigua presidenta de la Public Choice Society y de la American Association of Political Science, Ostrom es también una de las profesoras más queridas en la academia. El Workshop in Political Theory and Policy Analysis (Taller en Teoría Política y Análisis de Políticas) de la Universidad de Indiana que co-dirigía con su marido, Vincent, es quizás el modelo ideal para un centro de investigación y de educación para el postgrado.

Pero, ¿qué aprendemos de sus estudios? Yo diría que aprendemos al menos tres puntos principales de estilo y sustancia. Primero, buena parte del discurso político y económico en el último siglo ha estado dominado por un debate entre defensores de los mercados perfectos y entre defensores de los planificadores centrales perfectos.

Por un lado, la demostración de los fallos del mercado iban acompañados por una insistencia en que el gobierno proporcionaría los correctivos necesarios. Ostrom era una de las principales pensadoras en las ciencias sociales en decir: “Espera. Los mercados pueden fallar, pero las soluciones del gobierno también podrían no funcionar”. Uno siempre debe recordar que Elinor y Vincent Ostrom son representantes fundacionales de la teoría de la Public Choice (Elección Pública). Pero los Ostroms fueron más allá de simplemente demostrar la posibilidad del fallo del gobierno.

Smith versus Hobbes

Esto nos lleva al segundo punto. En la historia del pensamiento político y económico la fuente del orden social se ha atribuido o bien a la mano invisible de la coordinación del mercado (Smith) o a la visible mano del control estatal (Hobbes). Quizás una de las mejores maneras de entender el trabajo de Elinor Ostrom es verlo como una forma de resolver un problema Hobbesiano mediante una solución Smithiana.

Esto quizás sea un poco rebuscado, pero no mucho. Su trabajo sobre las economías públicas locales y los recursos de uso común se centra en “reglas en uso” (en contraste con “reglas en forma”) reales sobre las que los individuos descentralizados y los grupos confían para hacer decisiones y coordinar su comportamiento para superar dilemas sociales.

Su mensaje es optimista sobre el poder de auto-gobierno para salir con éxito incluso en situaciones difíciles. Como mi colega Alex Tabarrok dice, ella ve cómo, a través de varias asociaciones voluntarias, los grupos transforman la situación de los recursos de uso común de una “tragedia de los comunes” a una “oportunidad de los comunes”.

La teoría económica tradicional defiende que los bienes públicos no pueden ser provistos a través del mercado. La teoría de la Public Choice tradicional defiende que el gobierno a veces falla en proveer soluciones. Ostrom muestra que los grupos descentralizados pueden desarrollar varios sistemas de reglas que permitan hacer surgir la cooperación social a través de la asociación voluntaria.

Un punto con el que a veces se tropiezan los lectores es que Ostrom con frecuencia se centra en situaciones donde la tecnología de trocear la propiedad en lugares privados no existe. En estas situaciones estudia el proceso de toma de decisiones colectiva, pero no estatal, sobre recursos de uso común.

Mientras que las soluciones de propiedad privada no se emplean en estos casos, las “reglas de uso” que operan consiguen lo que la propiedad privada hubiera conseguido. Encontramos reglas que limitan el acceso y que hacen a los individuos en el grupo responsables por su mal uso del recurso.

Encontramos también cómo esas reglas se hacen cumplir. En resumen, el análisis debe mirar tanto a la forma como a la función de las reglas en una variedad de situaciones sociales. Hay una diversidad de instituciones en funcionamiento en sociedades diferentes que fomentan la cooperación voluntaria.

Como científicos sociales, tenemos que ser capaces de entenderlas. Hay reglas que están en uso, reglas que están formuladas pero no en uso, reglas que dicen una cosa pero en la práctica hacen otra diferente, y reglas que se ajustan muy bien al uso, forma, y función.

Ostrom ha insistido en que los científicos sociales deben entender las reglas que gobiernan el comportamiento humano -tanto la forma en que interactuamos el uno con el otro como la forma en que interactuamos con la naturaleza-. Algunos sistemas de reglas fomentan la mejora humana a través de la promoción de la cooperación social voluntaria y la creación de riqueza; otros obstaculizan el progreso humano asegurando la violencia y la pobreza. Es realmente así de simple, y así de profundo.

Los fundamentos del orden social de un pueblo libre yacen en el auto-gobierno, no en la autoridad gubernamental y el poder centralizado. La toma de decisiones descentralizada que forma los dilemas sociales locales a los que la gente real se enfrenta, que moviliza los incentivos dentro de una estructura de reglas local, y que utiliza el conocimiento local, es como el proceso de desarrollo institucional asegura que el auto-gobierno sea efectivo, permitiendo que los seres humanos falibles gestionen razonablemente recursos escasos y las relaciones entre ellos mismos.

Entendiendo sociedades diversas

El punto último que quiero enfatizar relacionado con la investigación de Ostrom es un mensaje metodológico. El trabajo de Elinor es humanista y científico. Ella está intentando entender las sociedades humanas en toda su variedad. Para hacerlo tuvo que acercarse personalmente al objeto de estudio mismo: desde el gobierno local en California a sistemas de irrigación en Nepal -y todo lo que hay entre medio-.

Su campo de trabajo en la economía política está guiado por la lógica de la elección humana. Ella describe su programa de investigación como “un enfoque del comportamiento a la teoría de la elección racional de la acción colectiva”. Si le quita el lenguaje académico, se traduce en un programa de investigación que comienza con los seres humanos y sus propósitos y planes, y acaba con su búsqueda a trancas y barrancas para encontrar soluciones voluntarias a difíciles dilemas sociales a través de normas, convenciones, y reglas.

Permítanme concluir volviendo al título del artículo: ¿Por qué debería alegrarse la gente que se interesa por la libertad en la elección de este premio? Hay una importancia ideológica en el trabajo de Elinor Ostrom. Ella no lo ha destacado en su trabajo, pero Vincent se ha introducido en el campo de la filosofía social.

Mi libro suyo favorito es The Meaning of Democracy and the Vulnerabilities of Democracies (1997). En ese trabajo Vincent se pregunta por cuáles son las precondiciones para una ciudadanía autónoma. Responde que una sociedad autónoma debe estar compuesta de ciudadanos plenamente capaces de adoptar “las preocupaciones del pensar y los problemas del vivir”.

Desafortunadamente, las maquinaciones de la política democrática -con la manipulación de los grupos de interés, el intercambio de favores, la búsqueda de rentas, y el objetivo del voto- tienden a minar la capacidad de auto-gobierno entre un pueblo.

Nada en esto debería ser interpretado como determinantemente pesimista. El mensaje es que la esperanza se encuentra no en el Estado sino en la gente. Una sociedad de individuos libres y responsables que son capaces de formar asociaciones voluntarias, resolverá los dilemas sociales que confronta por medios del auto-gobierno.

Nadie ha hecho más que Elinor Ostrom, tanto en su investigación como en su capacidad docente y mentora en el Workshop in Political Theory and Policy Analysis para ayudarnos a entender las reglas e instituciones de auto-gobierno que trabajan para fomentar la cooperación en una amplia variedad de sociedades.

Y nadie ha hecho más para alertarnos sobre el daño que los gobiernos pueden hacer cuando intentan imponer desde fuera reglas extrañas sobre las gentes locales -especialmente cuando sus propios sistemas ya están encarando dilemas sociales propios-.

Elinor exige que entendamos y respetemos la diversidad institucional en nuestro mundo, para ver el ingenio y sabiduría existente en las soluciones locales, la creatividad empresarial y el emprendimiento de los individuos a lo largo y ancho del mundo desarrollado y menos desarrollado.

Trascendiendo los viejos debates en la ciencia social y las políticas públicas, el trabajo de Elinor Ostrom subraya la riqueza del ambiente institucional y las soluciones creativas que surgen cuando los individuos son libres para formar asociaciones y trabajar dentro de una red de reglas informales que fomentan la responsabilidad individual y colectiva.

La investigación de Elinor Ostrom nos abre una ventana hacia el diverso mundo de asociaciones que no encajan perfectamente en las categorías de “mercado” o “Estado” pero que aun así son esenciales para la cooperación social próspera y pacífica.

*Peter Boettke es el subdirector del James M. Buchanan Center for Political Economy, investigador senior del Mercatus Center, y profesor de economía de la George Mason University. Es co-autor, junto a Paul Dragos Aligica, de Challenging Institutional Analysis and Development (2009), un libro sobre el trabajo de Elinor y Vincent Ostrom. También participa regularmente, junto a otros economistas, en el blog The Austrian Economists.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de octubre de 2009.

Hayek versus los expertos en desarrollo

Noviembre 20, 2009 por Centro Adam Smith

Por William Easterly.*

Introducción

Esta noche nos encontramos en un momento similar a aquel en que Hayek escribió El camino de servidumbre en 1944. En ese entonces, como ahora, un gran colapso financiero fue visto como el fracaso de la libertad. En realidad, las cosas eran incluso peores en ese entonces para el punto de vista de Hayek. Luego de la Gran Depresión, muchos señalaron el aparente éxito de la industrialización planificada centralmente en la Unión Soviética en superar en rendimiento a los mercados. Como Hayek escribió en 1944, la democracia casi no existía aparte de unas pocas sociedades que hablaban inglés. Aún en EE.UU., las personas indicaban el aparente éxito de la planificación estatal, impuesta desde arriba, para la producción de armas en tiempos de guerra. Bajo estas circunstancias, Hayek sabía que sería caricaturizado como un ideólogo de derecha, aunque sus ideas no encajaban en el rancio debate partidario acerca de los mercados versus el Estado. Él argumentó que el mejor sistema a largo plazo dependía de la creatividad de los individuos ubicados en la base de la pirámide productiva, quienes gozaban tanto de libertad política como económica. De la manera que describiré abajo, Hayek consideró que el Estado y el mercado funcionan mejor cuando son el resultado de desarrollo espontáneo de abajo hacia arriba, con nadie a cargo.

Se requirió de coraje para criticar al control desde arriba hacia abajo luego de las calamidades tenebrosas de la Gran Depresión: aún así la visión de Hayek sería reivindicada por los eventos subsecuentes. ¿Cuántos de nosotros mostraremos un coraje intelectual similar en medio del colapso financiero de hoy?

Los expertos en desarrollo

Hayek no habló de esto en ese momento, pero sus advertencias acerca del avance de la planificación de arriba hacia abajo tal vez fueron más relevantes en el llamado Tercer Mundo. Desafortunadamente el campo de estudio llamado economía de desarrollo nació en el momento en que más se dudó de la libertad individual. Como resultado, los economistas concibieron al desarrollo desde el principio—y aún hoy lo conciben así a un extremo que da susto—como un proceso de arriba hacia abajo conducido por expertos en desarrollo que operan con un cheque en blanco.

Los expertos en desarrollo “de arriba hacia abajo” demostrarían estar equivocados una y otra vez. Aún así la concepción del desarrollo como un proceso de arriba hacia abajo comprobaría ser resistente al fracaso, por razones que también intentaré describir.

En sus principios la idea predominante era la del Gran Empuje. En las décadas de los cuarenta y cincuenta se pensaba que las naciones del Tercer Mundo estaban “atrapadas en la pobreza” ya que ésta generaba un círculo vicioso de excesivo crecimiento de la población, mala salud, analfabetismo, pésima infraestructura y pocos ahorros. La respuesta, de acuerdo a economistas de desarrollo tales como Sir Arthur Lewis, era una inyección gigante de ayuda externa—el “gran empuje”—para pagar inversiones en todas estas áreas de una vez por todas. Se pensó que algunos países eran más difíciles de desarrollar que otros. A principios de la década de los sesenta, el Banco Mundial ridiculizó a un país que carecía de recursos diciendo que era poco probable que este lograra siquiera un éxito modesto en exportar. Al mismo tiempo, el experto en desarrollo Gunnar Myrdal también advirtió acerca de otro país, diciendo que el crecimiento de la población era un “problema explosivo”. El nombre del primer país es Corea del Sur. El segundo es Singapur. Y no es que los expertos en desarrollo siempre fueron pesimistas: El Banco Mundial dijo en 1958 de otra nación que su “potencial se compara favorablemente con aquellos de otros países en el sureste de Asia”. Ese país es Myanmar.

Al igual que con las predicciones acerca de los países, el desempeño de los expertos en desarrollo no mejoró con las predicciones generales. Sir Arthur Lewis y otros tenían un modelo muy particular de cómo la ayuda externa aumenta el crecimiento que nos permite ser precisos acerca de cuánto crecimiento ellos esperaban por una determinada cantidad de ayuda externa. Para un cuarto de los países que han recibido la mayor cantidad de ayuda a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, la predicción era que su ingreso per cápita aumentaría desde alrededor de $500 por persona en 1960 a más de $5.000 por persona hoy. Este aumento de más de 1.000% fue más que superado por unos pocos países que recibieron poca ayuda con niveles de pobreza similares a otros que recibieron ayuda considerable. Tal fue el caso de Corea del Sur, la cual aprovechó las oportunidades en el mercado creadas por el boom global en el comercio internacional luego de la Segunda Guerra Mundial. Ahí quedó la idea de que estas naciones estaban “atrapadas en la pobreza”. Mientras tanto, los países que recibieron mucha ayuda externa no llegaron a los $5.000 por persona; su ingreso hoy todavía es de $500. Hasta ahí llegó la idea del Gran Empuje. Cuando las predicciones de una teoría fracasan, la teoría queda descartada. Qué tragedia que ideas así de fracasadas condenaron a tanta gente a continuar en la pobreza.

¿Es posible el desarrollo planeado?

Hayek no escribió mucho acerca de desarrollo, pero su defensa de los mercados y la crítica a la planificación central fueron muy relevantes para estos debates. En un artículo clásico de 1945, Hayek indicó que ningún planificador central desde arriba podía de alguna manera tener suficiente información para asignar los recursos y provocar el funcionamiento de las fábricas. Un sistema descentralizado, con flujo de información de abajo hacia arriba, permitía que cada individuo utilice su conocimiento de cientos de diminutos factores locales y problemas imprevistos de tal forma que haga que su proyecto funcione y que sus acciones sean coordinadas con otros a través de los precios del mercado—que señalan a todos cuáles productos son abundantes y cuáles escasos.

Lo que Hayek correctamente llamó una “maravilla” era un sistema de abajo hacia arriba que nadie tiene que dirigir o siquiera comprender para que funcione. Como Hayek dijo en 1945: “aquellos que claman por una dirección ‘consciente’. . . no pueden creer que cualquier cosa que haya evolucionado sin diseño (e incluso sin nuestro entendimiento) debería resolver problemas que no deberíamos ser capaces de resolver conscientemente”.

Hubo economistas de desarrollo que entendieron en ese entonces la importancia de la libertad individual en el desarrollo, tales como el economista sudafricano Herbert Frankel y el economista inglés-húngaro P.T. Bauer. Desafortunadamente, hay más recompensas para las malas ideas en la economía del desarrollo que para las buenas. Arthur Lewis y Gunnar Myrdal ambos ganaron un Premio Nóbel. P.T. Bauer fue descalificado como un herético, y el pobre Herbert Frankel fue ignorado y luego olvidado por completo. Yo vengo a hablar aquí ante ustedes orgullosamente aspirando a ser el Herbert Frankel de esta generación.

Esto no es una manera de decir que los economistas de desarrollo no eran capaces de cambiar con los sucesos. En la década de los ochenta, las ideas de libre mercado finalmente empezaron a ganar aceptación entre algunos economistas de desarrollo debido al fracaso de la ayuda externa y al éxito de los tigres asiáticos. Aún así, paradójicamente, estos mismos economistas de desarrollo no renunciaron a su técnica de planificar desde arriba hacia abajo. Solamente recitar las palabras “mercados libres” no lo absuelve a uno de ser un planificador. Como la cita de Hayek acaba de señalar, los mercados evolucionan de abajo hacia arriba sin ningún diseño consciente. Con poco conocimiento de las medidas, la política, o las instituciones locales los burócratas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron sus propios diseños de transición hacia un mercado libre en África, Latinoamérica y el Medio Oriente en la década de los ochenta y la de los noventa.

Estos intentos se volvieron aún más absurdos con la caída del Muro de Berlín y la imposición de la “terapia de shock” sobre Europa Oriental y la antigua Unión Soviética, en un intento de gran envergadura por parte de los mismos burócratas de convertir en un solo golpe a una economía comunista en una capitalista. Jeffrey Sachs fue el padre intelectual de la terapia del shock. De nuevo, los críticos estuvieron en la minoría. Peter Murrell de la Universidad de Maryland y John McMillan de Stanford indicaron los sorprendentes vacíos de los terapeutas del shock. Como lo resumió McMillan, “si hubiésemos podido planear las reformas, entonces hubiésemos podido planificar la economía”.

En los ochenta y noventa, el crecimiento en el PIB per cápita fue de cero en África, Latinoamérica y el Medio Oriente, y las repúblicas de la antigua Unión Soviética experimentaron una de las peores depresiones en la historia económica. La reacción luego de tal fracaso de estas mal llamadas “reformas de libre mercado”, impuestas por extranjeros, fortalecieron a figuras xenófobas y anti-libertad como Hugo Chávez de Venezuela, Evo Morales de Bolivia, Robert Mugabe de Zimbabwe y Vladimir Putin de Rusia.

Pero una vez más, estar en lo correcto conseguía poca recompensa: Murrell y McMillan fueron ignorados, mientras que Jeffrey Sachs se convirtió en un célebre economista a pesar del fracaso de la terapia del shock. Jeffrey Sachs consiguió aún más fama por su método de planificación desde arriba hacia abajo cuando redescubrió las ideas fracasadas hace más de 50 años acerca de las naciones atrapadas en la pobreza y el Gran Empuje de ayuda externa en el nuevo milenio. Estas ideas atrajeron a muchos, mientras que la libertad individual volvió a pasar de moda en el desarrollo; Sachs hasta se ganó el apoyo de estrellas de cine. Sachs citaba el apoyo de Hayek a sus ideas, pero desafortunadamente su apoyo no venía de Friedrich Hayek sino de Salma Hayek.

El orden espontáneo y la mente humana

¿Cómo es que el método de arriba hacia abajo todavía domina la economía del desarrollo a pesar de cincuenta años de predicciones fracasadas por parte de los expertos en desarrollo? Hay muchas razones, pero una que yo creo que es particularmente interesante es que nuestros cerebros están hechos para creer en la planificación desde arriba hacia abajo. El filósofo Daniel Denett argumenta que la evolución humana favoreció esa manera “intencional” de pensar. En cuanto a evolución, ver el comportamiento intencional de todos los animales era beneficioso. Cuando veías a un león moverse, podías apartarte si entendías que este pretendía comerte. Cuando veías a un grupo de cavernícolas de la cueva de al lado acercándose a ti con antorchas y bates, podías defenderte más efectivamente si veías a este grupo con una agenda específica, tal como matar a tus hombres y robar tus mujeres. Los cavernícolas que vieron acción intencional en todas partes sobrevivieron. Los que no, murieron.

Así que ahora tal vez podemos entender las aseveraciones de aquellos que le atribuyen el mal a los procesos espontáneos, tales como los manifestantes anti-globalización que dijeron en 2002 que los líderes corporativos se reúnen en “encuentros de alto nivel” para “delinear el camino de la globalización en nombre de las ganancias privadas”. Donde hay desigualdad en las economías de mercado, la gente cree que alguien pretendió empobrecer a las personas más pobres. Donde hay emprendedores que actúan de manera espontánea y de esa manera crean trabajos y al mismo tiempo destruyen otros, los recientemente desempleados muchas veces creen que alguien conspiró para quitarles su trabajo. Con nuestro antepasado cavernícola, es difícil entender que ninguna persona pretende los buenos o los malos resultados. Otro Premio Nóbel, Kenneth Arrow (alguien que, a diferencia de Hayek, no es visto como un ideólogo de derecha), dijo: “La noción de que a través del funcionamiento de un sistema entero los efectos podrían ser muy diferentes y hasta opuestos a las intenciones es seguramente la contribución intelectual más importante que el pensamiento económico ha hecho al entendimiento general de los procesos sociales”.

La idea que el orden espontáneo no está diseñado o pretendido por alguien se ha vuelto mucho más comprensible en nuestros días de lo que era en los tiempos de Hayek. Ahora nos damos cuenta de que cosas tan diversas como el Internet, el lenguaje, la evolución biológica, las redes sociales, e incluso los peatones caminando en una acera sin tocarse son órdenes espontáneos, con nadie a cargo. Ver el absurdo de la planificación central en estas situaciones ilustra cuán espontáneos estos son: ¿Qué tan bien crees que funcionaría tener un planificador central que nos asigne a nuestros amigos y parejas? ¿Qué tan bien crees que funcionaría que el Departamento de Caminar de Manhattan nos de a cada uno, cada mañana, nuestros caminos precisos dentro de la acera para que no nos golpeemos? Pero cuando persiste la manera de pensar de los cavernícolas de ver a los resultados como pretendidos por alguien, incluso los órdenes de abajo hacia arriba y espontáneos tales como los mercados, siempre se favorecerá la acción de arriba hacia abajo e intencional por parte de expertos que tratan de mejorar los resultados.

Hayek intentó contrarrestar este sesgo indicando qué tanta incertidumbre radical hay en la vida económica, la cual no es posible de procesar por un economista viendo las cosas desde arriba. Por ende, se necesita búsquedas descentralizadas e independientes de todo tipo de éxito por parte de individuos altamente informados y motivados. Él lo puede decir mejor que yo:

La interacción de individuos, que poseen diferente conocimiento y diferentes puntos de vista, es lo que constituye la vida del pensamiento. El crecimiento de la razón es un proceso social basado en la existencia de tales diferencias . . . [S]us resultados no pueden ser previstos . . . . [N]o podemos saber qué opiniones asistirán en este crecimiento y cuáles no.

Y

La libertad es esencial para dar lugar a lo imprevisible e impredecible; la queremos porque hemos aprendido a esperar de ella la oportunidad de realizar muchos de nuestros objetivos . . . . Confiamos en los esfuerzos independientes y competitivos de muchos para inducir la existencia de lo que querremos cuando lo veamos.

La manera en que países fueron exitosos en desarrollarse es a menudo encontrando un gran éxito en los mercados de exportación. Es imposible predecir cuál será el gran éxito. Por eso se necesitan los “esfuerzos independientes y competitivos de muchos” a los cuales Hayek se refería. ¿Quién hubiera previsto que las flores de Kenya capturarían 40 por ciento del mercado europeo que provee a aquellos hombres románticos que llevan flores a casa para sus esposas? Podría decirse lo mismo de los trajes de algodón para mujeres fabricados en Fiji (42 por ciento del mercado estadounidense), de los muelles flotantes hechos en Nigeria (84 por ciento del mercado noruego), de los circuitos electrónicos integrados de las Filipinas (71 por ciento del mercado mundial), o de los jets regionales hechos en Brasil (Embraer ahora tiene 22 por ciento del mercado mundial). El éxito más importante en las exportaciones de Egipto, representando 30% del total de sus exportaciones, son cerámicas de baño, de las cuales 93 por ciento van a Italia. ¿Puede usted imaginarse a un experto en desarrollo diciéndole a los egipcios, “¡El secreto es exportar inodoros a Italia!”?

El desarrollo es impredecible

¡Hayek correctamente predijo que el desarrollo sería impredecible! Esto podría sonar contradictorio, pero esta es una hipótesis genuinamente observable, como la predicción de la teoría de mercados eficientes de que nadie puede, año tras año, predecir la bolsa. Las tasas de crecimiento económico satisfacen la hipótesis anteriormente mencionada, no solamente las anécdotas mencionadas antes, pero también en investigaciones realizadas por mí y por otros que han descubierto que el crecimiento económico rápido rara vez persiste. China e India son los que crecen rápido ahora pero eran los que crecían lento en la década de los sesenta y la de los setenta; Brasil y Costa de Marfil crecían rápido en esa época pero han tenido crecimiento bajo desde 1980. El análisis estadístico sugiere que el crecimiento económico rápido en el corto plazo está determinado principalmente por factores transitorios que no pueden ser previstos. Incluso un mercado completamente libre tendrá intervalos variables de alto crecimiento durante períodos en los que los empresarios tienen mucho éxito y de bajo crecimiento cuando hay escasez de éxitos.

De esta manera la diferencia entre los sistemas exitosos de abajo hacia arriba que protegen la libertad individual y los sistemas que restringen la libertad no puede observarse de manera clara en las tasas de crecimiento a lo largo de períodos limitados, o incluso en períodos de hasta una década. Esta dificultad es explotada por los críticos de la libertad, quienes fácilmente pueden citar un ejemplo de un país no libre con crecimiento rápido (China es el actual favorito). De hecho, las tasas de crecimiento son tan volátiles que los expertos pueden comprobar casi cualquier teoría de desarrollo económico con un ejemplo de un país con crecimiento económico alto que también posee una política económica del agrado del experto. Estos argumentos son el equivalente intelectual de un apostador en Las Vegas que le atribuye su racha de buena suerte a las medias que tenía puestas en ese momento, y luego seguirá usando sus cada vez más apestosas medias en un intento fútil de reproducir esa suerte.

La diferencia entre los sistemas libres y no libres aparece en comparaciones a largo plazo, como en el nivel de ingreso per cápita. El hecho relevante acerca del desempeño de China a largo plazo es que su ingreso per cápita todavía está en la posición 122 en el mundo, detrás de Albania, Ecuador, Gabón, Jamaica, y Surinam, y es un décimo de lo que es el de Estados Unidos. Los niveles de ingreso per cápita están fuertemente correlacionados con las medidas de libertad económica y política, y las técnicas estadísticas sugieren que esta correlación es causal: la libertad causa la prosperidad. Corea del Norte ha tenido periodos de alto crecimiento, pero sería difícil descartar el argumento a favor de la libertad por la gran diferencia que existe hoy en ingreso per cápita, salud y nutrición entre los libres coreanos del sur y los esclavizados coreanos del norte.

La libertad individual

El último intento que nosotros los expertos en desarrollo necesitamos para encontrar empleo es que aceptemos que la libertad individual es el mejor sistema, y también decir que se necesitan expertos en desarrollo para diseñar las reglas que permiten la libertad individual. Es cierto que la libertad necesita de las reglas gubernamentales que protejan la propiedad privada, hagan respetar los contratos, prevengan el fraude y el robo, y muchas otras normas de buen comportamiento que hacen posible el trato entre individuos. Pero eso no significa que los expertos necesitan diseñar las reglas gubernamentales desde arriba hacia abajo. El último y posiblemente el más importante descubrimiento de Hayek fue que las reglas gubernamentales en un libre mercado no son diseñadas, evolucionan de abajo hacia arriba. Como lo dijo Hayek: “El valor de la libertad consiste principalmente en la oportunidad para el crecimiento de aquello que no ha sido diseñado, y el funcionamiento beneficioso de una sociedad libre depende en gran parte de la existencia de instituciones creadas libremente”.

¿Cómo crecen las instituciones libremente? Aquí pienso que los economistas han descubierto más cosas desde el tiempo en que Hayek escribió, aunque todavía tenemos mucho que aprender. Ahora tenemos la “teoría de juegos”, la cual puede describir un resultado en el cual cada uno de nosotros está de acuerdo con respetar los derechos de propiedad y contratos de todos los demás. Cualquiera que hace trampa o roba puede ser castigado con el ostracismo social, el cual carga la penalidad adicional de exclusión de contratos lucrativos en el futuro con otras personas. La norma social se estabilizará alrededor del respeto a la libertad individual que trata a los individuos tanto como merecedores de los frutos de su propio esfuerzo así como también responsables de cualquier costo que ellos impongan sobre el resto de nosotros. Desafortunadamente, también hay otro equilibrio. Si la trampa y el robo empiezan a ser aceptados ampliamente como algo normal, y cada individuo espera vivir de todos los demás, entonces tal sociedad puede quedarse estancada en un resultado de desconfianza y puede que no sea capaz de alcanzar la norma de la libertad. De hecho, las diferencias internacionales como respuesta a la pregunta de la Encuesta Mundial de Valores de que si los individuos debieran responsabilizarse por sí mismos (lo más cercano que este cuestionario llegó a la libertad individual) son pistas excelentes para saber qué sociedades de hecho tienen un libre mercado e instituciones democráticas. Por supuesto, se necesita un gobierno que pase leyes para hacer respetar las reglas, pero los buenos gobiernos simplemente formalizan las normas sociales que vienen de abajo y que respetan la libertad, la cual en gran parte causa el respeto a las reglas.

¿Qué explica las diferentes normas sociales en diferentes países? Aquí, francamente, ni Hayek ni los investigadores de hoy han llegado a una respuesta completamente satisfactoria. Probablemente, accidentes históricos importan: Un estudio reciente encuentra más desconfianza en regiones de África donde individuos fueron traicionados y vendidos como esclavos durante los siglos cuando existía ese mercado. Pero Hayek también sugirió que las reglas y normas están en sí sujetas al proceso evolutivo de supervivencia de los más aptos (tal vez el proceso es más lento de lo que quisiéramos). ¡Los individuos en sociedades pobres sin libertad que ven la conexión entre la libertad y la prosperidad van a querer libertad!

Ahora, un rol claro para los expertos en desarrollo: Pueden intentar acelerar el proceso evolutivo convenciendo a los individuos alrededor del mundo de cómo un sistema de abajo hacia arriba funciona a largo plazo cuando la gente valora la libertad individual.

Estos beneficios no son abstractos: Como una porción de las naciones con libertad económica y/o política ha tenido una tendencia constante hacia arriba desde 1970, la tasa global de pobreza se ha reducido por dos tercios. Para el ciudadano de Kenya empleado en exportar flores a Europa y para el egipcio empleado en la exportación de inodoros a Italia, el libre comercio no es una abstracción.

Tenemos ejemplos similares de cómo escapar de la pobreza en nuestra propia historia. En 1927, un bebé llamado Nathan nació en el Tercer Mundo de Estados Unidos, Virginia del Oeste. Su padre, un inspector de tala de madera mal pagado, murió de tuberculosis cuando el niño tenía dos años. Su madre, llamada Dora, se quedó a cargo de dos niños en Virginia del Oeste durante los peores momentos de la Gran Depresión. Si alguna vez hubo un círculo vicioso de la pobreza, este era uno. Pero Dora trabajó tan duro que fue capaz de mandar a Nathan a la Universidad de Virginia del Oeste (WVU, por su nombre en inglés). Nathan también continuó trabajando duro en varios trabajos hasta que pudo financiar su retorno a WVU para obtener un doctorado en biología. Se fue de Virginia del Oeste debido a una exitosa carrera como profesor de biología, para darles a sus hijos un estilo de vida de clase media. Yo debería saberlo porque yo fui uno de esos niños; Nathan es mi padre. Yo dedico este premio Hayek esta noche a mi padre, como agradecimiento por haber hecho realidad el sueño americano para nuestra familia.

Con tantos ejemplos inspiradores, les debemos a los pobres en todas partes del mundo la defensa de los valores de la libertad individual, los cuales le ofrecen al mundo la última y mejor esperanza de acabar con la pobreza.

Yo cerraré parafraseando a mi político favorito de EE.UU. que amaba la libertad, Abraham Lincoln:

Somos, nosotros, los vivos, los que debemos dedicarnos aquí a la tarea inconclusa que, aquellos que vinieron antes que nosotros, avanzaron tan noblemente. Somos los vivos los que debemos dedicarnos aquí a la gran tarea que aún permanece ante nosotros—que resolvamos aquí, firmemente, que este mundo tendrá un nuevo nacimiento de libertad—y que el desarrollo del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.

* William Easterly es profesor de economía en New York University y co-director del Instituto para Investigaciones de Desarrollo de la misma universidad. Easterly es autor de The White Man’s Burden: Why the West’s Effort to Aid the Rest Have Done So Much Ill and So Little Good (2006). Este es el discurso que Easterly dio al recibir el Premio Hayek del Manhattan Institute el 23 de octubre de 2008.

Artículo publicado en la Revista Digital Orden Espontáneo de octubre de 2009.